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viernes, 26 de agosto de 2011

LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS (1ª Parte)

LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS

R. P. Réginald Garrigou-Lagrange, O. P.


LA PROVIDENCIA SEGÚN LA REVELACIÓN


CAPÍTULO I
NOCIÓN DE PROVIDENCIA

 
Cuanto la Revelación nos ha manifestado acerca de la Sabiduría y del Amor de Dios nos va a servir para mejor comprender lo que la misma nos enseña acerca del gobierno divino.
Esta doctrina sobrepasa con mucho cuanto enseñaron los filósofos; muchos de ellos sostienen que la Providencia se extiende sólo a las leyes generales del universo, mas no a los individuos, a las particularidades de su existencia, a los actos libres futuros y a los secretos del corazón.
Ciertos herejes, por el contrario, opinaron que, extendiéndose la Providencia de una manera infalible hasta los actos libres, quedaba por ello mismo abrogada nuestra libertad.
Entre estas posiciones extremas se alza como la cumbre de una montaña la doctrina revelada.
La Providencia, lo vamos a ver, es como una prolongación de la Sabiduría divina, "que abarca fuertemente de un cabo al otro todas las cosas y las ordena todas con suavidad." (Sap., 8, 1; 14, 3).
"Siendo Dios por la inteligencia (unida a la voluntad), dice Santo Tomás, la causa de las cosas, debe tener el conocimiento del orden según el cual se relacionan todas con el -fin. Él es quien así las ordena; y precisamente en esa ordenación, que es la razón del orden de las cosas, consiste la Providencia." (Iª, q. 22, a. 1).
Cuanto al gobierno divino propiamente dicho, consiste en la ejecución del plan providencial (Ibid., ad 2), si bien las expresiones "gobierno divino" y "providencia" andan generalmente confundidas y se toman como sinónimas.
Observa Santo Tomás (Ibid.) que la Providencia corresponde en Dios a lo que en nosotros se llama prudencia, que ordena los medios para los fines que trata de conseguir y prevé las necesidades para proveer a ellas.
Así como hay en lo humano la prudencia individual, y sobre ella la prudencia del padre de familias que provee a las necesidades de la casa, y sobre ambas la prudencia del jefe del Estado, que vela por el bien común de la Nación, así en Dios hay la Providencia que ordena todas las cosas para el bien del universo, es decir, para la manifestación de la bondad divina en todos los órdenes, desde los seres inanimados, hasta los ángeles y los santos del cielo.
De esta manera, por comparación con la prudencia humana, adquirimos la noción analógica de Providencia, noción accesible a la razón natural y confirmada por la revelación. Y, cosa importantísima, así como el hombre prudente primero quiere el fin y después determina los medios y hace uso de ellos, de suerte que el fin, con ser lo primero en la intención, se obtiene en último término, de la misma suerte imaginamos que Dios desde toda la eternidad quiere primero el fin del universo y luego los medios conducentes al fin que quiso realizar u obtener.
Esta concepción del sentido común expresan los filósofos cuando dicen: El fin, que es primero en el orden de la intención, es último en el orden de la ejecución; y ello es de importancia suma cuando se trata del fin del universo corpóreo y espiritual.
De la noción de Providencia que acabamos de exponer se deducen sus propiedades. Indiquémoslas brevemente antes de acudir a la Sagrada Escritura en busca de conocimiento más vivo y profundo.
1ª) De la universalidad absoluta de la casualidad divina, propia del agente intelectual, se deduce la universalidad de la Providencia: "La causalidad divina, dice Santo Tomás, se extiende a todos los seres, ora corruptibles, ora incorruptibles, tanto en su generalidad como en su individualidad (que también es ser). De donde todas las cosas que tienen ser, por cualquier título que sea, están ordenadas por Dios a un fin." (Iª, q. 22, a. 2).
Así lo exige el principio de finalidad: todo agente obra por un fin, y el agente supremo, por un fin supremo, de él conocido, al cual subordina todas las cosas. Este fin es la manifestación de su bondad, de su infinita perfección y de sus diversos atributos.
La Sagrada Escritura, lo vamos a ver, afirma repetidas veces, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, que el plan providencial ha sido trazado hasta en sus mínimos pormenores inmediatamente por Dios, cuya ciencia práctica sería imperfecta si no se extendiera tanto como su causalidad, sin la cual nada llega a la existencia.
Se ve, pues, que Dios es causa de cuanto de real y de bueno hay en todas las criaturas y en cada una de las acciones de las mismas; es decir, que Dios, a título de causa primera, si no única, es causa de todo, excepto del mal, excepto de esa privación, de ese desorden, que se llama el pecado (Cf. Santo Tomás, Iª-IIªe, q. 79, a. 1 et 2).
Cuanto al mal físico y al dolor, Dios no los quiere sino accidentalmente, para un bien superior.
El mal físico, la enfermedad por ejemplo, no lo quiere Dios directamente, sino sólo de manera accidental, en cuanto que busca un bien superior, para el cual es condición necesaria el mal físico. La vida del león, por ejemplo, exige como condición la muerte de la gacela; la paciencia en la enfermedad supone el dolor; el heroísmo de los santos supone los padecimientos que sufren.
De la universalidad absoluta de la Providencia se deduce otra propiedad.
2ª) La Providencia, extendiéndose en la forma dicha a todas las cosas, es la salvaguardia de la libertad y de los actos libres y no la negación de los mismos. No sólo garantiza nuestra libertad, mas también la pone en acción (Cf. Santo Tomás, Iª, q. 83, a. 1, ad 3)
precisamente porque se extiende hasta el modo libre de nuestros actos que ella produce en nosotros y con nosotros; porque el modo libre de nuestra elección, esa indiferencia dominadora de nuestro querer, es también un ser, y todo ser lo es por Dios.
El modo libre de nuestra elección consiste en la indiferencia
dominadora con que nuestra voluntad se inclina actualmente hacia un determinado objeto que aparece como bueno en un aspecto, no bueno en otro; el cual, por lo tanto, no sería capaz de atraer invenciblemente la voluntad (I'-II»6, q. 10, a. 2). Este modo libre de nuestra elección es también un ser, algo real, y forma parte de los objetos adecuados de la omnipotencia divina, a diferencia del desorden del pecado, el cual no puede ser incluido entre ellos. Dios, causa indefectible, no puede ser directa o indirectamente causa del desorden del pecado, como el ojo no puede ver los sonidos (Iª-IIªe, q. 79, a. 1 et 2).
La Providencia conoce todas las particularidades de nuestro temperamento y de nuestro carácter, por pequeñas que sean, las consecuencias de la herencia, la influencia de la sensibilidad sobre el juicio, penetra los repliegues de nuestra conciencia y puede otorgarnos todas las gracias que iluminan, fortalecen y atraen. Hay en su dirección suavidad y fortaleza. Suaviter et fortiter, esto es, con suavidad y fortaleza siembra y conserva en nuestro corazón la semilla divina y con solicitud vigila el desarrollo (Iª, q. 22, a. 4).
3ª) Por más que la Providencia, en cuanto es ordenación divina, abarca directamente todo lo que hay de real y bueno, hasta la última fibra de los seres, sin embargo, cuando se trata de la ejecución del plan providencial, Dios gobierna las criaturas inferiores por medio de las superiores, a las cuales comunica la dignidad de la causalidad. (Iª, q. 22, a. 3).
Vamos a considerar en el Antiguo y Nuevo Testamento estos distintos caracteres de la divina Providencia; será el mejor medio para adquirir conocimiento, no sólo abstracto y teórico, mas también vivo y espiritualmente fecundo.

Continuará...

viernes, 29 de abril de 2011

Encuento del martes 26 de abril - FELICIDAD Y REMEDIOS CONTRA LA TRISTEZA Y EL DOLOR DESDE LA OPTICA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO


SANTO TOMÁS DE AQUINO:
FELICIDAD, Y REMEDIOS CONTRA LA TRISTEZA Y EL DOLOR


 

Santo Tomás analiza la idea de la felicidad. En primer lugar la conceptúa como un bien, que ya Aristóteles definía como “aquello a que todas las cosas tienden”[1]. El comentarista advierte que “ha de considerarse que dos son los principios de los actos humanos: el intelecto o razón y el apetito, que son principios que mueven, como se dice en el libro Del Alma… Todo esto esta ordenado a un bien como fin.”[2] Así pues, los actos humanos ya sean de apetito –de las apetencias naturales-, o de la razón, en las que nuestro intelecto tiene la prioridad, entre las cuales distinguimos lo especulativo y lo práctico,  tienden a un bien determinado como fin. Así, pues, distinguimos los actos de hombre, según los cuales actuamos movidos por los apetitos y por tanto son aéticos, y los actos humanos, donde interviene propiamente la razón y la libre voluntad: éstos son éticos. Ambos, tienden a un bien como fin. Ahora bien, la felicidad es un bien al que todos tienden.
Sin embargo, la historia enseña que el ser humano se equivoca, pues muchas veces busca como real lo que es apariencia de bien, lo que se llama en la Escolástica “el mal bajo apariencia de bien”. Ven el mal como un bien; y lo siguen porque siempre se tiende al bien. 
Santo Tomás en su comentario de Aristóteles nos muestra los diversos tipos de bien: “se dicen según una sola especie o razón de bien, aquellos que por sí mismos se persiguen, se buscan o se desean, se eligen o se aman. Según otra razón, se dicen bienes los que de alguna manera producen o conservan aquellos que son bienes por sí mismos. De un tercer modo, se dicen algunos bienes que obstaculizan o impiden a sus contrarios”[3]. Según esto, encontramos tres tipos de bienes. En Aristóteles veíamos dos, los que son en sí y los que son por otros, mas Tomás agrega un tercero: aquellos que obstaculizan o impiden a los contrarios. Esto es realismo.
 En esta línea, la felicidad es uno de los bienes elegibles por sí mismo, ya que todas las acciones persiguen este fin. Es interesante recalcar que para el Doctor Angélico la segunda clase de bienes -los que son por otros- producen o conservan la felicidad. Consecuentemente, desde el punto de vista humano, la felicidad es el bien en sí y por sí que todos buscamos. El resto de los bienes -salud, honor, riquezas, amistades, entre otros- pueden conducir a ser felices y ayudan a conservar este bien, siempre y cuando se haga de ellos un uso adecuado.
Dentro del marco del comentario tomista, “la felicidad es el más perfecto de los bienes y, en consecuencia, es el fin último y el mejor.”[4] Por el hecho de ser el fin último de nuestros actos, es considerado por Tomás como el más perfecto. No sólo posee cierto grado de perfección sino que es el más perfecto. Los demás bienes al igual que la felicidad, pueden ser también elegidos por sí mismos. Sin embargo, todos buscan como fin último llegar a la felicidad. Así, los honores, riquezas, amigos… ayudan a producir y conservar la felicidad. Por ello, al igual que en Aristóteles el cúmulo de bienes juega un papel de suprema importancia al momento de hablar de la felicidad. Forman parte de ese cúmulo.
Ahora bien, la vida histórica es cambiante. Para el Doctor Angélico la fortuna, de alguna manera, también interfiere en nuestra felicidad, ya que posibilita el control de la vida misma. Pero no en aquello que de forma inevitable siempre afecta la estabilidad. Ante esta situación se evidencia que no es posible que una persona viva en la felicidad sin que las adversidades de la vida influyan en ella. Por eso, Santo Tomás, comentando la ética a Nicómaco verifica: “Como parece que no siempre se alcanzan las condiciones expuestas sobre la felicidad, acota (Aristóteles) que llamamos felices a los que son dichosos como hombres, los cuales sujetos a las mudanzas en esta vida, no pueden tener una felicidad perfecta. Como el deseo de la naturaleza no es inútil, puede rectamente decirse que la dicha perfecta está reservada al hombre después de esta vida.”[5]
De acuerdo con este enfoque, la felicidad es posible, pero no en forma absoluta. Pero se puede ser feliz en cuanto hombre, es decir, en cuanto es posible afrontar las adversidades, sin depresiones; luchando cada día por ser más felices. La felicidad terrena es imperfecta -es limitada- pues el ser humano no llega a su más alto grado de perfección en esta vida. Según el Aquinate este grado de perfección en el que seremos completamente felices sin ningún tipo de inconveniente, lo encontraremos en la vida celestial. Allí hay pleroma feliz.
De allí que la felicidad perfecta es sólo un don de Dios. En efecto, Santo Tomás lo explica filosóficamente cuando asienta que “si hay algo dado a los hombres por un don de los dioses, a saber, de las sustancias separadas a las que los antiguos llamaban dioses, es entonces razonable que la felicidad sea un don del Dios supremo porque ella es el mejor entre los bienes humanos.”[6]
El Aquinate, pues, parte de las conclusiones a las cuales había llegado Aristóteles al atribuirle este bien a los dioses. Más aun, por tratarse del mejor de los bienes, el cual a la vez es principio, ya que todos los demás bienes son subordinados. Se llega entonces a la conclusión de que este bien, cuya perfección es máxima tiene que ser divino. Así, el ser humano ha salido de Dios, la suma Perfección, y a la suma Perfección ha de volver. Es la ansiedad agustiniana llamándola “inquietud del corazón”. Por ello, la felicidad es un don de Dios y como tal lo entiende Santo Tomás de Aquino.
Ampliando, la felicidad es un don de Dios y el ser humano tiene mucho que ver en este proceso. En efecto, “aunque sea principalmente por Dios el hombre algo colabora al respecto.”[7] Porque, la forma de obtener la felicidad es a través de la virtud. Esto no hace que deje de tratarse de algo perfectísimo y divino.
Por eso, “la felicidad –aclara el comentarista- no es algún don enviado inmediatamente por Dios, sino que adviene al hombre a causa de la virtud.”[8] Según esto, Dios no ha querido dar el mejor de los bienes al ser humano sin ningún tipo de esfuerzo. Así, la virtud que es un hábito que logramos con trabajo y esfuerzo continuo,  es el camino para llegar a la felicidad. Este hábito se hace por medio de ejercitación, la metanoia, contradicción, constancia… es un camino arduo: por ello le llama virtud que –como bien lo expresa su etimología- es fuerza.
Un matiz notable de Tomás: “no se dice que algo es divino sólo porque es de Dios, sino también porque nos asemeja a él por la excelencia de su bondad.”[9] Así, la felicidad nos hace semejantes a Dios en bondad y nos lleva de vuelta a donde hemos de estar para ser perfectos.
Se concluye, finalmente, que Aristóteles y Tomás coinciden en la felicidad trascendente: sólo que Aristóteles se refiere a un fin último de la felicidad, y Tomás lo personifica en Dios quien es el cielo, suma Felicidad: la visión beatífica.
Dios es la suma Felicidad - La Visión Beatífica


1] ARISTÓTELES, Op. Cit. Lib. I,1
[2]TOMÁS DE AQUINO, Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, Lib.I, I, 1, EUNSA, Pamplona, 2000. 
[3] Ibid. Lib.I, VII,52
[4] Ibid. Lib.I, IX,64
[5] Ibid. Lib.I, XVI,123
[6] Ibid. Lib.I, XIV,102
[7] Ibid. Lib.I, XIV,103
[8] Ibid.
[9] Ibid.

Suma teológica - Parte I-IIae - Cuestión 38
De los remedios de la tristeza o dolor


Corresponde a continuación tratar de los remedios del dolor o tristeza (q.35 intr). Esta cuestión plantea y exige respuesta a cinco problemas: 

¿Se mitiga el dolor o tristeza por cualquier delectación?
¿Se alivia con el llanto?
¿Por la compasión de los amigos?
¿Por la contemplación de la verdad?
¿Con el sueño y los baños?
 
Artículo 1: ¿Se mitiga el dolor o tristeza por cualquier delectación? 

Objeciones por las que parece que no toda delectación mitiga cualquier dolor o tristeza.
1. En efecto, la delectación no mitiga la tristeza sino en cuanto le es contraria, pues las medicinas actúan por los contrarios, como dice II Ethic. Pero no toda delectación es contraria a cualquier tristeza, como se ha dicho anteriormente (q.35 a.4). Luego no toda delectación mitiga cualquier tristeza.
2. Lo que produce tristeza no mitiga la tristeza. Pero algunas delectaciones producen tristeza, porque, como dice IX Ethic., el malo se entristece por haberse deleitado. Luego no toda delectación mitiga la tristeza.
3. Dice San Agustín en IV Confess. que él huyó de su patria, en la que acostumbraba a conversar con su amigo fallecido, porque sus ojos le buscaban menos allí donde no tenían costumbre de verse. De lo cual se puede concluir que aquellas cosas en las que nuestros amigos muertos o ausentes se relacionaron con nosotros se nos hacen gravosas por el dolor de su muerte o ausencia. Pero su comunicación con nosotros fue principalmente en cosas placenteras. Luego las mismas delectaciones nos resultan molestas cuando estamos afligidos. Por consiguiente, no toda delectación mitiga cualquier tristeza.
Contra esto: está lo que dice el Filósofo en VII Ethic., que la delectación, si es intensa, ahuyenta la tristeza, tanto la contraria como cualquier otra.
Respondo: Como consta por lo dicho anteriormente (q.23 a.4; q.31 a.1 ad 2), la delectación es cierto reposo del apetito en el bien conveniente, mientras la tristeza proviene de aquello que es contrario al apetito. De ahí que la delectación sea a la tristeza en los movimientos apetitivos lo que el reposo es a la fatiga en los cuerpos, fatiga que proviene de alguna transmutación no natural, pues la misma tristeza implica cierta fatiga o enfermedad de la potencia apetitiva. Y así como todo reposo del cuerpo constituye un remedio contra cualquier fatiga proveniente de cualquier causa no natural, así toda delectación es un remedio para mitigar la tristeza, sea cual fuere su procedencia.
A las objeciones:
1. Aunque no toda delectación es contraria a toda tristeza según la especie, lo es, sin embargo, según el género, como se ha dicho anteriormente (q.35 a.4). Y, por tanto, por parte de la disposición del sujeto, toda tristeza puede mitigarse con cualquier delectación.
2. Las delectaciones de los malos no les causan tristeza en el presente, sino en el futuro; es decir, en cuanto los malos se arrepienten de los males de que se alegraron. Y a esta tristeza se pone remedio con las delectaciones contrarias.
3. Cuando existen dos causas que inclinan a movimientos contrarios, ambas se impiden mutuamente, y, sin embargo, finalmente, triunfa aquella que es más fuerte y duradera. Ahora bien, en el que se entristece de aquellas cosas en las que acostumbraba a deleitarse juntamente con el amigo muerto o ausente, se encuentran dos causas que producen movimientos contrarios. Porque el pensamiento de la muerte o de la ausencia del amigo inclina al dolor, mientras el bien presente inclina a la delectación. Por consiguiente, ambos se atenúan mutuamente. Pero, no obstante, como el sentimiento de lo presente mueve con más fuerza que el recuerdo de lo pasado, y el amor de sí mismo es más duradero que el amor de otro, de aquí que, finalmente, la delectación ahuyenta la tristeza. Por eso San Agustín añade un poco más adelante que su dolor cedía el paso a la misma clase de placeres de tiempos anteriores. 

