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viernes, 30 de septiembre de 2011

LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS del R. P. Réginald Garrigou-Lagrange, O. P.

por Radio Cristiandad
 
LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS
R. P. Réginald Garrigou-Lagrange, O. P.



Comenzamos por gracia de Dios una nueva serie dentro de los escritos del P. Garrigou-Lagrange sobre la Providencia y la Confianza en Dios.
Esperamos que pueda ser capitalizado positivamente para nuestras almas.

EL ABANDONO EN LA PROVIDENCIA DIVINA

CAPÍTULO I

POR QUÉ Y EN QUÉ COSAS HEMOS
DE ABANDONARNOS EN MANOS DE DIOS
 
La doctrina del abandono en la divina Providencia, abiertamente contenida en el Evangelio, ha sido falseada por los quietistas, los cuales se entregaron a la pereza espiritual, dieron de mano a la lucha por la perfección redujeron gravemente el valor y la necesidad de la esperanza; ahora bien, el verdadero abandono es la forma más excelente de la confianza o esperanza en Dios.
Mas puede uno también apartarse de la doctrina del Evangelio incurriendo en el defecto contrario a la pereza quietista, que es la vana inquietud y la agitación.
En este particular, como en otras muchas cosas, la verdad es a manera de una cumbre que descuella entre dos posiciones extremas, que son los dos errores apuntados.
Importa, pues, precisar el sentido y el alcance de la verdadera doctrina del abandono en la voluntad de Dios, para evitar sofismas que corren con apariencia de perfección cristiana.
Veamos primero por qué y en qué cosas hemos de abandonarnos en manos de la Providencia. Después pasaremos a declarar cómo haya de ser el abandono y cuál sea el gobierno de la Providencia con los que a ella totalmente se entregan.
Serán, nuestros guías en la exposición de tan bella doctrina San Francisco de Sales (L’Amour de Dieu, l. 8, ch. 3; 4, 5, 6, 7, 14; l. 9, ch. 1. Cf. también Entretien 2, 15), Bossuet (Discours sur l’acte d’abandon à Dieu. —États d’oraison, 1. 8, 9), el P. Piny, O. P. (Le plus parfait, ou Des voies intérieures la plus glorifiante pour Dieu et la plus sanctifiante pour l’âme, publicado en 1683. Nueva ed. anotada por el P. Noel, O. P. París, Téqui. El autor prueba que en este camino es donde se ejercita la fe más viva, la esperanza más confiada, la caridad más pura, por lo que es muy conveniente para todas las almas interiores), y el P. de Caussade, S. J. (L’abandon á la Providence divine, nueva ed. aumentada con las cartas del mismo autor, revisada por el P. H. Ramiére, París, Lecoffre-Gabalda, 2 vol).