Artículo 2: ¿Se alivia el dolor o la tristeza con el llanto? 
 
Objeciones por las que parece que el llanto no alivia la tristeza.
1. Ningún efecto disminuye su causa. Pero el llanto o gemido es efecto de la tristeza. Luego no disminuye la tristeza.
2. Así como el llanto o gemido es efecto de la tristeza, así la risa es efecto de la alegría. Pero la risa no disminuye la alegría. Luego el llanto no alivia la tristeza.
3. En el llanto se nos representa el mal que nos contrista. Pero la imaginación de la cosa que contrista aumenta la tristeza, como la imaginación de lo deleitable aumenta la alegría. Luego parece que el llanto no alivia la tristeza.
Contra esto: está lo que dice San Agustín en IV Confess., que cuando se dolía de la muerte de su amigo, sólo en los gemidos y en las lágrimas hallaba algún descanso.
Respondo: Las lágrimas y gemidos alivian naturalmente la tristeza por dos razones. En primer lugar, porque todo lo nocivo que se guarda en el interior aflige más, pues la atención del alma se concentra más sobre ello, pero cuando se manifiesta al exterior, entonces la atención del alma en cierto modo se desparrama sobre las cosas exteriores, y así disminuye el dolor interior. Y, por eso, cuando los hombres que se hallan atribulados manifiestan su tristeza exteriormente por el llanto o gemido, o también por la palabra, se mitiga su tristeza. En segundo lugar, porque la operación que conviene al hombre según la disposición en que se encuentra le es siempre deleitable. Ahora bien, el llanto y los gemidos son operaciones que convienen al hombre entristecido o con dolor, y, por tanto, se le hacen deleitables. Así, pues, puesto que toda delectación alivia de alguna manera la tristeza o dolor, como se ha dicho (a.1), se sigue que la tristeza se alivia por el llanto y los gemidos.
A las objeciones:
1. La relación de causa a efecto es contraria a la relación de lo que constrista al contristado, pues todo efecto es conveniente a su causa, y, por consiguiente, le es deleitable, mientras que lo que contrista es contrario al contristado. Y por eso la relación del efecto de la tristeza con el contristado es contraria a la que con el mismo tiene lo que contrista. Y así, por razón de dicha contrariedad, la tristeza se mitiga por su efecto propio.
2. La relación de efecto a causa es semejante a la relación de lo deleitable al que se deleita, porque en uno y otro caso hay conveniencia. Ahora bien, todo lo semejante produce aumento en su semejante. Y por eso, la risa y otros efectos de la alegría aumentan la alegría, a menos que accidentalmente haya un exceso.
3. La imaginación de la cosa que contrista, de suyo, está ordenada a aumentar la tristeza, pero por lo mismo que el hombre se imagina hacer lo que le conviene en tal estado, resulta de esto cierta delectación. Y por la misma razón, si a uno se le escapa la risa en unas circunstancias en que le parece debería llorar, se duele de ello, como de hacer lo que es impropio, según dice Tulio en II De tuscul. quaestionibus. 

Artículo 3: ¿Se mitigan el dolor y la tristeza por la compasión de los amigos?
 
Objeciones por las que parece que el dolor del amigo que se compadece no mitiga la tristeza.
1. Los efectos de los contrarios son contrarios. Pero como dice San Agustín en VIII Confess.: Cuando el gozo es de muchos, en cada uno de ellos es el gozo más abundante, porque se enfervorizan y se inflaman unos a otros. Luego, por la misma razón, cuando muchos se entristecen a la vez, parece que la tristeza es mayor.
2. La amistad exige que se devuelva amor por amor, como dice San Agustín en IV Confess. Pero el amigo que se conduele se duele del dolor del amigo afligido. Luego el dolor mismo del amigo que se conduele es causa de nuevo dolor para el amigo que ya se dolía de su propio mal. Y así, duplicado el dolor, parece crecer la tristeza.
3. Todo mal del amigo contrista como mal propio, porque el amigo es otro yo. Pero el dolor es un mal. Luego el dolor del amigo que se conduele aumenta la tristeza del amigo a quien compadece.
Contra esto: está lo que dice el Filósofo en IX Ethic., que el amigo que se compadece en las tribulaciones consuela.
Respondo: El amigo que se conduele en las tribulaciones es naturalmente consolador. De lo cual da dos razones el Filósofo en IX Ethic. La primera de ellas es porque, siendo propio de la tristeza el apesadumbrar, implica la idea de cierto peso, del cual procura aligerarse quien lo sufre. Así, pues, cuando alguien ve a otros contristados de su propia tristeza, se hace como una ilusión de que los otros llevan con él aquella carga, como si se esforzaran en aliviarle del peso, y, por eso, lleva más fácilmente la carga de la tristeza, como también ocurre en la transportación de las cargas corporales. La segunda y mejor razón es que, por el hecho de que sus amigos se contristan con él, entiende que le aman, lo cual es deleitable, como se ha dicho anteriormente (q.32 a.5). Luego, mitigando toda delectación la tristeza, según se ha indicado antes (a.1), se sigue que el amigo que se conduele mitiga la tristeza.
A las objeciones:
1. La amistad se manifiesta en uno y otro caso, esto es, alegrándose con el que se alegra y condoliéndose con el afligido. Y, por consiguiente, ambas cosas se hacen deleitables por razón de la causa.
2. Aún más: La contemplación de la del amigo de suyo contristaría, pero la consideración de su causa, que es el amor, más bien deleita.
3. La respuesta es evidente por lo dicho. 

Artículo 4: ¿Se mitigan el dolor y la tristeza por la contemplación de la verdad?

Objeciones por las que parece que la contemplación de la verdad no mitiga el dolor.
1. En efecto, dice Eclo 1,18: Quien aumenta el saber, aumenta también el dolor. Pero el saber pertenece a la contemplación de la verdad. Luego la contemplación de la verdad no mitiga el dolor.
2. La contemplación de la verdad pertenece al entendimiento especulativo. Pero el entendimiento especulativo no mueve, como dice III De anima. Siendo, pues, el gozo y el dolor movimientos del alma, parece que la contemplación de la verdad no contribuye nada a la mitigación del dolor.
3. El remedio de la enfermedad debe aplicarse donde está la enfermedad. Pero la contemplación de la verdad está en el entendimiento. Luego no mitiga el dolor corporal, que se halla en el sentido.
Contra esto: está lo que dice San Agustín en Soliloq.: Parecíame que si aquel resplandor de la verdad se descubriese a nuestras mentes, o que yo no habría de sentir aquel dolor, o que, ciertamente, lo habría tenido por nada.
Respondo: Como se ha indicado anteriormente (q.3 a.3), la mayor delectación consiste en la contemplación de la verdad. Ahora bien, toda delectación mitiga el dolor, según se ha dicho antes (a.1). Por consiguiente, la contemplación de la verdad mitiga la tristeza o el dolor, y tanto más cuanto más perfectamente es uno amante de la sabiduría. Y por eso los hombres se alegran en medio de las tribulaciones por la contemplación de las cosas divinas y de la futura bienaventuranza, según aquello de Sant 1,2: Tened, hermanos míos, por sumo gozo el caer en diversas tribulaciones. Y lo que es más, semejante gozo se encuentra en medio de los tormentos corporales, como el mártir Tiburcio, que, andando con los pies desnudos sobre carbones encendidos, dijo: Paréceme que camino sobre rosas en el nombre de Jesucristo.
A las objeciones:
1. Quien aumenta el saber, aumenta también el dolor, ya por la dificultad y el defecto de encontrar la verdad, ya por el hecho de que por la ciencia el hombre conoce muchas cosas contrarias a su voluntad. Y así, por parte de las cosas conocidas, la ciencia causa dolor; mientras, por parte de la contemplación de la verdad, causa delectación.
2. El entendimiento especulativo no mueve el ánimo por parte de la cosa contemplada, pero sí lo mueve por parte de la misma contemplación, que es un bien del hombre y, naturalmente, deleitable.
3. En las potencias del alma se produce una redundancia desde la superior a la inferior. Y conforme a esto, la delectación de la contemplación, que está en la parte superior, redunda en el sentido para mitigar el dolor que padece. 

Artículo 5: ¿Se mitigan el dolor y la tristeza por el sueño y los baños?

Objeciones por las que parece que el sueño y los baños no mitigan la tristeza.
1. En efecto, la tristeza reside en el alma. Pero el sueño y el baño conciernen al cuerpo. Luego en nada contribuyen a la mitigación de la tristeza.
2. El mismo efecto no parece ser producido por causas contrarias. Pero tales cosas, siendo corporales, son contrarias a la contemplación de la verdad, que es, como se ha dicho (a.4), causa de la mitigación de la tristeza. Luego la tristeza no se mitiga por tales cosas.
3. La tristeza y el dolor, en cuanto pertenecen al cuerpo, consisten en una cierta alteración del corazón. Pero tales remedios parecen ser propios más bien de los sentidos y miembros externos que de la disposición interior del corazón. Luego la tristeza no se mitiga por ellos.
Contra esto: está lo que dice San Agustín en IX Confess.: Había oído que el baño es llamado así porque arroja del alma la tristeza. Y más adelante: Me dormí y desperté, y hallé en gran parte mitigado mi dolor. Y cita lo que se dice en un himno de San Ambrosio, que el sueño restablece los miembros debilitados para el trabajo, alivia las mentes fatigadas y libera a los angustiados de su pena.
Respondo: Como se ha indicado anteriormente (q.37 a.4), la tristeza es contraria según su especie al movimiento vital del cuerpo. Y por eso aquellas cosas que restablecen la naturaleza corporal a su debido estado de movimiento vital son contrarias a la tristeza y la mitigan. Además, por el hecho de que mediante estos remedios vuelve la naturaleza a su debido estado, son causa de delectación; pues esto es lo que produce la delectación, según se ha dicho anteriormente (q.31 a.1). Luego por estos remedios corporales se mitiga la tristeza, ya que toda delectación la mitiga.
A las objeciones:
1. La debida disposición del cuerpo, en cuanto percibida por el sentido, causa delectación, y, consiguientemente, mitiga la tristeza.
2. Como se ha indicado anteriormente (q.31 a.8), las delectaciones contrarias se impiden mutuamente, y, sin embargo, toda delectación mitiga la tristeza. Por lo tanto, no hay inconveniente en que la tristeza se mitigue por causas que se impiden mutuamente.
3. Toda buena disposición del cuerpo redunda en cierto modo en el corazón como en el principio y fin de los movimientos corporales, según dice el libro De causa motus animalium.




















lunes, 29 de noviembre de 2010

Encuentro del Martes 23 de Noviembre - Santo Tomás: Tratado de la Ley

SANTO TOMAS
TRATADO DE LA LEY

La singularidad de Dios como motor de la voluntad es que no trastorna la índole libre de la voluntad y que además su influjo se ejerce por doble vía: como Autor de la ley moral dada al Hombre y como fuente de la Gracia para la actividad sobrenatural.

Para Santo Tomás la ley es una orientación externa del Hombre hacia el bien moral. Tiene una función educadora de la voluntad humana.

La ley es un principio racional, pero de órden práctico. Y la erdad práctica consiste en ajustar la acción a las exigencias de un fin propuesto por la razón.

LEY: dictamen de la razón en orden al bien común, promulgado por quien tiene el cuidado de la comunidad.

Es una regla, y medida, de nuestros actos según lo cual uno es inducido a obrar o no obrar. La ley deriva de la palabra “ligar”, símil a religión “re-ligar”.

La ley debe ocuparse primariamente del orden a la Felicidad o Bienaventuranza.

El bien común como fin de la ley. La autoridad como causa eficiente de la ley. El efecto de la ley es hacer buenos a los Hombres porque si la ley buscan el bien común es lógico que haga bueno al Hombre.

LEY ETERNA

Éste tema esta tomado de San Agustín, quien lo formuló brevemente en éstas palabras: “Ley Eterna es la Razón y la Voluntad de Dios que manda conservar el Orden Natural y prohibe perturbarlo.”

Toda regla de la razón humana deriva de la ley eterna, y el bien y el mal se dicen de la razón conforme o no con la ley eterna.

La Ley Eterna es la razón de la Sabiduría Divina en cuanto principio directivo de todo acto y todo movimiento. La Providencia designa la ejecución de la Sabiduría Divina en cada Criatura.

La Ley Eterna ¿es conocida por todos? Una cosa puede ser conocida en sí misma o por sus efectos. A la Ley Eterna nadie la conoce en sí a no ser los bienaventurados que contemplan a Dios. Sin embargo toda criatura racional la conoce en una irradiación suya mas o menos perfecta.
Existen distintos niveles de gobernación. Así pues, siendo la Ley Eterna la razón o plan existentes en el Supremo Gobernante, todos los planes de gobierno de los inferiores necesariamente han de derivar de la Ley Eterna. Toda ley, lo es, en la medida que deriva de la recta razón conforme a la Ley Eterna.

LEY NATURAL

Son los primeros principios del Orden Moral, los cuales son inmediatamente percibidos por la razón del Hombre y captados como su bien específico. Hay tres tendencias naturales origen de los tres preceptos básicos de la ley natural: la tendencia al bien de la conservación del ser humano (precepto de respeto a la vida), la tendencia al bien de la especie humana o a la procreación y educación de la prole ( precepto respecto al matrimonio uno e indisoluble) y tendencia al conocimiento de la verdad y a la vida social (precepto de búsqueda de la Verdad y cumplimiento del deber).

La Ley Natural ¿puede cambiar? La respuesta es Sí, puede cambiar ya sea porque se agreguen muchas disposiciones útiles por la Ley Divina o por la ley de los Hombres, pero por la vía de la sustracción no. La Ley Natural es inmutable en lo que refiere a los primeros preceptos de la misma.
A la Ley Natural pertenecen preceptos comunísimos que son conocidos por todos, y luego preceptos secundarios, conclusiones próximas a los primeros. En cuanto a los principios primeros no pueden ser borrados de los corazones de los Hombres. Mas los preceptos secundarios si pueden ser borrados.

LEY DIVINA

Además de la Ley Natural y la Ley Humana, Dios consideró necesario para la dirección de la vida humana contar con una Ley Divina, que son las leyes que por una intervención especial de Dios en la historia, confirió Dios primero al pueblo de Israel y luego es la Ley Evangélica, revelada por Dios, por la segunda persona de la Santísima Trinidad, Nuestro Señor Jesucristo.
Y esto es así por 4 razones: 1º) El fin del Hombre es superior al fin que le procuran sus facultades naturales, pero ello requiere el auxilio de las leyes divinas para conducirlo a su fin de felicidad eterna. 2º) Porque los Hombres juzgan de diversa manera asuntos contingentes y particulares, pueden formular leyes contrarias, por eso Dios los auxilia dándole leyes para que no se puedan equivocar. 3º) Porque la virtud necesita actos rectos en lo interior y exterior, y el Hombre solo puede juzgar lo exterior, por tanto Dios le da una ley divina para que ordene también su interior. 4º) Porque como dice San Agustín la ley humana no puede prohibir o castigar todas las acciones malas, pues al tratar de evitar todo lo malo, suprimiría a su vez muchos bienes e impediría el desarrollo del bien común que es indispensable para la convivencia humana. Por ello se hizo necesario que sobreviniese la ley divina por la cual quedan prohibidos todos los pecados.
Estas 4 razones aparecen insinuadas en el salmo 18, 8: La ley del Señor es inmaculada … convierte el alma … el Testimonio del Señor es fiel… concede sabiduría a los pequeños.
Existen dos tipos de leyes divinas: las del Antiguo Testamento, imperfecta, en el cual el bien final es sensible y terreno: “La Tierra Prometida”; y la del Nuevo Testamento donde el bien es inteligible y celeste, y a éste ordena la Ley Nueva. Son dos testamentos porque son dos fines distintos. San Agustín en “Contra Faustum” escribía que “el viejo testamente contiene promesas de bienes temporales, y por eso se llama viejo; más la promesa de la Vida Eterna pertenece al Nuevo Testamento”.

LEY ANTIGUA Y LEY NUEVA

Santo Tomás en la Summa llama Ley Antigua a lo que conocemos como Antiguo Testamento, pero de un modo mas particular, refiere a la doctrina moral del Pentateuco. La Ley Antigua fue dada en tiempos de Moisés como refuerzo de la Ley Natural y como promesa de lo que en el Evangelio constituye una realidad actual. La Ley Antigua se cifra casi exclusivamente en observancias externas; en cuanto a su origen es divina, y por tanto Revelación, pero su materialización es humana. Una ley inspirada por Dios pero materializada por el legislador humano con todas sus limitaciones e imperfecciones (salvo los Diez Mandamientos o Decálogo que fueron escritos por el mismísimo Dios).
En la Ley Antigua hay valores éticos perennes de Ley Natural y otros dados por el legislador con sentido providencial.
Las imperfecciones y provisionalidad de la Ley Antigua respecto de la Ley Nueva o Evangélica. La Ley Nueva, Ley de Cristo, está contenida en el Nuevo Testamento. El bien común específico de la Nueva Ley es divino y trascendente, su autor es Jesucristo (Dios).
En el judaísmo la ley es ley de las obras (lex operum); en el Cristianismo ley de Fe (lex Fidei). En la Ley Cristiana hay prescripciones, lo que ocurre con la Antigua es que por si misma no justifica, siendo necesario el apoyo de la Gracia.
En cambio la Ley Nueva es primariamente interna, inscripta en el corazón y la inteligencia, su norma suprema es el Amor, que brota de las Gracia del Espíritu Santo, y por tanto revitaliza la naturaleza caída, produce la justificación y ofrece los bienes de la eterna bienaventuranza.
La Ley  Evangélica añade a la Ley Natural una motivación de amor sobrenatural, efecto de la Gracia y Obra del Espíritu Santo en lo más íntimo del católico.
La Ley Antigua fue dada por Dios a través de la mediación de los ángeles. En el Nuevo Testamento nos habló Dios por su Hijo.
El pueblo judío recibe la Ley Antigua no por su fidelidad (infidelidad) al Dios único, sino por la promesa que Éste le hijo a Abraham, Isaac y Jacob, y esta la recibieron por gratuita elección y vocación de Dios porque convenía que Cristo naciera en un pueblo que se distinguiera por una especial santidad.
La Ley Antigua en cuanto precepto de la Ley Natural obligan a todos y en cuanto preceptos añadidos no lo están.
¿Cesaron con la venida de Cristo las ceremonias de la Ley Antigua? Ante la realidad de Cristo la Antigua Ley como tal cede. La figura cede al lugar de la REALIDAD.


LEY HUMANA

Santo Tomás la estudia desde el punto de vista de la sociedad temporal y terrena, y la sobrenatural (Iglesia).
Dice que la Ley Natural no alcanza a regular todo el espectro de la vida social humana, por ello se hace necesaria la ley humana (ex humana industria).

Las leyes perversas por no conformarse a la razón no son propiamente leyes sino mas bien una perversión de la ley.
La ley humana tiene fuerza de ley en cuanto deriva de la Ley Natural, y si en algo está en desacuerdo no es ley, sino corrupción, perversión de la ley.

Las leyes dadas por los Hombres o son justas o son injustas, en el primer caso tienen poder de obligar en conciencia, en virtud de la Ley Eterna de la cual derivan ( Prov. 8, 15 “Por Mí reinan los reyes y los legisladores determinan lo que es justo”)

Las leyes deben ser justas por el fin (bien común – felicidad), por el autor (porque no exceden el poder de quién las instituye, o por la forma ( porque distribuyen las cargas entre los súbditos de manera proporcional)


Fuente: [Extractos de] Summa Teológica - Suma de Teología, Biblioteca de Autores Cristianos, S.A. de Fotocomposición, Madrid, 2001.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Encuentro Martes 09 de noviembre - Santo Tomás de Aquino: Pena de Daño

Santo Tomás de Aquino
" EN QUÉ CONSISTE EL CASTIGO DEL HOMBRE RESPECTO A LA PENA DE DAÑO"
"Compendio de Teología"


CAPITULO CLXXIV
Como la desdicha a que la malicia conduce es contraria a la felicidad a que conduce la virtud, necesario es que aquellas cosas que pertenecen a la desdicha, estén en oposición a las que pertenecen a la felicidad. Hemos dicho antes que la felicidad suprema del hombre, en cuanto a la inteligencia, consiste en la visión plena de Dios, y en cuanto al afecto, en que la voluntad del hombre está confirmada de una manera inmutable en la bondad primera. Por consiguiente, la extrema desdicha del hombre consistirá en que la inteligencia estará totalmente privada de la luz divina, y el afecto obstinadamente alejado de la bondad de Dios. Ésta es la principal pena de los condenados, llamada pena de daño. Debemos considerar, sin embargo, una cosa que se deduce de lo que hemos dicho y es, que el mal no puede excluir totalmente al bien, puesto que todo mal tiene su principio en algún bien. Es necesario, por consiguiente, que la desdicha, aunque opuesta a la felicidad, que estará inmune de todo mal, esté fundada en un bien de la naturaleza. El bien de una naturaleza intelectual consiste en que la inteligencia vea la verdad, y la voluntad tenga tendencias al bien. Como toda verdad y todo bien se derivan del primero y sumo bien, que es Dios, resulta de ahí ser necesario que la inteligencia del hombre, colocada en la extrema desdicha, tenga cierto conocimiento de Dios y cierto amor de Dios, en cuanto que es principio de las perfecciones naturales, que es el amor natural, no en cuanto a lo que Él es en sí mismo, ni tampoco en cuanto que es principio de las virtudes o de las gracias y bienes de todo género, por los cuales perfecciona una naturaleza intelectual, lo cual es la perfección de la virtud y de la gloria. Los hombres constituidos en este estado de desdicha, no están privados del libre albedrío, aun cuanto tengan la voluntad firme en el mal de una manera inmutable, del mismo modo que sucede en los bienaventurados, aunque su voluntad esté afirmada en el bien. En efecto, el libre albedrío se extiende propiamente a la elección; y la elección se ejerce sobre cosas que pertenecen al fin. Es así que cada uno desea naturalmente el fin último; luego todos los hombres, por lo mismo que son inteligentes, desean naturalmente la felicidad como el fin último, y la desean de una manera tan inmutable, que nadie puede querer ser desgraciado, sin que esto repugne al libre albedrío, que no se extienda más que a las cosas que pertenecen al fin. En cuanto a que un hombre cifre su felicidad suprema en tal cosa particular, y otro en otra diferente, esto no conviene ni a éste ni a aquél como hombre, supuesto que los hombres difieren en sus juicios y en sus apetitos, sino que esto conviene a cada uno, en razón de sus disposiciones personales.
Digo disposiciones personales, relativamente a alguna pasión o hábito, y ésta es la razón por la que si fuera transformado, le parecería otra cosa la mejor, como se observa perfectamente en aquellos que por pasión desean una cosa como la más excelente; pero cuando la pasión desaparece, como la cólera o la concupiscencia, ya no les parece bueno, como les parecía antes. Los hábitos son más permanentes, y por eso se persevera más firmemente en las cosas que se buscan por hábito. Sin embargo, siempre que pueda mudarse el hábito cambian igualmente el apetito y el juicio del hombre sobre el fin último; pero esto no conviene a los hombres en esta vida, en la cual están constituidos en un estado de mudanza. El alma después de esta vida es intransformable, en cuanto a la alteración, porque semejante transformación no la -conviene más que por accidente y relativamente a cierta transformación corporal. Después que el alma haya vuelto a tomar su cuerpo, no se seguirá un cambio de cuerpo, sino lo contrario. El alma está actualmente unida a un cuerpo engendrado, y, por consiguiente, sigue las transformaciones del cuerpo; entonces,'por el contrario, el cuerpo estará unido a un alma preexistente, y, por consiguiente, seguirá totalmente sus condiciones. Sea cual fuere el fin último que el alma haya elegido, y en el que se encuentre en el estado de muerte, en ese estado permanecerá eternamente apeteciéndole como el mejor, sea bueno o sea malo, según estas palabras del Eclesiastés, XI: «Si cayere el árbol al Norte o al Mediodía, en cualquier lado que caiga, allí quedará.» Por consiguiente, después de esta vida los que sean considerados buenos en el artículo de la muerte, tendrán eternamente su voluntad afirmada en el amor al bien; y, por el contrario, los que sean considerados malos, obstinados eternamente quedarán en el mal.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Encuentro Martes 26 de octubre - Santo Tomás de Aquino, biografía, las cinco vias.


SANTO TOMÁS DE AQUINO
Filósofo, teólogo, doctor de la Iglesia (Angelicus Doctor), patrono de las universidades y escuelas Católicas. Nacido en Rocca Secca, en el Reino de Nápoles en 1225 o 1227; fallecido en Fossa Nuova, 7 de marzo de 1274.
I. Vida
II. Escritos
a. Comentarios Generales

b. Sus obras principales en detalle

c. Método y Estilo de Santo Tomás
III. Influencias Recibidas por Santo Tomás
a. Causas Naturales

b. Causas Sobrenaturales
IV. La Influencia de Santo Tomás
a. Influencia en la Santidad