***
Por qué debemos abandonarnos en manos de la Providencia

A esta pregunta responderá cualquier cristiano: porque la Providencia es Sabiduría y Bondad.
Cierto; mas para bien comprenderlo, y a fin de evitar el error quietista, que renuncia a la esperanza y a la lucha necesaria para la salvación, y por no incurrir en el otro extremo, que consiste en la inquietud, en la precipitación y en la agitación febril y estéril, conviene enunciar cuatro principios, accesibles a la razón natural y llanamente contenidos en la Sagrada Escritura, los cuales, a la vez que declaran la verdadera doctrina, muestran también los motivos que nos han de resolver a abandonarnos en las manos de Dios.
El primero de ellos es: Nada sucede, que de toda eternidad no haya Dios previsto y querido, o por lo menos permitido.
Nada sucede, sea en el mundo material, sea en el espiritual, que Dios no haya previsto de toda la eternidad; porque Dios no pasa, como los hombres, de la ignorancia al conocimiento, ni saca enseñanza de los acontecimientos.
No sólo ha previsto cuanto sucede y ha de suceder, mas también ha querido cuanto de real y de bueno hay en las cosas, con excepción del mal, del desorden moral, que sólo permite con miras a bienes mayores.
La Sagrada Escritura, como arriba vimos, es categórica en este particular y no deja lugar a duda alguna, según lo han declarado los Concilios.
El segundo principio es: Dios no puede querer ni permitir cosa que no esté conforme con el fin que se propuso al crear, es decir, con la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones y con la gloria del Verbo encarnado, Jesucristo, su Unigénito.
Como dice San Pablo (I. Cor. 3, 23), “Todo es vuestro; vosotros, empero, sois de Cristo, y Cristo es de Dios: Omnia enim vestra sunt, vos autem Christi, Christus autem Dei“.
A estos dos principios se añade otro tercero, formulado asimismo por San Pablo (Rom. 8, 28): “Sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos que él llamó según su eterno decreto” y perseveran en su amor.
Dios hace que contribuyan al bien espiritual de sus almas, no sólo las gracias que les dispensa y los dones naturales que les concedió, mas también las enfermedades, las contradicciones, los fracasos, aun las mismas faltas, dice San Agustín, que permite para llevarlos al puro amor por el camino seguro de la verdadera humildad; como permitió la triple negación de Pedro para hacerle humilde y desconfiado de sí mismo, más valeroso y más confiado en la divina Misericordia.
Estos tres principios nos dicen en sustancia: “Que nada sucede que no haya Dios previsto o por lo menos permitido; que cuanto Dios quiere o permite es para la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones, para gloria de su Hijo y para bien de los que le aman.”
De aquí se desprende que nuestra confianza en la Providencia nunca pecará de excesivamente filial y firme; y aun podemos añadir que debe ser tan ciega como la fe, la cual versa sobre los misterios no evidentes, no vistos, fides est de non visis.
Sabemos con certeza que la divina Providencia dirige todas las cosas hacia el bien y estamos más seguros de la rectitud de sus designios que de la pureza de nuestras mejores intenciones. De donde al abandonarnos en manos de Dios, nada hay que temer, a no ser el defecto de sumisión.
El don de temor impide que la esperanza se torne en presunción, como la humildad evita que la magnanimidad degenere en orgullo. (Cf. Santo Tomás, IIa-IIæ, q. 19, a. 9 y 10; q. 160, a. 2; q. 161, a. 1; q. 129, a. 3 y 4). Son virtudes complementarias que se equilibran, se robustecen mutuamente y crecen juntas.
Pero las últimas palabras nos obligan a formular contra el quietismo otro principio, el cuarto, tan cierto como los anteriores: es evidente que el abandono a nadie exime de hacer lo posible por cumplir la voluntad de Dios significada en los mandamientos, en los consejos y en los sucesos; pero cuando realmente hayamos querido cumplirla todos los días, podemos y debemos abandonarnos en lo demás a la voluntad divina de beneplácito, por misteriosa que nos parezca, evitando la vana inquietud y la agitación (Cf. San Francisco de Sales, L’Amour de Dieu, l. 8, ch. 5; l. 9, ch. 1; ch. 2, ch. 3, ch. 4).
Bossuet, Etatt d’oration, l. 8, 9: “No habiendo lugar para la indiferencia cristiana en lo que se refiere a la voluntad significada, es preciso limitarla, como dice San Francisco de Sales, a ciertos acontecimientos dispuestos por la voluntad de beneplácito, cuyas órdenes soberanas deciden de las cosas que diariamente ocurren en la vida.”