b. Influencias en la Vida Intelectual

c. Seguimiento de la Doctrina Tomista

d. Aprecio de Santo Tomás
V. Santo Tomás y el Pensamiento Moderno

I. VIDA
Se conocen los acontecimientos principales de su vida, pero los biógrafos difieren en cuanto a algunos detalles y fechas. Henry Denfile falleció antes de poder cumplir su proyecto de escribir una vida crítica del santo. El amigo y alumno de Denfile, Dominic Prümmer, O. P., profesor de teología en la Universidad de Friburgo, Suiza, se encargó de la obra y publicó el "Fontes Vitae S. Thomae Aquinatis, notis historicis et criticis illustrati"; y el primer fascículo (Toulouse, 1911) ya ha aparecido, dando la vida de Santo Tomás por Peter Calo (1300), publicado ahora por primera vez. Tolomeo de Lucca ... dice que cuando murió el santo, se dudaba sobre su edad exacta (Prümmer, op. cit. 45). Normalmente se da el fin de 1225 como el momento de su nacimiento. El P. Prümmer, basándose en Calo, cree que 1227 es la fecha más probable (op. cit., 28). Hay un acuerdo general en que su muerte ocurrió en 1274.
Landolfo, su padre, era Conde de Aquino. Teodora, su madre, Condesa de Teano. Su familia estaba emparentada con los Emperadores Enrique VI y Federico II, y los Reyes de Aragón, Castilla y Francia. Calo cuenta que un santo ermitaño predijo su carrera, diciéndole a Teodora antes de su nacimiento: "Entrará en la Orden de los Frailes Predicadores, y su conocimiento y santidad serán tan grandes que en vida, no se encontrará nadie que le iguale". (Prümmer, op. cit., 18). A los cinco años, según las costumbres de la época, fue enviado a recibir su primera formación con los monjes Benedictinos de Monte Casino. Diligente en sus estudios, desde muy pequeño se observó su buena disposición para la meditación y la oración, y su maestro se sorprendió al oírle preguntar repetidas veces: "¿Que es Dios?"
Alrededor del año 1236, le enviaron a la Universidad de Nápoles. Calo dice que el traslado se hizo por iniciativa del Abad de Monte Casino, quien escribió al padre de Tomás que un chico de su talento no debe ser dejado en la sombra (Prümmer, op. cit., 20). En Nápoles, sus maestros fueron Pietro Martín y Petrus Hibernos. El cronista dice que pronto superó a Martín en gramática y fue transferido a Pedro de Irlanda quién le formó en Lógica y ciencias Naturales. Las costumbres de la época dividían Filosofía y Letras en dos cursos: el Trivium, que cubría Gramática, Lógica y Retórica; el Quadrivium, que se componía de Música, Matemática, Geometría y Astronomía... Tomás repetía las lecciones con mayor profundidad y lucidez que sus maestros. El corazón del joven se había conservado puro en medio de la corrupción que le rodeaba, y decidió abrazar la vida religiosa.
Entre 1240 y 1243 recibió el hábito de la Orden de Santo Domingo, atraído y dirigido por Juan de San Julián, un conocido predicador del convento de Nápoles. La ciudad estaba asombrada al ver a un noble joven como él tomar el hábito de un pobre fraile. Su madre, con sentimientos de alegría y tristeza a la vez, se apresuró a ir a Nápoles a ver a su hijo. Los Dominicos, temiendo que se lo llevaran, le enviaron a Roma, aunque su destino final sería París o Colonia. Teodora convenció a los hermanos de Tomás, que eran soldados del Emperador Federico, capturaron al novicio cerca del pueblo de Aquependente y le recluyeron en la fortaleza de San Juan de Rocca Secca. Allí estuvo detenido casi dos años, mientras sus padres, hermanos y hermanas hacían todo lo posible para destruir su vocación. Sus hermanos incluso tendieron trampas a su virtud, pero el puro novicio echó de la habitación a la tentadora con un tizón que sacó del fuego. Hacia el fin de su vida, Santo Tomás le confió a su fiel amigo y compañero, Reinaldo de Piperno, el secreto de un favor especial que recibió entonces. Cuando echó a la tentadora de la habitación, se arrodilló y ardientemente imploró a Dios que le concediera la integridad de mente y cuerpo. Cayó en un sueño ligero, y mientras dormía, dos ángeles se le aparecieron para asegurarle que su oración había sido escuchada. Le ciñeron un cinturón, diciendo: "Te ceñimos con el cinturón de la virginidad perpetua." Y desde ese día en adelante jamás experimentó el más leve movimiento de la concupiscencia.
El tiempo en cautiverio no fue perdido. Su madre empezó a ceder tras los primeros impulsos de ira y tristeza; se les permitió a los Dominicos proporcionarle nuevos hábitos, y con la ayuda de su hermana obtuvo algunos libros -las Sagradas Escrituras, la Metafísica de Aristóteles y las "Sentencias" de Pedro Lombardo. Tras año y medio o dos en prisión, sea porque su madre se dio cuenta de que la profecía del ermitaño se cumpliría o bien porque sus hermanos temían las amenazas de Inocencio IV y Federico II, fue puesto en libertad bajándolo en un cesto a los brazos de los Dominicos que se admiraron al darse cuenta de que durante su cautiverio "había progresado tanto como si hubiera estado en un studium generale" (Calo op. cit., 24).
Tomás enseguida hizo sus votos, y sus superiores le mandaron a Roma. Inocencio IV examinó con atención los motivos que le llevaron a entrar en la Orden de Predicadores, le despidió con una bendición y prohibió cualquier interferencia en su vocación. Juan el Teutón, cuarto Maestro General de la Orden, llevó al joven estudiante a París y según la mayoría de los biógrafos del santo, a Colonia, en 1244 o 1245, a cargo de Alberto Magno, el más famoso profesor de la Orden. En las escuelas, el carácter humilde y taciturno de Tomás fue mal interpretado como indicios de retraso mental, pero cuando Alberto escuchó su brillante defensa de una difícil tesis, exclamó: "Llamamos a este joven un buey mudo, pero su mugido doctrinal un día resonará hasta los confines del mundo."
En 1245 enviaron a Alberto a París y Tomás le acompañó como alumno. En 1248 ambos volvieron a Colonia. Alberto había sido nombrado regente del nuevo studium generale, erigido aquel año por el Capítulo General de la Orden y Tomás debía enseñar bajo su autoridad como Bachiller. (Sobre el sistema de titulación en el siglo XIII ver ORDEN DE PREDICADORES --- II, A, 1, d). Durante su estancia en Colonia, probablemente en 1250, fue ordenado sacerdote por Conrado de Hochstaden, arzobispo de esa ciudad. Durante toda su vida, con frecuencia predicó la Palabra de Dios en Alemania, Francia e Italia. Sus sermones se caracterizaban por su fuerza, piedad, solidez en la enseñanza y abundantes referencias bíblicas. En 1251 o 1252, el Maestro General de la Orden, aconsejado por Alberto Magno y Hugo de San Caro, nombró a Tomás Bachiller (subregente) del studium Dominico en París. Este nombramiento puede considerarse como el principio de su vida pública, ya que su enseñanza rápidamente llamó la atención tanto de profesores como de alumnos. Sus deberes consistían principalmente en explicar las "Sentencias" de Pedro Lombardo, y sus comentarios sobre ese texto teológico le proporcionaron el material y en gran parte, en esquema general para su obra magna, la "Summa Theologica". En el transcurso del tiempo, se le ordenó prepararse para el Doctorado de Teología por la Universidad de París, pero aplazaron la concesión del título por una disputa entre la universidad y los frailes. El conflicto, en su origen una disputa entre la universidad y las autoridades civiles, surgió tras un incidente con la guardia de la ciudad que resultó en un estudiante muerto y otros tres heridos. La universidad, celosa de su autonomía, exigía una satisfacción que le fue negada. Los doctores cerraron sus facultades, juraron solemnemente que no las abrirían hasta ver satisfechas sus demandas y decretaron que en e futuro a nadie se le conferiría el título de doctor a menos que jurase seguir la misma línea de conducta en circunstancias similares. Los Dominicos y Franciscanos, que habían seguido enseñando en sus escuelas se negaron a hacer el juramento exigido, y de aquí surgió un amargo conflicto que estaba en su punto álgido cuando Santo Tomás y San Buenaventura estaban preparados para recibir sus doctorados. Guillermo de San Amour extendió la disputa más allá del tema original, atacó violentamente a los Frailes, de los que estaba evidentemente celoso, y les negó su derecho a ocupar cátedras en la universidad. Contra su libro "De periculis novissimorum temporum" (Los peligros de los Últimos Tiempos) Santo Tomás escribió el tratado "Contra impugnantes religionem", una apología de las órdenes religiosas (Touron op. cit., II cc. vii sqq.). El libro de Guillermo de San Amour fue condenado por Alejandro IV en Anagni, el 5 de octubre de 1256 y el Papa ordenó que los frailes mendicantes fueran admitidos al doctorado.
Por estas fechas, Santo Tomás también combatió un libro peligroso, "El Evangelio Eterno" (Touron op. cit., II, cxii). Las autoridades universitarias no obedecieron inmediatamente; fueron necesarias la influencia de San Luis IX y once Breves papales para lograr de nuevo la paz. Santo Tomás recibió su doctorado en teología. La fecha que dan la mayoría de sus biógrafos es la del 23 de octubre de 1257. Su tema fue "La Majestad de Cristo". Su texto, "Él riega los montes desde sus aposentos: del fruto de sus obras se sacia la tierra" (Salmo 103, 13) sugerido, según se cree, por un visitante celeste, fue profético de su vida futura. La tradición cuenta que San Buenaventura y Santo Tomás recibieron el doctorado el mismo día y que hubo una "lucha" de humildad entre los dos amigos para ver quién sería nombrado primero.
Desde entonces, la vida de Tomás puede resumirse en pocas palabras, orar, predicar, enseñar, escribir, viajar. La gente deseaba más escucharle a él que a Alberto, a quien Santo Tomás superaba en precisión, lucidez, concisión y fuerza de expresión, sino en universalidad de conocimientos. París le reclamaba como suyo; los Papas deseaban tenerle junto a ellos; los studia de la Orden ansiaban disfrutar de los beneficios de su enseñanza; así, le encontramos sucesivamente en Anagni, Roma, Bolonia, Orvieto, Viterbo, Perugia y París de nuevo y finalmente en Nápoles, siempre enseñando y escribiendo, viviendo en la tierra con una pasión, un celo ardiente por exponer y defender la verdad Cristiana. Tan dedicado estaba a su sagrada misión que con lágrimas pedía que no le obligaran a aceptar la titularidad del Arzobispado de Nápoles, que le fue conferido por Clemente IV en 1265. Si hubiese aceptado este nombramiento, muy probablemente nunca hubiera escrito la "Summa Theologica.".
Cediendo a las peticiones de sus hermanos, en varias ocasiones participó en las deliberaciones de los Capítulos Generales de la Orden. Uno de dichos capítulos tuvo lugar en Londres en 1263. En otro, celebrado en Valenciennes (1259) colaboró con Alberto Magno y Pedro de Tarentasia (que sería el Papa Inocencio V) a formular un sistema de estudios que substancialmente permanece hasta hoy en los studia generalia de la Orden Dominicana. (cf. Douais, op. cit.)
No sorprende leer en las biografías de Santo Tomás que frecuentemente se abstraía y quedaba en éxtasis. Hacia el final de su vida éstos momentos de éxtasis se sucedían con mayor frecuencia. Una vez en Nápoles, en 1273, tras completar su tratado sobre la Eucaristía, tres hermanos le vieron levitar en éxtasis, y oyeron una voz que venía del crucifijo del altar que decía: "Has escrito bien de mí, Tomás, que recompensa deseas?". Tomás respondió, "Nada más que a ti, Señor". (Prümmer, op. cit., p.38). Se dice que esto se repitió en Orvieto y París.
Y el 6 de diciembre de 1273, dejó su pluma y no escribió más. Ese día, durante la Misa, experimentó un éxtasis de mucha mayor duración que la acostumbrada; sobre lo que le fue revelado sólo podemos conjeturar por su respuesta al Padre Reinaldo, que le animaba a continuar sus escritos: "No puedo hacer más. Se me han revelado tales secretos que todo lo que he escrito hasta ahora parece que no vale para nada" (modica, Prümmer, op. cit., p. 43). La Summa Theologica había sido terminada solo hasta la pregunta 90 de la tercera parte (De partibus poenitentiae).
Tomás comenzó su preparación inmediata para la muerte. Gregorio X, habiendo convocado un concilio general a celebrar en Lyon el primero de mayo de 1274, invitó a Santo Tomás y San Buenaventura a participar en las deliberaciones, ordenó al primero traer al concilio su tratado "Contra errores Graecorum" (Contra los Errores de los Griegos). Intentó obedecer y salió a pie en enero de 1274, pero le fallaron las fuerzas; cayó desplomado cerca de Terracina, desde donde le llevaron al Castillo de Maienza, hogar de su sobrina la Condesa Francesca Ceccano. Los monjes cistercienses de Fossa Nuova, insistieron para que se alojara con ellos, y así fue trasladado a su monasterio, y al entrar, le susurró a su compañero: "Este es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré porque lo deseo" (Salmo 131:14). Cuando el P. Reinaldo le pidió que se quedase en el castillo, el santo replicó: "Si el Señor desea llevarme consigo, será mejor que me encuentre entre religiosos que entre laicos". Los Cistercienses le brindaron tantas atenciones y bondad, que abrumaron el sentido de humildad de Tomás. "¿A qué viene tanto honor", exclamó, "que siervos de Dios lleven la leña para mi hoguera?". Ante la insistencia de los monjes, el santo dictó un breve comentario sobre el Cantar de los Cantares.
El final se acercaba; se le administró la Extremaunción. Cuando entraron con el Sagrado Viático a su habitación, pronunció el siguiente acto de fe:
Si en este mundo hubiese algún conocimiento de este sacramento mas fuerte que el de la fe, deseo ahora usarlo en afirmar que creo firmemente y sé de cierto que Jesucristo, Dios Verdadero y Hombre Verdadero, Hijo de Dios e Hijo de la Virgen María está en este Sacramento... Te recibo a Ti, el precio de mi redención, por cuyo amor he velado, estudiado y trabajado. A Ti he predicado, a Ti he enseñado. Nunca he dicho nada en Tu contra: si dije algo mal, es sólo culpa de mi ignorancia. Tampoco quiero ser obstinado en mis opiniones, así que someto todas ellas al juicio y enmienda de la Santa Iglesia Romana, en cuya obediencia ahora dejo esta vida.
Murió el 7 de marzo de 1274. Numerosos milagros atestiguaron su santidad. Fue canonizado por Juan XXII, el 18 de julio de 1323. Los monjes de Fossa Nuova querían a toda costa quedarse con sus sagrados restos, pero Urbano V ordenó que el cuerpo fuera entregado a sus hermanos Dominicos, siendo trasladado solemnemente a la iglesia Dominica de Toulouse, el 28 de enero de 1369. La magnífica capilla erigida en 1628 fue destruida durante la revolución francesa y su cuerpo trasladado a la iglesia de San Sernin, donde reposa hasta el día de hoy en un sarcófago de oro y plata, que fue solemnemente bendecido por el Cardenal Desprez el 24 de julio de 1878. El hueso mayor de su brazo izquierdo se conserva en la catedral de Nápoles. El brazo derecho, donado a la Universidad de París y originalmente conservado en la Capilla de Santo Tomás de la iglesia Dominicana, se guarda actualmente en la iglesia Dominicana de Santa María sopra Minerva en Roma a donde llegó tras la revolución francesa.
Calo (Prümmer, op. cit., p. 401) dio una descripción de la apariencia del santo: dice que sus rasgos se correspondían con la grandeza de su alma. Era alto y corpulento, erguido y bien proporcionado. Su tez era "como el color del trigo nuevo": su cabeza era grande y bien formada y era algo calvo. Todos los retratos lo representan con porte noble, meditativo, dulce y a la vez fuerte. San Pío V proclamó a Santo Tomás Doctor de la Iglesia en 1567. En la Encíclica "Aeterni Patris" del 4 de agosto de 1879 sobre la restauración de la filosofía cristiana, León XIII le declaró "príncipe y maestro de todos los doctores escolásticos". El mismo ilustre pontífice, mediante una Breve del 4 de agosto de 1880, le designó patrono de todas las universidades, academias y escuelas católicas de todo el mundo.
II. ESCRITOS
A. Comentarios Generales
Aunque Santo Tomás vivió menos de cincuenta años, escribió más de sesenta obras, algunas cortas, otras muy largas. Esto no significa que toda la producción auténtica haya sido escrita directamente a mano; le ayudaron secretarios, y sus biógrafos aseguran que podía dictar a varios escribientes a la vez. Le han sido falsamente atribuidas otras obras, que fueron en realidad escritas por sus discípulos.
En "Scriptores Ordinis Praedicatorum" (París 1719) el P. Echard dedica ochenta y seis folios a la obra de Santo Tomás, las diversas ediciones y traducciones (I, pp. 282-348) Touron (op. cit., pp. 69 sqq.) dice que se encontraron copias manuscritas en casi todas las bibliotecas de Europa, y que tras la invención de la prensa, se multiplicaron las ediciones en Alemania, Francia e Italia, siendo la "Summa Theologica" una de las primeras obras importantes impresas. Peter Schoeffer, editor de Mainz, publicó "Secunda Secundae" en 1467. Esta es la primera copia impresa conocida de las obras de Santo Tomás. La primera edición competa de la "Summa" fue editada en Basilea, en 1485. Muchas otras ediciones de ésta y otras obras salieron a la luz en los siglos XVI y XVII, especialmente en Venecia y Lyon. Las ediciones principales de la Obra Completa (Opera Omnia) son: Roma, 1570, Venecia, 1594, 1612, 1745; Amberes, 1612; París, 1660, 1871-80 (Vives); Parma, 1852-73; Roma 1882 (la Leonina). La edición romana de 1570, llamada "la Piana" llamada así por Pío V, quien la mandó editar, fue la norma durante muchos años. Además de un texto cuidadosamente revisado, contenía los comentarios del Cardenal Cayetano y la valiosa "Tabula Aurea" de Pedro de Bergamo. La edición veneciana de 1612 fue muy estimada porque el texto iba acompañado de los comentarios "Cayetano-Porrecta"... La edición Leonina, comenzada baja el patrocinio de León XIII, continuaría entonces bajo el Maestro General de los Dominicos, sin duda la más perfecta de todas. Se insertarían comentarios críticos de cada sección, se emprendería una revisión muy cuidadosa del texto y se comprobarían todas las referencias. Por orden de León XIII (Motu Proprio del 18 de enero de 1880) la "Summa contra gentiles" se editaría con los comentarios de Silvestre Ferrariensis, mientras que los comentarios de Cayetano van con la "Summa Theologica".
Esta última obra se ha publicado, siendo los volúmenes IV-XII de la edición (el último en 1906). La obra de Santo Tomás puede clasificarse como filosófica, teológica, escriturística y apologética. Esta división, sin embargo, no siempre se mantiene. La "Summa Theologica", por ejemplo, contiene mucha filosofía, mientras que la "Summa contra Gentiles" es principalmente, aunque no exclusivamente, filosófica y apologética. Sus obras filosóficas son principalmente comentarios a Aristóteles y sus primeros escritos teológicos fueron comentarios de los cuatro primeros libros de "Sentencias" de Pedro Lombardo. Pero no sigue servilmente ni al Filósofo, ni al Maestro de las Sentencias (para comentarios sobre el Lombardo rechazado por los teólogos, véase Migne, 1841, edición de la "Summa Theologica" I, p. 451).
B. Sus obras principales en detalle
Entre las obras que muestras la personalidad y método de Santo Tomás, las siguientes merecen destacada atención:
(1) "Quaestiones disputatae" (Cuestiones Disputadas): Tratados más completos sobre temas que no quedaron lo bastante claros en sus conferencias y clases y sobre los cuales había recibido preguntas solicitando su opinión. Son valiosos porque en ellos, el autor, libre de los límites del tiempo y espacio, se expresa libremente y proporciona todos los argumentos, en pro y en contra de las opiniones en cuestión. Estos tratados, que contienen las Cuestiones "De potentia", "De malo", "De spirit. creaturis", "De anima", "De unione Verbi Incarnati", "De virt. in communi", "De caritate", "De corr. fraterna", "De spe", "De virt. cardinal.", "De veritate", fueron editadas a menudo, por ejemplo, recientemente por la Asociación de San Pablo (2 volúmenes, París y Friburgo, Suiza, 1883).
(2) "Quodlibeta" (Temas Varios), presenta cuestiones o argumentos propuestos y sus respuestas, dadas dentro o fuera de las salas de conferencias, principalmente en los ejercicios escolásticos más formales, denominados "circuli", "conclusiones" o "determinationes", que tenían lugar una o dos veces al año.
(3) "De unitate intellectus contra Averroístas": Este opúsculo refuta un error muy peligroso y difundido, es decir, que existía una sola alma para todos los hombres, una teoría que eliminaba la libertad y responsabilidad individual. (Ver AVERROES).
(4) "Commentaria in Libros Sententiarum" (antes mencionado): Esta y la obra siguiente fueron los predecesores inmediatos de la "Summa Theologica".
(5) "Summa de veritate catholicae fidei contra gentiles" (Tratado sobre la Verdad de la Fe Católica contra los Infieles): Este obra escrita en Roma, entre 1261 y 1264, la compuso bajo demanda de San Raimundo de Peñafort, que quería una exposición filosófica y defensa de la Fe Cristiana, para utilizarla contra los Judíos y Moros en España. Es un modelo perfecto de apologética sólida y paciente, en la que prueba que ninguna verdad demostrable (ciencia) se opone a la verdad revelada (fe). Las mejores ediciones recientes son la de Roma 1878 (de Ucelli), la de París y Friburgo, Suiza, 1882, y la de Roma de 1894. Se ha traducido a muchos idiomas. Se divide en 4 libros: I. De Dios como es en Sí mismo; II. De Dios y el Origen de las Criaturas; III. De Dios y el Fin de las Criaturas; IV. De Dios en Su Revelación. Es digno de mención que los Padres del Concilio Vaticano, tratando sobre la necesidad de la revelación (Coast. "Dei Filius", c. 2) emplearon casi las mismas palabras de Santo Tomás escritas por el Santo en esta obra (I, cc. iv, V) y en la "Summa Theologica" (I, Q. i. a. 1).
(6) Tres obras escritas por orden de Urbano IV
El "Opusculum contra errores Graecorum" refutaba los errores de los griegos sobre doctrinas en disputa entre ellos y la Iglesia Romana, tales como la procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo, el primado del Romano Pontífice, la Sagrada Eucaristía, y el Purgatorio. Se utilizó contra los griegos con gran efecto en el Concilio de Lyon (1274) y en el Concilio de Florencia (1493). En el ámbito de los razonamientos humanos sobre temas profundos, no puede encontrarse algo tan sublime como el argumento aducido por Santo Tomás para demostrar que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (cf. Summa Theol., I, Q. xxxvi, a. 2); pero recuérdese que nuestra fe no depende solamente de este razonamiento.
"Officium de festo Corporis Christi". Mandonnet (Ecrits, p. 127) declara que es sin duda seguro que Santo Tomás es el autor del bello Oficio del Corpus Christi, en el que se combina la firme doctrina, la sentida piedad e instructivas citas de las Escrituras, expresado todo ello en un lenguaje de gran precisión, belleza, pureza y poesía. Aquí encontramos los conocidos himnos "Sacris Solemniis", "Pange Lingua" (que concluye con el "Tantum Ergo"), "Verbum Supernum (que concluye con el "O Salutaris Hostia") y en la Misa, la bella secuencia "Lauda Sion". En los responsos del Oficio, Santo Tomás pone palabras del Nuevo Testamento que afirman la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento junto a textos del Antiguo Testamento que prefiguran ya la Eucaristía. Santeuil, un poeta del siglo XVII, dijo que daría todos sus versos por una estrofa del "Verbum Supernum". "Se nascens dedit sociu, convescen in edulium: Se moriens in pretium, Se regnans dat in praemium": "Del hombre naciendo fue su compañero, en la mesa su alimento, muriendo su Redentor y en el Reino su premio". Quizás la joya del Oficio es la antífona "O Sacrum Convivium" (véase Conway, "St. Thomas Aquinas", Londres y Nueva York, 1911, p. 61). Con "Catena Aurea", aunque no alcanza la originalidad de sus otras obras, demuestra su íntimo conocimiento de los Padres de la Iglesia. La obra contiene una serie de pasajes seleccionados de los escritos de los varios Padres, ordenados de tal manera que los textos encadenados forman un comentario coherente al Evangelio. El comentario sobre San Mateo lo dedicó a Urbano IV. Hubo una traducción al inglés editada por John Henry Newman (4 vols., Oxford 1841-1845; véase Vaughan, op. cit., vol.II, pp. 529 sqq.)
(7) "Summa Theologica". Esta obra inmortalizó a Santo Tomás. El autor mismo la consideraba sencillamente un manual de la doctrina Cristiana para estudiantes. En realidad es una completa exposición, ordenada con criterio científico de la Teología y a la vez un sumario de la Filosofía Cristiana. .... En el breve prólogo, Santo Tomás destaca las dificultades experimentadas por los estudiantes de la doctrina sagrada en su tiempo, citando como causas: la proliferación de cuestiones, artículos y argumentos inútiles; la falta de un orden científico; frecuentes repeticiones, "que engendran disgusto y confusión en la mente de los alumnos". Entonces añade: "con ánimo de evitar estas dificultades, intentaremos, confiando en la ayuda Divina, tratar sobre cosas que pertenezcan a la sagrada doctrina de manera tan concisa y clara como la complejidad del tema permita." En la cuestión introductoria "De la Doctrina Sagrada", demuestra que además del conocimiento que proporciona la razón, la Revelación es necesaria también para salvarse, primero porque sin ella, el hombre no puede conocer el fin sobrenatural al que deben tender por sus actos voluntarios y segundo, porque sin la Revelación, incluso las verdades sobre Dios que pueden demostrarse con la razón serían conocidas "sólo por unos pocos, tras mucho tiempo, y con gran cantidad de errores". Cuando se han aceptado las verdades reveladas, la mente del hombre puede explicarlas y sacar conclusiones de ellas. De aquí nace la Teología, que es una ciencia, porque procede de principios ciertos (a. 2). El objeto, o el sujeto, de esta ciencia es Dios; lo demás se considera sólo en cuanto a su relación con Dios (a. 7). La razón se usa en Teología no para demostrar las verdades de la fe, que se aceptan por autoridad divina, sino para defender, explicar y desarrollar las doctrinas reveladas (a. 8). Así, anuncia la división de la "Summa": "Ya que el fin de esta sagrada ciencia es proporcionar el conocimiento de Dios, no solo como El es en sí mismo, sino como el Principio y el Fin de todo, especialmente de las criaturas racionales, trataremos primero de Dios; en segundo lugar del progreso de la criatura racional hacia Dios (de motu creaturae rationalis in Deum); en tercer lugar de Cristo, quien como Hombre, es el camino mediante el cual tendemos a Dios." Dios en sí mismo, como Creador, como el Fin de todas las cosas, en especial del hombre; Dios como el Redentor -- éstas son las principales ideas, las grandes categorías, bajo las que se contiene todo lo que es la Teología.
(a) Subdivisiones
La Primera Parte se divide en tres tratados: [alpha] De aquellas cosas que pertenecen a la Esencia de Dios; [beta] De la distinción de Personas en Dios (el misterio de la Trinidad); [gamma] De la producción de la criaturas por Dios y de las criaturas por Él producidas.
La Segunda Parte, De Dios en Sí mismo como Fin del hombre, se denomina a veces "la Teología Moral de Santo Tomás, es decir, su tratado sobre el fin del hombre y sobre los actos humanos. Se subdivide en dos partes, conocidas como la Primera Sección de la Segunda (I-II, o 1a 2ae) y la Segunda de la Segunda (II-II, o 2a 2ae.)
La Primera de la Segunda. Las cinco primeras cuestiones se dedican a demostrar que el último fin del hombre, su beatitud, consiste en la posesión de Dios. El hombre puede alcanzar o desviarse de ese fin mediante sus actos propiamente humanos, es decir, mediante actos libres y deliberados. Sobre los actos humanos trata primero, de manera general (en todas excepto las primeras cinco cuestiones de la I-II), en segundo lugar, en detalle (en toda la II-II). El tratado sobre los actos humanos en general se divide en dos partes: la primera, sobre los actos humanos en sí mismos; la otra sobre los principios o causas, extrínsecas o intrínsecas de esos actos. En estos tratados y en la Segunda de la Segunda, Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, ofrece una perfecta descripción y un análisis maravillosamente penetrante de los movimientos de la mente y el corazón del hombre.
La Segunda de la Segunda, considera los actos humanos, es decir, las virtudes y los vicios, en particular. En ella, Santo Tomás trata primero sobre aquellas cosas que afectan a todos los hombres, sea cual sea su estado social, y después sobre aquellas cosas que afectan sólo a algunos. Lo que afecta a todos se reduce a siete apartados: Fe Esperanza y Caridad; Prudencia, Justicia, Fortaleza, y Templanza. En cada apartado, para evitar repeticiones, Santo Tomás trata no solo de la virtud misma, sino de los vicios opuestos a ella, los mandamientos para practicarla, y del don del Espíritu Santo que le corresponde. Lo que afecta a algunos solamente, se reducen a tres apartados: las gracias dadas libremente (gratia gratis datae) a ciertos individuos para el bien de la Iglesia, tales como el don de lenguas, de profecía o de milagros; la vida activa y la contemplativa; los estados de la vida y los deberes de cada estado, sobre todo de obispos y religiosos.
La Tercera Parte trata de Cristo y de los beneficios que ha dado al hombre, de ahí, tres tratados: De la Encarnación, y sobre lo que el Salvador hizo y padeció; De los Sacramentos, instituidos por Cristo y derivan su eficacia de Sus méritos y sufrimientos; De la Vida Eterna, es decir, del fin del mundo, la resurrección de los muertos, el juicio, el castigo de los malos, la felicidad de los justos que mediante Cristo alcanzan la vida eterna en el cielo. Tardó ocho años en escribir la obra, que comenzó en Roma, donde escribió la Primera y la Primera de la Segunda Parte (1265-69). La Segunda de la Segunda, la comenzó en Roma y la acabó en París (1271). En 1272 Santo Tomás viajó a Nápoles, donde escribió la Tercera Parte hasta la cuestión 90 del tratado De la Penitencia (ver edición Leonina, I, p. xlii). La obra se ha "terminado" añadiendo un suplemento, basado en otros escritos de Santo Tomás, atribuidos en algunos casos a Pedro de Auvergne, en otros a Enrique de Gorkum. Atribuciones que son rechazadas por los editores de la edición Leonina (XI, pp. viii, xiv, xvii). Mandonnet (op. cit., 153) favorece la muy probable opinión que fue recopilado por el P. Reinaldo de Piperno, el fiel compañero y secretario del santo. La "Summa" contiene 38 Tratados, 612 Cuestiones, subdivididas en 3120 artículos, en los que se proponen y responden 10.000 objeciones. El orden prometido está tan perfectamente conseguido que refiriéndose al comienzo de los Tratados y Cuestiones, se puede ver enseguida qué lugar ocupa en el plan general, que comprende todo aquello que es posible saber mediante la teología, sobre Dios, sobre el hombre y de su mutua relación... "Toda la Summa va ordenada según un plan uniforme. Cada tema se presenta como una cuestión y se divide en artículos... Cada artículo tiene también una disposición uniforme de partes. El tema se presenta como una pregunta para ser discutida, bajo el término Utrum, "Es que..." por ejemplo, ¿Utrum Deus sit? Entonces, se presentan las objeciones contra la tesis propuesta. Son generalmente tres o cuatro en número, pero a veces se extienden a siete o más. La conclusión adoptada se presenta entonces con las palabras, Respondeo dicendum. Al final de la tesis expuesta, se responden las objeciones, bajo las formas ad primum, ad secundum, etc."... La Summa es doctrina Cristiana en forma científica; es la razón humana rindiendo el máximo servicio en la defensa y explicación de las verdades de la religión cristiana. Es la respuesta del maduro y santo doctor a la pregunta de su juventud: ¿Qué es Dios? La Revelación, conocida por las Escrituras y la Tradición; la razón y sus mejores logros; la solidez y plenitud de la doctrina; el orden, concisión y claridad de expresión, la abnegación, el amor de la verdad sola, de lo que se sigue una sorprendente equidad hacia los adversarios y una gran tranquilidad al combatir sus errores; sobriedad y firmeza de juicio, junto a una piedad abundante en ternura y claridad - todo ello se encuentra en esta "Summa" mas que en sus otras obras, mas que en las obras de sus contemporáneos, porque "entre los doctores escolásticos, destaca por encima de todos su jefe y maestro Tomás de Aquino, que como dice Cayetano (In 2am 2ae, Q 148, a. 4) 'porque veneró los antiguos doctores de la Iglesia, parece haber heredado de alguna manera el intelecto de todos ellos'" (Encíclica "Aeterni Patris" de León XIII).
(b) Ediciones y Traducciones
Es imposible enumerar las varias ediciones de la "Summa", que se han usado constantemente durante más de setecientos años. Muy pocos libros han tenido tantas reediciones. A la primera edición completa, impresa en Basilea en 1485, pronto le siguieron otros, por ejemplo, Venecia 1505, 1509, 1588, 1594; Lyon 1520, 1541, 1547, 1548, 1581, 1588, 1624, 1655; Amberes 1575. Estas se enumeran en Touron op. cit., p. 692, donde dice que a la vez otras ediciones salieron en Roma Amberes, Rouen, París, Douai, Colonia, Ámsterdam, Bolonia, etc. Los editores de la edición Leonina estiman dignas de mención las de París 1617, 1638, 1648; Lyon 1663, 1677, 1686; y una edición Romana de 1773 (IV, pp. xi, xii). De todas las ediciones antiguas consideran las más exactas las de Padua, 1698 y 1712, así como las Veneciana de 1755. De las más recientes, las mejores son: la Leonina, las Migne (París 1841 y 1877); el primer volumen de la edición de 1841 que contiene el "Libri quatour sententiarum" de Pedro Lombardo; la muy práctica edición de Faucher (5 tomos. tamaño cuartilla, París 1887), dedicada al Cardenal Pecci, enriquecida con valiosas notas; una edición Romana de 1894. La "Summa" ha sido traducida también a muchos idiomas modernos.
C. Método y Estilo de Santo Tomás
No es posible expresar el método tomista en una palabra, si no es con la palabra "ecléctico". Es Aristotélico, Platónico y Socrático; es inductivo y deductivo; es analítico y sintético. Tomó lo mejor que encontró en aquellos que le precedieron, separando la paja del grano, aprobando lo vierto, rechazando lo falso. Su poder de síntesis era extraordinario. Ningún escritor le superó en la facultad de expresar en pocas, pero bien escogidas palabras la verdad recogida de una multitud de opiniones diversas y antagónicas; y en casi cada caso, el estudiante puede ver la verdad y quedarse perfectamente satisfecho con los sumarios y afirmaciones del santo. No es que quiera que sus estudiantes crean sin más la palabra del maestro. En filosofía, los argumentos basados en la autoridad son de importancia secundaria; la filosofía no consiste en saber lo que han dicho los hombres, sino en saber la verdad (In I lib. de Coelo, lect xxii; II Sent., D. xiv, a. 2 ad lum). Le da el lugar que le corresponde a la razón en la teología (véase más adelante, Influencia de Santo Tomás), pero la mantiene dentro de sus propios límites. Contra los Tradicionalistas la Santa Sede ha declarado que el método de Santo Tomás y San Buenaventura no lleva al Racionalismo (Denzinger-Bannwart, n 1652). Aunque no fue tan original al investigar la naturaleza como Alberto Magno y Roger Bacon, era un adelantado a su tiempo en la ciencia, y muchas de sus opiniones son de valor científico incluso en el siglo veinte. Veamos por ejemplo, lo siguiente: "En la misma planta hay una virtud doble, activa y pasiva, aunque algunas veces la activa se encuentra en una y la pasiva en otra, así que una planta dícese ser masculina y la otra femenina" (3 Sent., D. III Q ii, a 1).
El estilo de Santo Tomás es un término medio, entre la ruda expresividad de algunos Escolásticos y la fastidiosa elegancia de Juan de Salisbury; es destacable por su exactitud, brevedad, y plenitud. El Papa Inocencio VI (citado en la Enc. "Aeterni Patris" de León XIII) declaró que con la excepción de los escritos canónicos, las obras de Santo Tomás superan a todas las demás en "exactitud en su expresión y veracidad en sus afirmaciones". (habet proprietatem verborum, modum dicendorum, veritatem sententiarum). Los grandes oradores, como Boussuet, Lacordaire, Monsabre, han estudiado su estilo, y han sido influenciados por él, pero no han sido capaces de reproducirlo. Lo mismo es cierto de los escritores teológicos. Cayetano conocía el estilo de Santo Tomás mejor que ninguno de sus discípulos, pero éste no alcanza a su gran maestro en la claridad y exactitud de expresión, en la sobriedad y la solidez de sus juicios. Santo Tomás no logró esta perfección sin esfuerzo. Aunque era un genio singular, también era un trabajador infatigable, que con la práctica continua alcanzó el singular grado de perfección en el arte de escribir, en la que el "arte" desaparece. "El manuscrito del autor de la Summa Contra Gentiles existe todavía casi en su totalidad. Se encuentra en la Biblioteca Vaticana. El manuscrito es de tiras de pergamino de diversos matices de color, cubiertos por una antigua tapa también de pergamino a la que las páginas iban cosidas originalmente. La escritura es a dos columnas y difícil de descifrar, llena de abreviaturas, a menudo convirtiéndose en una especie de taquigrafía. Muchos pasajes están tachados." (Rickaby, op. cit., prefacio, ver Ucelli ed., "Sum. coat. gent." Roma, 1878).

III. INFLUENCIAS RECIBIDAS POR SANTO TOMÁS
¿Cómo se formó este genio? Las causas que ejercieron su influencia en Santo Tomás fueron de dos clases, naturales y sobrenaturales.
A. Causas Naturales
(1) Como fundamento, "era un niño listo, y había recibido un buen corazón" (Sabiduría, 8, 19). Desde el principio se manifestó su precocidad, talento y carácter pensativo, siempre por delante de su edad.
(2) Su educación fue tal que se podían esperan grandes cosas de él. Su formación en Monte Casino, Nápoles, París y Colonia fue la mejor que el siglo 13 podía ofrecer, siendo ese siglo la edad dorada de la educación. Es evidente que ofreció excelentes oportunidades para formar grandes filósofos y teólogos, como prueba recordemos el carácter de los contemporáneos de Santo Tomás , Alejandro de Hales, Alberto Magno, San Buenaventura, San Raimundo de Peñafort, Roger Bacon, Hugo de S. Caro, Vicente de Beauvais, y muchos más. Esto demuestra que eran días de auténticos estudiosos y sabios. (véase Walsh, "The Thirteenth Greatest of Centuries" Nueva York, 1907). Los profesores de Santo Tomás fueron los de Monte Casino y Nápoles, pero entre ellos destaca Alberto Magno, con el que estudió en París y Colonia.
(3) Los libros que más le influyeron fueron la Biblia, los Decretos de los concilios y los Papas, las obras de los Padres, griegos y latinos, especialmente San Agustín, las "Sentencias" de Pedro Lombardo, los escritos de los filósofos, especialmente de Platón, Aristóteles y Boecio. Si de entre ellos destaca alguno, son sin duda Aristóteles, San Agustín y Pedro Lombardo. En otro sentido, sus escritos fueron influenciados por Averroes, el principal oponente a combatir para defender al auténtico Aristóteles.
(4) Recordemos que Santo Tomás poseía la bendición de una extraordinaria memoria y gran poder retentivo. El P. Daniel d'Agusta una vez le insistió para que dijera cuál consideraba la mayor gracia que había recibido, exceptuando, naturalmente la gracia santificante. "Creo que haber entendido todo aquello que he leído", contestó Santo Tomás. San Antonino declaró que "recordaba todo lo que leía y que su mente era como una enorme biblioteca" (ver Drane op. cit., p. 427; Vaughan op. cit., II p 567). La relación de los textos bíblicos citados en la Summa Theologica llena ochenta columnas con letra pequeña en la edición de Migne, y muchos suponen no sin razón que se había aprendido de memoria la Biblia entera mientras estaba en la cárcel en el Castillo de San Giovanni. Como Santo Domingo, amaba de manera especial las Epístolas de san Pablo, de las que escribió comentarios (edición en 2 volúmenes de Torino, 1891).
(5) Un profundo respeto por la Fe, transmitida por la Tradición, caracteriza toda su obra. La práctica de la Iglesia (consuetudo ecclesiae) debe prevalecer sobre la autoridad de cualquier doctor (II-II Q x a 12). En la "Summa" cita 19 concilios, 41 Papas y 52 Padres de la Iglesia. Un somero conocimiento de su obra mostrará que entre los Padres, su favorito era San Agustín (sobre los Padres Griegos, ver Vaughan op. cit., II cc iii sqq).
(6) Como San Agustín, (II De doctr. Christ. c. xl), Santo Tomás mantenía que debemos tomar lo que haya de verdad de las obras de los filósofos paganos, en calidad de "injustos poseedores" y adaptarlo a las enseñanzas de la religión verdadera (Summa Theologica I, Q. lxxxiv a 5). Solo en la "Summa" cita de las obras de 46 filósofos y poetas, siendo sus autores favoritos Aristóteles, Platón y entre los autores cristianos, Boecio. De Aristóteles, aprendió ese amor por el orden y la exactitud de expresión que caracteriza su propia obra. De Boecio aprendió que se podían usar los escritos de Aristóteles sin causar detrimento al Cristianismo. Sin embargo, no siguió el vano intento de Boecio de reconciliar a Platón con Aristóteles. En general, el Estagirita fue su maestro, pera la elevación y grandeza de los conceptos de Santo Tomás y la majestuosa dignidad de su método hablan con gran fuerza del sublime Platón.
B. Causas Sobrenaturales
Incluso si no aceptamos literalmente la declaración de Juan XXII de que Santo Tomás realizó tantos milagros como artículos hay en la "Summa", hemos de buscar más allá de las causas naturales para intentar explicar su extraordinaria carrera y maravillosos escritos.
(1) La pureza de mente y cuerpo contribuyen en gran medida a la claridad de visión (véase Santo Tomás , Comentarios sobre 1 Corintios, c.vii, Lección v). Mediante el don de la pureza, concedido milagrosamente en el episodio del cinturón místico, Dios hizo angélica la vida de Tomás; la perspicacia y hondura de su intelecto, con la ayuda de la gracia, le hizo el "Doctor Angélico".
(2) El espíritu de oración, su gran piedad y devoción, atrajeron las bendiciones del cielo a sus estudios. Explicando por qué leía diariamente fragmentos de las "Conferencias" de Casiano, dijo: "En estas lecturas encuentro la devoción, mediante la cual asciendo rápidamente a la contemplación". (Prümmer, op. cit., p. 32). En la lectura del Oficio Divino correspondiente a su festividad, se dice que nunca empezaba a estudiar sin invocar la ayuda de Dios en oración; y que cuando luchaba por entender oscuros pasajes bíblicos, añadía el ayuno a la oración.
(3) Testimonios de quienes le conocieron en vida o escribieron en el momento de su canonización, demuestran que recibió ayuda celestial. Declaró al P. Reinaldo que había aprendido más en oración y contemplación que de hombres y libros (Prümmer, op. cit., p. 36). Los mismos autores cuentan sobre ciertos misteriosos visitantes que le animaban e iluminaban. Se le apareció la Santísima Virgen para asegurarle que sus escritos eran aceptables ante Dios, y que se le concedería perseverar en su santa vocación. San Pedro y San Pablo vinieron a ayudarle a interpretar un difícil pasaje de Isaías. Cuando su humildad le hizo considerarse indigno del doctorado, un venerable religioso de su orden, (se cree que fue Santo Domingo) se le apareció para animarle y sugerirle el texto de su discurso de apertura (Prümmer op. cit., 29, 37; Tocco en "Acta SS.", VII Mar.; Vaughan, op. cit., , II 91). Ya se han mencionado sus estados de éxtasis. Todos sus biógrafos relatan sus abstracciones en presencia del Rey Luis IX (San Luis) y de distinguidos personajes. De manera que incluso si admitimos un excesivo entusiasmo por parte de sus admiradores, hemos de concluir que su extraordinaria sabiduría no puede atribuirse meramente a causas naturales. Puede decirse que trabajó como si todo dependiera de sus propias fuerzas y oró como si todo dependiera de Dios.
IV. LA INFLUENCIA DE SANTO TOMÁS
A. Influencia en la Santidad
Los grandes Escolásticos eran hombres santos y sabios. Alejandro de Hales, San Alberto Magno, Santo Tomás y San Buenaventura demuestran que la sabiduría no seca necesariamente la devoción. El angélico Tomás y el seráfico Buenaventura representan los máximos ejemplos de la sabiduría Cristiana, combinando unos conocimientos eminentes con una santidad heroica. El Cardenal Bessarion llamó a Santo Tomás "el sabio más santo y el santo más sabio".En sus obras alienta el espíritu de Dios, una tierna e iluminada piedad, basada en sólidos cimientos, es decir, en el conocimiento de Dios, de Cristo y del hombre. La Summa Theologica es un manual de piedad así como un texto teológico. (Ver Drane op. cit., p. 446). San Francisco de Sales, San Felipe Neri, San Carlos Borromeo, San Vicente Ferrer, San Pío V, San Antonino continuamente estudiaban a Santo Tomás . Nada más inspirado que sus tratados sobre Cristo, en su Sagrada Humanidad, en su Vida y sufrimientos. Su tratado sobre los sacramentos, especialmente los de la Penitencia y la Eucaristía, son capaces de derretir los corazones más endurecidos. Se esfuerza por explicar los diversos ritos de la Misa ("De Ritu Eucharistiae" en Summa Theologica III Q lxxxiii). Ningún autor ha expuesto con mayor claridad los efectos que produce en el alma humana este Pan celestial (ibid. Q lxxix). La Comunión frecuente, recomendada recientemente por Pío X ("Sacra Trid. Synodus", 1905) se encuentran ya en Santo Tomás (Q lxxix a. 8; Q lxxx a. 10), aunque no sea tan explícito sobre este tema como lo es con la Comunión de niños. En el Decreto "Quam singulari" (1910) el papa cita a Santo Tomás que enseña que cuando el niño comienza a tener uso de razón, para que pueda desarrollar la devoción al Santísimo Sacramento, se les puede permitir comulgar (Q lxxx a. 9 ad 3um). Los aspectos espirituales y devocionales de la teología de Santo Tomás han sido destacados por el P. Contenson, O.P., en su "Teología mentis et cordis". Se desarrollan más en a obra del P. Vallgornera O.P., en Teología Mystica D. Thomae", donde el autor conduce el alma a Dios a través de las vías purgativa, iluminativa y unitiva. La encíclica sobre el Espíritu Santo de León XIII se basa en gran medida en Santo Tomás , y los que han estudiado la "Prima Secundae" y la "Secunda Secundae" conocen cuán admirablemente el santo explica los dones y frutos del Espíritu Santo, así como las Bienaventuranzas y su relación con las diversas virtudes. Casi todos los buenos autores espirituales buscan en Santo Tomás las definiciones de las virtudes que ellos recomiendan.
B. Influencias en la Vida Intelectual
Desde los días de Aristóteles, probablemente nadie ha ejercido tan poderosa influencia en el mundo del pensamiento como Santo Tomás. Su autoridad fue grande durante su vida. Los Papas, las universidades, los studia de su Orden deseaban aprovecharse de su sabiduría y prudencia. Varias de sus principales obras fueron escritas por encargo y todos buscaban su opinión. En diversas ocasiones los doctores de París le sometieron sus disputas y quedaron agradecidos de poderse dirigir por su dictamen (Vaughan op. cit., II 1 p. 544). Sus principios, dados a conocer en sus escritos, continúan ejerciendo su influencia hasta el día de hoy. Este tema no puede ser considerado en todos sus aspectos, ni sería necesario hacerlo. Su influencia en temas puramente filosóficos se explica en obras sobre la historia de la filosofía. (Los teólogos que siguieron a Santo Tomás se mencionan en TOMISMO. Ver también ORDEN DE PREDICADORES II, A, 2, d) Su capital importancia e influencia puede explicarse si lo consideramos como el Aristóteles Cristiano, combinando en su persona lo mejor que el mundo ha conocido en filosofía y teología. Es en esta luz que León XIII le ha puesto como modelo en la famosa encíclica "Aeterni Patris". La obra de su vida puede resumirse en dos enunciados: estableció la verdadera relación entre Fe y Razón; sistematizó la teología.
(1) Fe y Razón
Los principios de Santo Tomás sobre la relación entre Fe y Razón se proclamaron solemnemente en el Concilio Vaticano. Los capítulos 2, 3 y 4 de la Constitución "Dei Filius" tienen un enorme parecido a los escritos del Doctor Angélico. En primer lugar, la sola razón no basta para guiar a los hombres: necesitan la Revelación; hemos de distinguir cuidadosamente las verdades conocidas por la razón de las verdades más elevadas (misterios) conocidas por la Revelación. En segundo lugar, la razón y la Revelación, aunque distintas, no se oponen entre sí. En tercer lugar, la Fe preserva la razón del error; la razón debe servir la causa de la Fe. Y en cuarto lugar, este servicio se realiza en tres formas:
- La razón debe preparar la mente humana para recibir la Fe demostrando las verdades que la Fe propone (praeambula fidei);
- La razón debe explicar y desarrollar las verdades de la Fe y exponerlas de forma científica;
- La razón debe defender las verdades reveladas por Dios Todopoderoso.
Esto es un desarrollo de la famosa frase de San Agustín (De Trin., XIV s i), en la que dice que el recto uso de la razón es "aquel que engendra...nutre, defiende y refuerza la Fe". Estos principios los propone Santo Tomás en muchos lugares, especialmente en "In Boethium d a Trin. Proem.", Q ii a. 1; "Sum. Cont. gent.", I cc I iii-ix; "Summa", I, Q. i aa. 1, 5, 8; Q xxxii, a. 1; Q I lxxxiv, a. 5. El servicio de Santo Tomás a la Fe lo resume León XIII en la encíclica "Aeterni Patris": "Ganó esta distinción por sí mismo: que él sólo combatió victoriosamente los errores de tiempos antiguos y dio armas invencibles para vencer cualquiera que en el futuro pudieran surgir. Distinguiendo con claridad, como debe ser, la razón y la fe, preservó y consideró los derechos de cada una, tanto así que la razón remontada en las alas de Tomás puede apenas elevarse más, mientras que la fe difícilmente puede esperar mayores o más potentes auxilios de la razón que los que ya ha obtenido por medio de Tomás". Santo Tomás no combatió enemigos imaginarios; atacaba adversarios vivos. Las obras de Aristóteles habían llegado a Francia en malas traducciones llenas de comentarios engañosos de filósofos judíos y musulmanes. Ello dio lugar a una ola de errores que tanto alarmaron las autoridades que la lectura de la Física y Metafísica de Aristóteles fue prohibida por Roberto de Courçon en 1210, siendo moderado el decreto por Gregorio IX en 1231. En la Universidad de París se introdujo subrepticiamente el espíritu insidioso de irreverencia y "Racionalismo", representado especialmente por Abelardo y Raimundo Lullus, quienes mantanían que la razón podía conocer y demostrar todas las cosas, incluso los misterios de la Fe. Averroes propagó doctrinas peligrosas, destacando dos perniciosos errores: el primero, que en filosofía y religión, siendo dos cosas diferentes, lo que es cierto en una puede ser erróneo en la otra; y el segundo, que todos los hombres tienen una sola alma. Averroes era llamado comúnmente "El Comentador", pero Santo Tomás dice que "era, más que un Peripatético, un corruptor de la filosofía Peripatética" (Opuse. De unit. Intell.). Aplicando un principio de San Agustín, (véase I Q lxxxiv, a. 5), siguiendo los pasos de Alejandro de Hales y Alberto Magno, Santo Tomás decidió tomar lo verdadero de los "injustos poseedores", para ponerlo al servicio de la religión revelada. Las objeciones contra Aristóteles cesarían si se conociese el verdadero Aristóteles; por eso su primer interés fue obtener una traducción nueva de las obras del gran filósofo. Había que purificar a Aristóteles, refutar los falsos comentaristas, de los que Averroes es el más influyente, por eso Santo Tomás continuamente se emplea en refutar sus falsas interpretaciones.
(2) La Teología Sistematizada
El próximo paso fue poner la razón al servicio de la Fe, dando forma científica a la doctrina Cristiana. La Escolástica no consiste, como algunos imaginan, en inútiles discusiones y sutilezas, sino en expresar la verdadera doctrina en lenguaje exacto, claro y conciso. En la encíclica ""Aeterni Patris", León XIII, citando a Sixto V (Bula "Triumphantis", de 1588) declara que mucho le debemos al uso recto de la filosofía por "esos nobles dones que hacen de la teología Escolástica tan formidable contra los enemigos de la verdad" porque "la inmediata coherencia entre causa y efecto, el orden y la disposición de un ejército disciplinado en la batalla, esas claras definiciones y distinciones, aquellos poderosos argumentos y agudas discusiones por las que la luz se distinguen de las tinieblas, lo verdadero de lo falso, exponen y desnudan las falsedades de los herejes envueltas en una nube de subterfugios y falacias". Cuando los grandes Escolásticos escribían, había luz donde antes había tinieblas, había orden donde antes prevalecía la confusión. La obra de San Anselmo y Pedro Lombardo, fue perfeccionada por los teólogos Escolásticos., Desde entonces, no se ha hecho ninguna mejora substancial en el plan y sistema de la teología, aunque el campo de la apologética de ha ensanchado, y la teología positiva ha cobrado mayor importancia.
C. Seguimiento de la Doctrina Tomista
Poco después de su muerte, los escritos de Santo Tomás eran universalmente estimados. Los Dominicos naturalmente fueron los primeros en seguir al Santo. El Capítulo General de París se 1279 prometió grandes penas para todo aquel que se atreviese a hablar irreverentemente de él o de sus obras. Los Capítulos de París de 1286, de Burdeos de 1287 y de Lucca de 1288, expresamente dispusieron que los frailes tenían que seguir la doctrina de Tomás, que en aquel momento no había sido canonizado (Const. Ord. Praed. N. 1130). La Universidad de París, coincidiendo con la muerte de Tomás, envió una misiva oficial de pésame al capítulo general de los Dominicos, diciendo que con los hermanos, la universidad expresaba su dolor por la pérdida de aquél que era como suyo propio por sus muchos títulos (véase el texto de la carta en Vaughan op. cit., II, p. 82). En la encíclica "Aeterni Patris", León XIII menciona las Universidades de París, Salamanca, Alcalá, Douai, Toulouse, Lovaina, Padua, Bolonia, Nápoles, Coimbra, como "las sedes del conocimiento humano donde Tomás reinaba supremo, y donde las mentes de todos, maestros y discípulos, disfrutaban de una maravillosa armonía bajo la tutela y autoridad del Doctor Angélico". A esta relación, podemos añadir Lima y Manila, Friburgo y Washington. Los seminarios y escuelas siguieron a las universidades. La "Summa" gradualmente sustituyó a las "Sentencias" como texto de teología. Las mentes se formaban según los principios de Santo Tomás; se convirtió en un gran maestro, ejerciendo una vasta influencia universal sobre las opiniones de los hombres y sus obras; porque incluso los que no adoptaban todas sus conclusiones, quedaban obligados a considerar sus opiniones. Se estima que se han escrito unos seis mil comentarios sobre la obra de Santo Tomás. Durante los últimos 600 años, se han publicado manuales de teología y filosofía, compuestos con la intención de impartir su enseñanza; traducciones, estudios o resúmenes (études), de partes de sus obras, y hasta hoy, su nombre se honra en todo el mundo (véase TOMISMO). En cada uno de los Concilios Generales que han tenido lugar después de su muerte, Santo Tomás siempre ha ocupado un lugar de honor. En el Concilio de Lyon su obra "Contra errores Graecorum" fue utilizado con gran efecto contra los Griegos. En disputas posteriores, antes y durante el Concilio de Florencia, Juan de Montenegro, el campeón de la ortodoxia Latina, encontró en Santo Tomás una fuente inagotable de argumentos irrefutables. El "Decretum pro Armenis" (Instrucción para los Armenios) emitido por la autoridad de ese concilio, está tomado casi literalmente de su tratado "De fidel articuli et septem sacramentis (véase Densinger-Bannwart n. 695). "En los Concilios de Lyon, Vienne, Florencia y el Vaticano", escribe León XIII (encíclica "Aeterni Patris"), "casi podríase decir que Tomás participó y presidió las deliberaciones y decretos de los Padres contendiendo contra los errores de los Griegos, herejes y Racionalistas, con una fuerza invencible y con los más felices resultados. Pero la mayor y más especial gloria de Tomás, que no comparte con ningún otro Doctor Católico, es que los Padres de Trento hicieron parte del orden del cónclave poner sobre el altar, junto al códice de las Sagradas Escrituras y los Decretos de los Sumos Pontífices, la Summa de Tomás de Aquino, para buscar consejo, razones e inspiración. Mayor influencia, nadie puede tener. Antes de concluir esta sección, debemos mencionar dos libros muy conocidos y apreciados, inspirados por y basados en los escritos de Santo Tomás. El Catecismo del Concilio de Trento, compuesto por discípulos del Doctor Angélico, es en realidad un compendio de su teología, presentada en forma apropiada para uso de los párrocos. La Divina Comedia de Dante se ha llamado "la Summa de Santo Tomás en verso", y los comentaristas hacen derivar las divisiones y descripciones de las virtudes y los vicios del gran poeta florentino a la "Secunda Secundae".
D. Aprecio de Santo Tomás
(1) En la Iglesia
La estima de que disfrutaba en vida no ha disminuido, sino aumentado, en el transcurso de los seis siglos transcurridos desde su muerte. El lugar que ocupa en la Iglesia lo explica el gran León XIII en la encíclica "Aeterni Patris", en la que recomienda el estudio de la filosofía escolástica: "Es sabido que casi todos los fundadores y legisladores de órdenes religiosas ordenaron a sus frailes estudiar y hacer suyas las enseñanzas de Santo Tomás... Además de la familia Dominica, que justamente reclama como suyo a éste gran maestro, los estatutos de los Benedictinos, Carmelitas, Agustinos, Jesuitas y muchos otros, dan testimonio de su acatamiento de esta ley." Entre los "muchos otros", Servitas, Pasionistas, Bernabitas y Sulpicianos se han dedicado de manera especial al estudio de Santo Tomás. Las principales universidades donde Santo Tomás brillaba como gran maestro han sido enumeradas más arriba. Los doctores parisinos le llamaban estrella del alba, sol luminoso, luz de la Iglesia entera. Esteban, Obispo de París, reprendiendo a aquellos que se atrevían a atacar la doctrina de aquel "excelentísimo Doctor, el bendito Tomás", le llama "la gran luminaria de la Iglesia Católica, la joya del sacerdocio, la flor de los doctores, el lustroso espejo de la Universidad de París" (Drane, op. cit., p. 431). En la antigua Universidad de Lovaina, los doctores tenían que descubrirse e inclinarse cuando pronunciaban el nombre de Tomás (Goudin, op. cit., p. 21).
"Los concilios ecuménicos, donde florecen las flores de todo el conocimiento terrenal, siempre han procurado de honrar de manera singular a Santo Tomás. (León XIII en la encíclica "Aeterni Patris"). Este tema ha sido tratado con detalle más arriba. El "Bullarium Ordinis Praedicatorum", publicado en 1729-39, cita 38 bulas en las que 18 soberanos pontífices alabaron y recomendaron la doctrina de Santo Tomás (véase también Vaughan op. cit., II, c, ii; Berthier op. cit., pp. 7 sqq). Estas aprobaciones las repite y renueva León XIII, que pone especial énfasis en "el destacado testimonio de Inocencio VI: 'Su enseñanza, por encima de todas, exceptuando sólo los cánones, posee tal elegancia en sus frases, un método en sus afirmaciones, una verdad en sus proposiciones, que aquellos que la siguen, nunca se desviarán del camino de la verdad, y el que se atreva a refutarla, siempre será sospechoso de error (ibid.) León XIII sobrepasó a sus predecesores en su admiración por Santo Tomás, y declaró que en sus obras se encuentra el remedio para los muchos males que afligen a nuestra sociedad. (véase Berthier, op. cit., , introducción). Las Encíclicas de ese ilustre Pontífice demuestran que había estudiado las obras del Doctor Angélico. Esto es evidente en las epístolas sobre el matrimonio Cristiano, la constitución Cristiana de los Estados, la condición de las clases trabajadoras, y el estudio de la Sagrada Escritura. El Papa Pío X, en varias Epístolas, por ejemplo en "Pascendi Dominici Gregis" (septiembre 1907), insiste en observar las recomendaciones de León XIII sobre el estudio de Santo Tomás. Intentar dar los nombres de los escritores católicos que han expresado su admiración por Santo Tomás sería una tarea imposible, porque la lista incluiría a casi todos los autores de filosofía o teología desde el siglo XIII, además de cientos de autores de otros temas. En los capítulos introductorios de todo buen comentario, encontramos alabanzas y elogios. Una relación incompleta de autores que han recogido estos testimonios la da el P. Berthier (op. cit., p. 22).
(2) Fuera de la Iglesia
(a) Antiescolásticos -- Algunas personas han sido y siguen siendo opuestos a todo lo que se llame Escolástica, que dicen es sinónimo de sutilezas e inútiles discusiones. Del prólogo de la "Summa" se desprende con claridad que Santo Tomás se oponía a todo lo superfluo y confuso en los estudios Escolásticos. Cuando se entiende lo que realmente significa la verdadera Escolástica, desaparecen las objeciones.
(b) Herejes y Cismáticos -- "Un último triunfo se reservaba para este hombre incomparable - el obligado homenaje, las alabanzas y la admiración incluso de los mismísimos enemigos de la palabra Católico" (León XIII, ibid.) La ortodoxia de Santo Tomás atrajo sobre sí mismo el odio de todos los Griegos opuestos a la unión con Roma. Los Griegos unidos, sin embargo, admira a Santo Tomás y estudian sus obras (véase más arriba, "Traducciones de la "Summa"). Los líderes de la revolución del siglo XVI honraron a Santo Tomás con sus ataques, en especial el mismo Lutero, con sus violentas invectivas contra el gran Doctor. Citando el alegato de Martín Bucer, "Quitad a Tomás y yo destruiré la Iglesia", León XIII (ibid.) comenta, "La esperanza era vana, pero el testimonio tiene su valor". Calo, Tocco, y otros biógrafos cuentan que Santo Tomás, viajando de Roma a Nápoles, convirtió a dos célebres rabinos Judíos que conoció en la casa de campo del Cardenal Richard. (Prümmer, op. cit., p. 33; Vaughan, op. cit., , I, p. 705). El Rabino Pablo de Burgos, en el siglo XV, se convirtió leyendo las obras de Santo Tomás. Teobaldo Thamer, discípulo de Melanchton, abjuró su herejía tras haber leído la "Summa" con el propósito de refutarla. El Calvinista Duperron se convirtió de manera similar, y llegó a ser Arzobispo de Sens y cardenal. (véase Conway op. cit., p. 96). Pasada la amargura del primer período de Protestantismo, los protestantes vieron la necesidad de conservar muchas partes de la filosofía y teología Católicas, y los que legaban a conocer a Santo Tomás no tenían más remedio que profesarle su admiración. Uberweg dice que "Elevó la Escolástica a su más alto grado de desarrollo, efectuando la más perfecta acomodación posible de la filosofía aristotélica a la ortodoxia eclesiástica" (op. cit., p 440). R. Seeberg, en la "New Schaff-Herzog Religious Encyclopedia" (New York, 1911) dedica 10 columnas a Santo Tomás, y dice que "en todo logró defender la doctrina de la Iglesia como creíble y razonable. (XI, p. 427). Durante muchos años, especialmente desde el tiempo de Pusey y Newman, Santo Tomás ha sido muy considerado en Oxford. Recientmente la "Summa Contra Gentiles" figura en la lista de temas que pueden ser ofrecidas por un candidato en las "final honour schools" de Litterae Humaniores de esa Universidad (cf. Walsh, op. cit., c. xvii). Durante varios años, el P. De Groot, O.P., ha sido profesor de filosofía Escolástica en la Universidad de Ámsterdam, y se han instituido cursos de filosofía Escolástica en algunas de las principales universidades no católicas de Estados Unidos. Los Anglicanos profesan una gran admiración por Santo Tomás. Alfred Mortimer, en el capítulo "The Study of Theology" de su obra titulada "Catholic Faith and Practice" (2 tomos, Nueva York, 1909), se queja de que el sacerdote o ministro inglés no tiene conocimientos científicos de la Reina de las Ciencias", y ofreciendo un remedio, afirma, "El esquema más simple y perfecto de la teología universal se encuentra en la Summa Theologica de Santo Tomás " (vol. II, pp. 454, 465).