Dom Vital Lehodey, Le Saint Abandon, París, 1919, p. 145: “El beneplácito divino es el objeto del abandono, y la voluntad significada, el de la obediencia.”
Formuló este cuarto principio de una manera equivalente el Concilio de Trento (sess. 6, c. 13) al decir que todos debemos esperar firmemente el socorro de Dios y confiar en El, esforzándonos por cumplir sus preceptos.
Ya lo dice el refrán popular: “Haz tu deber, venga lo que viniere.”
Todos los teólogos explican qué cosa sea la voluntad divina significada en los mandamientos, en el espíritu de los consejos y en los sucesos de la vida (Cf. Santo Tomás, I, q. 19, a. 11 y 12: De voluntate signi in Deo).
Hay acontecimientos muy significativos, como la muerte de una persona. También hay pecados, como observa Santo Tomas (ibid,), permitidos por Dios, ora sean faltas personales, como la triple negación de Pedro, permitida por Dios para asentarle en la humildad, ora faltas contra nosotros, como ciertas injusticias que Dios permite se nos infieran para nuestro provecho espiritual; de esta última, especie son, por ejemplo, las persecuciones contra la Iglesia.
Y los teólogos añaden que ajustando nuestra conducta a la voluntad significada de Dios (Cf. Santo Tomás, Ia-IIæ, q. 19, a. 10: Utrum necessarium sit voluntatem humanam conformari voluntanti divinae in volito ad hoc quod sit bona), debemos abandonarnos a la voluntad de beneplácito, por oculta que sea, como que estamos seguros de antemano que todas las cosas quiere o permite santamente para nuestro bien.
Es digna de notarse aquella sentencia del Evangelio de San Lucas (16, 10): “El que es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las grandes”; como hagamos cada día lo posible por ser fieles al Señor en las cosas ordinarias, podemos contar con su gracia para serle fieles en las circunstancias extraordinarias que por permisión divina sobrevinieren; si llegare el trance de padecer por él, estemos seguros que nos ha de dar la gracia de antes morir heroicamente que avergonzarnos y renegar de Él.
Tales son los principios de la doctrina del abandono.
Aceptados por todos los teólogos, constituyen en este particular la expresión de la fe cristiana.
Así, el equilibrio se halla por cima de los dos errores mencionados al principio del capítulo. Por la fidelidad al deber en todo momento se evita el falso y perezoso quietismo; y por el abandono se libra uno de la vana inquietud y de la estéril agitación.
El abandono sería pereza, de no ir acompañada de la cotidiana fidelidad, que es como el trampolín para lanzarse con seguridad hacia lo desconocido. La fidelidad cotidiana a la voluntad divina significada nos da derecho de abandonarnos plenamente en el porvenir a la voluntad divina de beneplácito, todavía no significada.
El alma fiel recuerda con frecuencia las palabras de Nuestro Señor: “Mi alimento es cumplir la voluntad de mi Padre”; también ella se alimenta constantemente de la voluntad divina significada.
A la manera del nadador que, apoyándose en la ola que pasa, se entrega a la que viene, al océano que parece quererle tragar, pero que en realidad le va sosteniendo; así el alma debe hacerse a la mar, al océano infinito del ser, como decía San Juan Damasceno; apoyándose en la voluntad divina significada en el momento actual debe entregarse a la voluntad divina, de la cual dependen las horas siguientes y todo lo venidero.
Lo porvenir es de Dios; en su mano están todos los sucesos: de haber pasado una hora antes los mercaderes ismaelitas que compraron a José, no habría éste bajado a Egipto, y otro habría sido el rumbo de su vida; también la nuestra depende de ciertos acontecimientos que están en las manos de Dios, dan equilibrio, estabilidad y armonía a la vida de Dios.
La fidelidad cotidiana y el abandono en las manos espiritual. Es la manera de vivir en recogimiento casi continuo y en abnegación progresiva, que son las condiciones ordinarias de la contemplación y de la unión con Dios. Por ello es necesario vivir en el abandono a la voluntad divina, todavía desconocida, alimentándonos en todo momento de la que ya conocemos.
La unión de la fidelidad con el abandono nos permite vislumbrar lo que será la unión de la ascética con la mística; la primera tiene por principal fundamento la conformidad con la voluntad divina, la segunda tiene su asiento en el abandono.
***