V. SANTO TOMÁS Y EL PENSAMIENTO MODERNO
En el Syllabus de 1864 Pío IX condenó una afirmación que decía que los métodos y principios de los antiguos doctores escolásticos no se adaptaban a las necesidades de nuestro tiempo y al progreso científico (Denzinger-Bannwart, n. 1713). En la encíclica "Aeterni Patris", León XIII señala los beneficios que se derivan de "una reforma práctica de la filosofía, restaurando las reconocidas enseñanzas de Santo Tomás de Aquino". El Papa exhorta a los obispos a "restaurar la sabiduría áurea de Tomás y difundirla por todas partes en defensa y para mayor belleza de la Fe Católica, para el bien de la sociedad y para el avance de todas las ciencias. En las páginas de la Encíclica que preceden inmediatamente a esas palabras, explica por qué la enseñanza de Santo Tomás llevarían a tal deseable resultado: Santo Tomás es el gran maestro para explicar y defender la Fe, porque suya es "la sólida doctrina de los Padres y Escolásticos, que con tanta claridad y vigor demuestran los firmes fundamentos de la Fe, su origen Divino, su certera Verdad, los argumentos que la sostienen, los beneficios que ha dispensado a la humanidad, y su perfecto acuerdo con la razón de tal manera que satisface completamente las mentes abiertas a la persuasión, aunque estén indispuestas para ello". La carrera de Santo Tomás en sí misma hubiera justificado a León XIII cuando aseguró a los hombres del siglo XIX que la Iglesia Católica no se oponía al recto uso de la razón. También se destacan los aspectos sociológicos de Santo Tomás: "Las enseñanzas de Santo Tomás sobre el verdadero significado de la Libertad, que ahora se está convirtiendo en libertinaje, sobre el origen Divino de toda autoridad, sobre las Leyes y su fuerza, sobre el justo y paternal gobierno de los príncipes, sobre la obediencia a las máximas autoridades, sobre la mutua caridad fraterna -- en fin, sobre todos estos y otros temas, poseen una gran e invencible fuerza para conquistar y vencer aquellos principios del "nuevo orden" que hacen peligrar el pacífico orden de cosas y la seguridad pública" (ibid.). Loa males que afectan la sociedad moderna han sido señalados por el Papa en la epístola "Inescrutabili" del 21 de abril de 1878, y en la que versa sobre el Socialismo, Comunismo y Nihilismo. ("Las Grandes Encíclicas de León XIII", pp. 9 sqq.; 22 sqq.) De qué manera los principios del Doctor Angélico proveerán un remedio para estos males, se explica aquí de manera general, y de manera más particular en las epístolas sobre la constitución Cristiana de los estados, la libertad humana, los principales deberes de los cristianos como ciudadanos, y cobre las condiciones de las clases trabajadoras. (ibid., pp. 107, 135, 180, 208).
Es en relación a las ciencias, que algunos dudan de la actualidad de los escritos del Santo; se refieren a las ciencias físicas y experimentales, ya que en la metafísica, los escolásticos son reconocidos maestros. León XIII llama la atención a las siguientes verdades: (a) Los Escolásticos nunca se opusieron a la investigación. Sosteniendo como principio antropológico "que la inteligencia humana es llevada al conocimiento de las cosas sin cuerpo y materia sólo mediante las cosas sensibles, entendieron bien que nada era más útil a un filósofo que la indagación diligente en los misterios de la naturaleza, y la constancia en el estudio de los fenómenos físicos" (ibid. p. 55). Este principio se llevaba a la práctica: Santo Tomás, San Alberto Magno, Roger Bacon, y otros, "prestaron gran atención al conocimiento de la naturaleza" (ibid., p. 56). (b) La investigación sola no basta a la verdadera ciencia. "Cuando se establecen los hechos, es necesario aplicarnos al estudio de los objetos corpóreos, para indagar las leyes que les gobiernan y los principios de los que surgen su orden y unidad diversa" (p. 55) Pretenderán los científicos de hoy en día razonar o sintetizar mejor que Santo Tomás? León XIII recomienda el método y los principios del Santo: "Si algo es tratado con demasiada sutileza por los doctores escolásticos; si hay algo que no concuerda con los descubrimientos modernos, o en una palabra, es de alguna manera indemostrable, no se nos ocurriría proponerlo como ejemplo para nuestro tiempo" (p.56) De la misma manera que Santo Tomás en su día asistió a un movimiento hacia Aristóteles y la filosofía, incontrolable, pero susceptible de ser dirigido para servir a la causa de la verdad, León XIII, viendo en el mundo de su época, un espíritu de estudio e investigación que podía producir tanto bien como mal, no quiso ahogarlo, sino que se propuso presentar un moderador y maestro que pudiera guiarlo por los caminos de la Verdad.
Y ningún otro podía haberse escogido, más que Tomás de Aquino, el maestro de la mente clara, del análisis, de la síntesis, de la comprensión. Su paciencia extraordinaria y equidad al tratar con los filósofos equivocados, su aprobación de todo lo verdadero en sus escritos y su delicadeza en condenar sus falsedades, su claridad de visión al señalar la ruta hacia el conocimiento en todas sus ramas, su aptitud y precisión al expresar la Verdad -- estas cualidades le distinguen como un gran maestro no solo del siglo XIII, sino de todos los tiempos. Si alguien le considera demasiado sutil, es porque no saben lo claro, conciso y sencillo de sus definiciones y divisiones. Sus dos "Summae" son obras maestras de la pedagogía, y le otorgan el título de "el más grande de los maestros humanos". Incluso tuvo que lidiar con errores muy similares a los que hoy en día se encubren con los apelativos de filosofía o ciencia. El Racionalismo de Abelardo y otros, engendraron los luminosos y eternos principios sobre la verdadera relación entre fe y razón. El ontologismo fue sólidamente refutado por Santo Tomás casi seis siglos antes de Malebranche, Gioberti y Ubaghs (véase Summa Theologica I, Q lxxxiv, a, 5). La verdadera doctrina sobre los primeros principios y universalidades, dados por él y por otros escolásticos, es la mejor refutación a la crítica de Kant de las ideas metafísicas (véase por ejemplo, "Post. Analyt.", I, lect. Xix, "De ente et essentia", c, iv; Summa Theologica, I Q xvii, a. 3, corp. y ad 2um; Q lxxix, a. 3; Q lxxxiv, a. 5, a. 6, corp. y ad 1um, Q lxxxv, a. 2, ad 2um, a. 3, ad 1um, ad 4um. Véase en el índice a la "Summa", "Veritas", "Principium", "Universale"). El Panteísmo psicológico moderno no difiere substancialmente de la teoría de "una sola alma para todos los hombres" de Averroes (véase "De unit. Intell." Y Summa Theologica, I, Q lxxvi, a, 2; Q lxxix, a. 5). El error Modernista que distingue al Cristo de la Fe del Cristo de la Historia, tuvo su precursor en el principio Averroísta de que una cosa puede ser cierta en la filosofía y falso en la religión.
En la encíclica "Providentissimus Deus" (18 de noviembre de 1893) León XIII extrae de las obras de Santo Tomás los principios y sabias reglas de deben gobernar la crítica científica de la Sagrada Escritura. De la misma fuente, los escritores modernos han sacado principios muy útiles para la solución de problemas relacionados con el Espiritismo y el Hipnotismo. ¿Debemos concluir, entonces, que la obra de Santo Tomás, tal y como él la dejó, ofrece suficiente instrucción para los científicos, filósofos y teólogos de nuestros días? De ninguna manera. Vetera novis augere et perficere -- "Reforzar y completar lo Viejo con la ayuda de lo Nuevo" es el lema de la restauración propuesta por León XIII. Si Santo Tomás viviese hoy, adoptaría sin dudarlo todos los datos y hechos desvelados por las recientes investigaciones científicas e históricas, pero sopesando con esmero toda la evidencia ofrecida a favor de tales hechos. En nuestros días, una teología positiva es más necesaria que en el siglo XIII. León XIII defiende su validez en su Encíclica y su afirmación se confirma y renueva en la Epístola sobre el Modernismo de Pío X. Pero ambos pontífices declaran que la teología positiva no debe ser entronizada relegando un segundo plano la teología Escolástica. En la Encíclica "Pascendi", al ofrecer remedios contra al Modernismo, Pío X, siguiendo a su ilustre predecesor, pone en primer lugar "la filosofía Escolástica, especialmente como fue enseñada por Tomás de Aquino". Santo Tomás sigue siendo "El Ángel de las Escuelas".
D.J. KENNEDY

Transcrito por Kevin Cawley

Traducido por Rafael Corrales Pacheco


FUENTE: Enciclopedia Católica (http://ec.aciprensa.com/ )




LAS CINCO VIAS


Cinco vias de Santo Tomas
Explicación breve de las cinco vias para la demostración de la existencia de Dios según Santo Tomás.
La existencia” de Dios no pertenece “necesariamente” a la fe. A esta verdad puede acceder el hombre mediante su razón. Esto no quita que también esta verdad esté revelada (la encontramos en la Sagrada Escritura).

Por este motivo, el Concilio Vaticano I (1869-1870), definió contra el fideísmo y el agnosticismo la posibilidad universal de conocer a Dios, por medio de la sola razón natural (de aquí que esta verdad sea enumerada entre los “preámbulos de la fe”). De todos modos, como no todos los hombres llegan a este conocimiento por su razón (a causa de la debilidad que ha dejado en nuestra inteligencia el pecado original) hay una “necesidad moral” de que esta verdad sea revelada por Dios, para que lleguen a la misma todos los hombres, prontamente y sin mezcla de error.


Las pruebas más tradicionales para demostrar la existencia de Dios son estas cinco vías expuestas de modo magistral por Santo Tomás de Aquino (“Suma Teológica”, Prima pars, cuestión 2, artículo 3). Son éstas pruebas propiamente metafísicas. Estas vías son cinco argumentos a posteriori (a partir de las cosas más conocidas por el hombre) que demuestran la existencia de Dios; así, por ejemplo:

Primera Vía

La primera es la vía del movimiento: la realidad del cambio o del movimiento (en sentido aristotélico) exige necesariamente la existencia de un primer motor inmóvil, porque no es posible fundarse en una serie infinita de iniciadores del movimiento.


Segunda Vía

La segunda es la vía de las causas eficientes: puesto que las causas eficientes forman una sucesión y nada es causa eficiente de sí mismo, hay que afirmar la existencia de una primera causa.


Tercera Vía

La tercera es la vía de la contingencia y del ser necesario: como es un hecho que hay seres que existen y que podrían no existir, esto es, que son contingentes, es forzoso que exista un ser necesario, ya que, de otra forma, lo posible no sería más que posible.


Cuarta Vía

La cuarta es la vía de los grados de perfección: puesto que todas las cosas existen según grados (de bondad, verdad, etc.), debe también existir el ser que posee toda perfección en grado sumo, respecto del cual las demás se comparan y del cual participan.

Quinta Vía

La quinta es la vía teleológica o del orden y la finalidad: existe un diseño o un fin en el mundo, por lo que ha de existir un ser inteligente que haya pretendido la finalidad que se observa en todo el universo.


Existen otras vías a las que mejor corresponde llamar “argumentos complementarios”. Estas son:


1) La demostración por el consentimiento universal del género humano: todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan importante y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!


2) Por el deseo natural de la perfecta felicidad: consta con toda certeza que el corazón humano apetece la plena y perfecta felicidad con un deseo natural e innato; consta también con certeza que un deseo propiamente natural e innato no puede ser vano, o sea, no puede recaer sobre un objetivo o finalidad inexistente o de imposible adquisición; y consta, finalmente, que el corazón humano no puede encontrar su perfecta felicidad más que en la posesión de un Bien Infinito. Por tanto, existe el Bien Infinito al que llamamos Dios.


3) Por la existencia de la ley moral: existe una ley moral, absoluta, universal, inmutable, que prescribe el bien, prohibe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. Ahora bien, no puede haber ley sin legislador, como no puede haber efecto sin causa. Este legislador ha de ser, al igual que esa ley, absoluto, universal, inmutable, bueno y enemigo del mal. Esto es lo que denominamos Dios.


4) Por la existencia de los milagros: el milagro es, por definición, un hecho sorprendente que es realizado a pesar de las leyes de la naturaleza, ya sea suspendiéndolas o anulándolas en un momento dado. Ahora bien, es evidente que sólo aquel que domine y tenga poder absoluto sobre estas leyes puede suspenderlas o anularlas a su arbitrio. Por tanto, existe un Ser supremo que tiene ese poder soberano.


Es evidente que no he hecho más que exponer el núcleo central de todos estos argumentos. Para entenderlos bien y ver su fuerza probativa, es necesario estudiarlos en profundidad y con los textos completos. Estos textos puede Usted encontrarlos en:


-Santo Tomás, Suma Teológica, Primera parte, cuestión 2, artículo 3 (conviene leer también algún comentario; por ejemplo, R. Garrigou-Lagrange, “Dios, su existencia y su naturaleza”, Ed. Palabra, Madrid).


-Santo Tomás, Suma Contra Gentiles, libro I, capítulo 13.
De modo resumido y muy claro para quien no tiene mucha formación filosófica puede encontrarlo en el libro clásico de Hillaire, “La religión demostrada” (Barcelona 1955; hay numerosas ediciones); o: Antonio Royo Marín, “Dios y su obra” (Ed. BAC, Madrid 1963).


Estos argumentos, sin embargo, sólo nos llevan a conocer la existencia de Dios. Pero la naturaleza misma de Dios, su misterio íntimo, sólo es alcanzado por revelación del mismo Dios. Jesucristo es el revelador del Padre, es decir, del misterio íntimo de la Santísima Trinidad. Y esto sólo se alcanza recibiendo la fe, la cual nos viene por medio de la Iglesia fundada por Cristo.
FUENTE: Catholic.net 



Estructura de la Summa Theologiae

Según Sto. Tomás, la Teología es la ciencia que trata de Dios, tal como se da a conocer por la Revelación realizada en Cristo. A Dios se lo puede considerar en sí mismo, y también en relación con las creaturas, es decir, según que es principio y fin de las mismas, especialmente de la creatura racional. De ahí las tres grandes Partes de la Summa, que tratan:

Ia. Parte: De Dios. Aquí trata de tres temas: Dios Uno, Dios Trino, y la procesión de las creaturas a partir de Dios. Es decir, Dios en Sí mismo, y como principio del que proceden las creaturas.

IIa. Parte: Del movimiento de la creatura racional. hacia Dios. Es decir, Dios como fin al cual tienden las creaturas, especialmente las racionales. Es la parte moral de la Summa, donde se vale del esquema de la Ética de Aristóteles para vaciar en él, transfigurándolo, todo el contenido de la ética cristiana, centrada en el amor. Se subdivide en dos subpartes:

Ia - IIae, o sea, "Prima Secundae", primera parte de la segunda parte. Es lo que hoy llamaríamos "Moral fundamental". Trata de los fundamentos del orden moral, o sea, los actos humanos en general, y las definiciones generales de la virtud, el vicio, la ley, la gracia, el pecado, etc.

IIa - IIae, o sea, "Secunda Secundae", segunda parte de la segunda parte, es lo que hoy llamaríamos "Moral Especial", donde trata de los actos humanos en particular, es decir, las virtudes y los mandamientos en concreto.

IIIa. Parte: De Cristo, que, en cuanto hombre, es vía por la que nosotros tendemos hacia Dios. Cristo como Camino hacia nuestro fin que es Dios. Aquí está la Cristologia y Mariología, la Sacramentología, y la Escatología del Aquinate, si bien él sólo escribió hasta el sacramento de la penitencia, después de lo cual tuvo su famosa revelación que le impidió seguir escribiendo. El resto fue terminado por sus discípulos con pasajes de obras suyas anteriores.

Cada Parte se subdivide en Cuestiones, así, por ejemplo, la Prima Pars, en el primer apartado que trata de Dios Uno, tiene 26 Cuestiones, incluyendo la cuestión introductoria N1 1, sobre la ciencia teológica. Algunas de estas cuestiones: Si hay Dios, Sobre la simplicidad de Dios, Sobre la Perfección de Dios, Sobre la Bondad de Dios, Sobre la Infinidad de Dios, Sobre la Inmutabilidad de Dios, etc.

Y cada Cuestión se subdivide en Artículos, en los que se discuten los aspectos particulares de la cuestión general. Así , por ejemplo, la cuestión II, Si hay Dios, se dividen en tres artículos: Si la existencia de Dios es evidente, Si la existencia de Dios es demostrable, Si hay Dios. En este último artículo es que vienen las famosas "cinco vías".

A su vez, en cada Artículo podemos discernir las siguientes partes, que expresan la estructura de la "disputatio" escolástica:

1) El enunciado del problema, que empieza con la palabra latina "utrum..." ("si..."), por ejemplo, "Utrum Deum esse sit per se notum": Si es evidente que hay Dios.

2) Una serie de argumentos que apoyan la tesis contraria de la que Santo Tomás quiere defender, encabezados por la palabra "Videtur::" ("Parece que..."). En nuestro ejemplo: "Videtur quod Deum esse sit per se notum": Parece que la existencia de Dios es evidente. Siguen tres argumentos que intentan llegar a esa conclusión.

3) Un nuevo argumento o serie de argumentos en los que se apoya la tesis contraria, que será finalmente la de Santo Tomás, encabezados con la frase "Sed contra..." ("Pero contra esto, o por la contraria..."). Suele tratarse aquí de autoridades, o sea, citas bíblicas o patrísticas (sobre todo San Agustín y Dionisio), o, si viene al caso, de Aristóteles. En nuestro ejemplo, el "Sed contra" llega a la conclusion de que Dios no es evidente para nosotros en esta vida, por medio de un silogismo, una de cuyas premisas es una frase de la Metafísica, y la otra, un versículo del Salmo 52.

4) El cuerpo ("Corpus") del artículo, en el cual Santo Tomás da su argumentación principal y definitoria respecto del problema en cuestión, apoyando por lo general la afirmativa o la negativa, (la apoyada en el "Sed contra", contraria de la apoyada en el "Videtur", o, más raramente, dando la razón a cada una en un sentido diferente de la otra, por medio de una distinción. Comienza siempre con las palabras: "Respondeo dicendum quod...": (Respondo que debe decirse que...). Es una argumentación más extensa que las otras, donde Santo Tomás intenta llegar a las raíces mismas del problema.

5) Finalmente, la respuesta a los argumentos del "Videtur", que no pueden ser concluyentes desde se oponen a las autoridades expuestas en el "Sed Contra", y a la razón, que demuestra en el "Corpus" lo mismo que enseñan esas autoridades. Por tanto, hay que refutarlos, mostrando porqué no concluyen. Eso se hace tomándolos uno por uno en el mismo orden en que fueron propuestos, y aduciendo las distinciones necesarias. Cada respuesta es encabezada con las expresiones "Ad primum" (Al primer argumento..), "Ad secundum" (Al segundo argumento...), dicendum quod (hay que decir que...).

Por eso, cuando se cita la Summa, se sigue un método que consiste en indicar la parte, la cuestión, el artículo, y la parte del artículo. Por ejemplo:

I q. 14, a. 11, c. Quiere decir: Primera Parte, Cuestión 14, Artículo 11, Corpus.

Ia. IIae, q. 15, a. 2, ad 1um. Quiere decir: Primera parte de la Segunda Parte, Cuestión 15, Artículo 2, respuesta al primer argumento.

La Summa Theologiae consta de 512 cuestiones, 2.669 artículos, y cerca de 10.000 objeciones con sus respuestas. La finalidad de Santo Tomás al redactarla fue presentar a los estudiantes de Teología toda la doctrina sagrada de un modo ordenado y coherente, sin repeticiones fastidiosas, y reduciéndolo todo a lo esencial. De hecho, si bien la obra va inmensamente más allá de un simple manual para principiantes, no es en la Summa donde hay que buscar el pensamiento más profundo de Santo Tomás, sino en las Cuestiones Disputadas, donde no escribe para estudiantes, sino para profesores, y en vez de apuntar a la síntesis y a la brevedad, apunta a agotar en lo posible los temas. Así, mientras que en la Summa por lo general hay 3 o 4 argumentos en el "Videtur" y 1 o 2 en el "Sed Contra", en las Cuestiones Disputadas suele haber 13 o 15 o más argumentos de cada lado. Pero donde la Summa Theologiae representa una cumbre inigualada en la obra de Santo Tomás y de todo el pensamiento cristiano es en la grandiosa capacidad de síntesis y organización lógica del inmenso material de la Teología, que por momentos asombra por la precisión, la claridad, la sencillez, la concisión, el orden inigualables, fruto de una inteligencia genial en lo humano y santa en lo cristiano, providencialmente adornada por Dios con dones extraordinarios de naturaleza y de gracia. Santo Tomás escribió la Prima Pars de la Summa durante su estancia en Roma y Viterbo, entre los años 1.266 y 1.268.


Doctoris Angelici
San Pío X. Sobre el estudio de la doctrina de Santo Tomás de Aquino. 29 de junio de 1914
Doctoris Angelici
(Motu Proprio)
San Pío X
SOBRE EL ESTUDIO DE LA DOCTRINA DE
SANTO TOMÁS DE AQUINO


La filosofía escolástica, base de los estudios sagrados

Ningún católico sincero puede poner en duda la siguiente afirmación del Doctor Angélico: Reglamentar el estudio compete, de modo particular, a la autoridad de la Sede Apostólica que gobierna a la Iglesia universal, y a ello provee por medio de un plan general de estudios[i]. En varias ocasiones hemos cumplido con este magno deber de Nuestro oficio, principalmente cuando en nuestra carta Sacrorum antistitum, del 1 de septiembre de 1910, nos dirigíamos a todos los Obispos y a los Superiores de las Ordenes Religiosas, que tienen el deber de atender a la educación de los seminaristas, y les advertíamos: «Por lo que se refiere a los estudios, queremos y mandamos taxativamente que como fundamento de los estudios sagrados se ponga la filosofía escolástica... Es importante notar que, al prescribir que se siga la filosofía escolástica, Nos referimos principalmente a la que enseñó Santo Tomás de Aquino: todo lo que Nuestro Predecesor decretó acerca de la misma, queremos que siga en vigor y, por si fuera necesario, lo repetimos y lo confirmamos, y mandamos que se observe estrictamente por todos. Los Obispos deberán, en el caso de que esto se hubiese descuidado en los Seminarios, urgir y exigir que de ahora en adelante se observe. Igual mandamos a los Superiores de las Ordenes Religiosas».


Nos referimos a los principios de Santo Tomás

Como habíamos dicho que había que seguir principalmente la filosofía de Santo Tomás, y no dijimos únicamente, algunos creyeron cumplir con Nuestro deseo, o al menos creyeron no ir contra este deseo Nuestro, enseñando la filosofía de cualquiera de los Doctores escolásticos, aunque fuera opuesta a los principios de Santo Tomás. Pero se equivocan plenamente. Está claro que, al establecer como principal guía de la filosofía escolástica a Santo Tomás, nos referimos de modo especial a sus principios, en los que esa filosofía se apoya. No se puede admitir la opinión de algunos ya antiguos, según la cual es indiferente, para la verdad de la Fe, lo que cada cual piense sobre las cosas creadas, con tal que la idea que tenga de Dios sea correcta, ya que un conocimiento erróneo acerca de la naturaleza de las cosas lleva aun falso conocimiento de Dios; por eso se deben conservar santa e invioladamente los principios filosóficos establecidos por Santo Tomás, a partir de los cuales se aprende la ciencia de las cosas creadas de manera congruente con la Fe[ii], se refutan los errores de cualquier época, se puede distinguir con certeza lo que sólo a Dios pertenece y no se puede atribuir a nadie más[iii], se ilustra con toda claridad tanto la diversidad como la analogía que existen entre Dios y sus obras. El Concilio Lateranense IV expresaba así esta diversidad y esta analogía: «mientras más semejanza se afirme entre el Creador y la criatura, más se ha de afirmar la desemejanza»[iv].


Estos principios son como el fundamento de toda ciencia

Por lo demás, hablando en general, estos principios de Santo Tomás no encierran otra cosa más que lo que ya habían descubierto los más importantes filósofos y Doctores de la Iglesia, meditando y argumentando sobre el conocimiento humano, sobre la naturaleza de Dios y de las cosas, sobre el orden moral y la consecución del fin último. Con un ingenio casi angélico, desarrolló y acrecentó toda esta cantidad de sabiduría recibida de los que le habían precedido, la empleó para presentar la doctrina sagrada a la mente humana, para ilustrarla y para darle firmeza[v]; por eso, la sana razón no puede dejar de tenerla en cuenta, y la Religión no puede consentir que se la menosprecie. Tanto más cuanto que si la verdad católica se ve privada de la valiosa ayuda que le prestan estos principios, no podrá ser defendido buscando, en vano, elementos en esa otra filosofía que comparte, o al menos no rechaza los principios en que se apoyan el Materialismo, el Monismo, el Panteismo, el Socialismo y las diversas clases de Modernismo. Los puntos más importantes de la filosofía de Santo Tomás, no deben ser considerados como algo opinable, que se pueda discutir, sino que son como los fundamentos en los que se asienta toda la ciencia de lo natural y de lo divino. Si se rechazan estos fundamentos o se los pervierte, se seguirá necesariamente que quienes estudian las ciencias sagradas ni siquiera podrán captar el significado de las palabras con las que el magisterio de la Iglesia expone los dogmas revelados por Dios.

Por esto quisimos advertir a quienes se dedican a enseñar la filosofía y la sagrada teología, que si se apartan de las huellas de Santo Tomás, principalmente en cuestiones de metafísica, no será sin graves daños.


Este es Nuestro pensamiento:

Pero ahora decimos, además, que no sólo no siguen a Santo Tomás, sino que se apartan totalmente de este Santo Doctor quienes interpretan torcidamente o contradicen los más importantes principios y afirmaciones de su filosofía. Si alguna vez Nos o Nuestros antecesores hemos aprobado con particulares alabanzas la doctrina de un autor o de un Santo, si además hemos aconsejado que se divulgue y se defienda esta doctrina, es porque se ha comprobado que está de acuerdo con los principios de Santo Tomás o que no los contradice en absoluto.

Hemos creído Nuestro deber Apostólico consignar y mandar todo esto, para que en asunto de tanta importancia, todas las personas que pertenecen tanto al Clero regular como secular consideren seriamente cuál es Nuestro pensamiento y para que lo lleven a la práctica con decisión y diligencia. Pondrán en esto un particular empeño los profesores de filosofía cristiana y de sagrada teología, que deben tener siempre presente que no se les ha dado la facultad de enseñar para que expongan a sus alumnos las opiniones personales que tengan acerca de su asignatura, sino para que expongan las doctrinas plenamente aprobadas por la Iglesia.

Concretamente, en lo que se refiere a la sagrada teología, es Nuestro deseo que su estudio se lleve a cabo siempre a la luz de la filosofía que hemos citado; en los Seminarios, con profesores competentes, se podrán utilizar libros de autores que expongan de manera resumida las doctrinas tomadas de Santo Tomás; estos libros, cuando están bien hechos, resultan muy útiles.


Utilizar el texto de la «Summa Theologica»

Pero cuando se trate de estudiar más profundamente esta disciplina, como se debe hacer en las Universidades, en los Ateneos y en todos los Seminarios e Institutos que tienen la facultad de conferir grados académicos, es absolutamente necesario -según se ha hecho siempre y nunca se ha debido dejar de hacer- que las clases se expliquen con la propia Summa Theologica: los comentarios a este libro harán que se comprendan con mayor facilidad y que reciban mejor luz los decretos y los documentos que la Iglesia docente publica. Ningún Concilio celebrado posteriormente a la santa muerte de este Doctor, ha dejado de utilizar su doctrina. La experiencia de tantos siglos pone de manifiesto la verdad de lo que afirmaba Nuestro Predecesor Juan XXII: «(Santo Tomás) dio más luz a la Iglesia que todos los demás Doctores: con sus libros un hombre aprovecha más en un año, que con la doctrina de otros en toda su vida»[vi]. San Pío V volvió a afirmar esto mismo al declarar Doctor de la Iglesia universal a Santo Tomás en el día de su fiesta: «La providencia de Dios omnipotente ha querido que, desde que el Doctor Angélico fue incluido en el elenco de los Santos, por medio de la seguridad y la verdad de su doctrina se hicieran desaparecer desarticuladas y confundidas muchas de las herejías que surgieron, como se ha podido comprobar ya de antiguo y, recientemente, en el Concilio de Trento; por eso establecemos que su recuerdo sea venerado con mayor agradecimiento y piedad que hasta ahora, pues por sus méritos la tierra entera se ve continuamente libre de errores deletéreos»[vii].Y, por hacer referencia a otras alabanzas, entre otras muchas, que le han dedicado Nuestros Predecesores, traemos a colación gustosamente las de Benedicto XIV, llenas de encomio para todos los escritos de Santo Tomás, particularmente para la Summa Theologica: «Muchos Romanos Pontífices, predecesores Nuestros, honraron su doctrina (la de Santo Tomás), como hemos hecho Nos mismo en los diferentes libros que hemos escrito, después de estudiar y asimilar con ahínco la doctrina del Doctor Angélico, y siempre Nos hemos adherido gustosamente a ella, confesando con toda sencillez que si hay algo bueno en esos libros, no se debe de ningún modo a Nos, sino que se ha de atribuir al Maestro»[viii].

Así, pues «para que la genuina e íntegra doctrina de Santo Tomás florezca en la enseñanza, en lo cual tenemos gran empeño» y para que desparezca «la manera de enseñar que tiene como punto de apoyo la autoridad y el capricho de cada maestro» y que, por eso mismo, «tiene un fundamento inestable, que da origen a opiniones diversas y contradictorias... no sin grave daño para la ciencia cristiana»[ix], queremos, mandamos y preceptuamos que quienes acceden a la enseñanza de la sagrada teología en las Universidades, Liceos, Colegios, Seminarios, Institutos, que por indulto apostólico tengan la facultad de conferir grados académicos, utilicen como texto para sus lecciones la Summa Theologica de Santo Tomás, y que expongan las lecciones en lengua latina; y deberán llevar acabo esta tarea poniendo interés en que los oyentes se aficionen a este estudio.

Esto ya se hace en muchos Institutos, y es de alabar; también fue deseo de los Fundadores de las Ordenes Religiosas que en sus casas de formación así se hiciera, con la decidida aprobación de Nuestros Predecesores; y los hombres santos posteriores a Santo Tomás de Aquino no tuvieron otro supremo maestro en la doctrina sino a Tomás. De esta forma, y no de otra, no sólo se conseguirá restituir a la teología su primigenia categoría, sino que también a las demás disciplinas sagradas se les otorgará la importancia que cada una tiene y todas ellas reverdecerán.


Medidas disciplinares

Por todo ello, en lo sucesivo, no se concederá a ningún Instituto la facultad de conferir grados académicos en sagrada teología, si no se cumple fielmente lo que en esta carta hemos prescrito. Los Institutos o Facultades, las Ordenes y Congregaciones Religiosas, que ya tienen legítimamente esta facultad de otorgar grados académicos u otros títulos en teología, aunque sólo sea dentro de la propia institución, serán privados de esa facultad o la perderán si, en el plazo de tres años, no se acomodasen escrupulosamente a estas prescripciones Nuestras, aun cuando no puedan cumplir con ello sin ninguna culpa por su parte.

Establecemos todo esto, sin que nada obste en contrario.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, el día 29 de junio de 1914, año undécimo de Nuestro Pontificado

PIO PAPA X