En qué cosas hayamos de hacer abandono en manos de la divina Providencia

Ajustada nuestra vida a los principios que acabamos de exponer, una vez cumplido cuanto nos ordena la ley de Dios y la prudencia cristiana, hemos de hacer abandono total en las manos de la divina Providencia.
¿Cómo se ha de entender esto? Significa primero que hemos de dejar a Dios el cuidado de nuestro porvenir, lo que haya de ser de nosotros mañana, dentro de veinte años y más tarde.
Hemos de poner asimismo en sus manos el momento presente, con las dificultades que quizá lo entenebrecen; y también nuestro pasado, es decir, nuestras acciones pasadas con sus consecuencias.
Cuanto atañe al cuerpo, como salud y enfermedad, y lo que se refiere al alma, como alegrías y trabajos, todo se ha de entregar confiadamente a la solicitud paternal del Señor. Hasta el juicio benévolo o maligno de los hombres hemos de descuidar en manos de la divina Providencia.
“Si Dios está por nosotros, dice San Pablo (Rom. 8, 31-39), ¿quién contra nosotros? El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo después de habérnosle dado dejará de darnos cualquiera otra cosa?… ¿Quién podrá, pues, separarnos del amor de Cristo? ¿Acaso la tribulación o la angustia? ¿Por ventura la persecución, o el hambre, o la desnudez? ¿Quizá el peligro o la espada?… Estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo venidero, ni lo alto, ni lo profundo, ni otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, que se funda en Cristo Jesús, Señor Nuestro.”
¿Puede darse abandono más perfecto en la fe, en la esperanza y en la caridad? Abandono en lo que mira a las vicisitudes del mundo, en lo que toca a la vida y a la muerte, a la hora de salir de este mundo y a la manera violenta o dulce de rendir el último aliento.
En los mismos sentimientos abundan los Salmos: “Temed al Señor, vosotros sus santos; nada falta a los que le temen. Los leoncillos podrán sentir penuria y tener hambre; mas quienes buscan al Señor no padecen privaciones de bien alguno.” (Ps. 33, 10). “¡Cuán grande es tu bien, Señor, el que guardas para quienes te temen y muestras a los que en tí confían!… Tú los defiendes de las vejaciones de los hombres, los pones a cubierto de la maledicencia de las lenguas” (Ps. 30, 20-21).
Y Job, en medio de sus lamentaciones, decía: “Rodeado me veo de escarnecedores, mis ojos se abren sólo para ver sus ultrajes. Oh Dios, sal fiador de mí ante ti mismo. ¿Quién otro querría tenderme la mano?” (Job 17, 21).
Refiérese en el Libro de Daniel (13, 42) que una mujer temerosa de Dios, llamada Susana, hija de Helcías, odiosamente calumniada por dos viejos lascivos, se abandonó en manos del Señor, exclamando: “Oh Dios eterno, que conoces las cosas ocultas, que lo sabes todo aun antes que suceda, tú sabes que éstos han levantado contra mí un falso testimonio; y he aquí que voy a morir sin haber hecho nada de lo que han inventado maliciosamente contra mí.”
Y el Señor escuchó la súplica de aquella noble mujer, como se refiere en el mismo Libro. Cuando era llevada a la muerte, Dios despertó el espíritu de un mancebo, llamado Daniel, el cual exclamó en alta voz: “Inocente soy de la sangre de esta mujer”. Volvióse hacia él todo el pueblo y le preguntó: “¿Qué es lo que dices?” Entonces el joven Daniel, inspirado por Dios, puso de manifiesto la falsedad del testimonio de los acusadores; porque interrogados por separado ante la multitud, como se contradijesen, manifestaron, sin quererlo, que habían mentido.

***

De lo expuesto se desprende que, de hacer lo que está de nuestra parte para cumplir nuestros deberes cotidianos, podemos en lo demás abandonarnos con filial confianza en manos de la divina Providencia. Y como realmente procuremos ser fieles en las cosas pequeñas, en la práctica de la humildad, de la dulzura y de la paciencia, en las cosas ordinarias de cada día, el Señor nos dispensará su gracia para serle fieles en las cosas grandes y difíciles que tenga a bien exigirnos; y en las circunstancias extraordinarias otorgará gracias también extraordinarias a los que le busquen.
Léese en el Salmo 54, 23: “Jacta super Dominum curam tuam, et ipse te enutriet; Abandónate en manos de Dios, que él cuidará de ti; no dejará jamás sucumbir al justo… Mas yo pondré mi confianza en ti.”
Con estos mismos sentimientos escribe San Pablo (Philipp. 4,): “Alegraos siempre en el Señor; alegraos repito. Sea patente vuestra modestia a todos los hombres; que cerca está el Señor. No os inquietéis por cosa alguna; mas en todo presentad a Dios vuestras necesidades por medio de oraciones y súplicas, junto con acciones de gracias. La paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, sea la guardia de vuestros corazones y de vuestros sentimientos en Jesucristo.”
Y San Pedro, exhortando a la confianza, dice en su Primera Carta (5, 6): “Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que os exalte al tiempo de su visita; descargad en su seno todas vuestras cuitas, pues él tiene cuidado de vosotros. Sed sobrios y estad en vela; porque vuestro enemigo el demonio anda girando cual león rugiente alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que la misma tribulación padecen vuestros hermanos, dispersos por el mundo. Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria por Jesucristo, después de haber padecido un poco, él mismo acabará su obra, os hará firmes, fuertes e inconmovibles,”
“Beati omnes qui confidunt in Domino: Dichosos los que ponen su confianza en Dios”, dice el Salmista (12, 13).
“Los que tienen puesta en el Señor su esperanza, dice Isaías (40, 31), adquirirán nuevas fuerzas, alzarán el vuelo como águilas, correrán sin fatigarse, andarán sin desfallecer.”
Tenemos en San José el modelo perfecto de espíritu de abandono en la Providencia en cuantas dificultades se le ofrecieron: en el trance embarazoso del nacimiento del Salvador en Belén; cuando sonó en sus oídos la dolorosa profecía del anciano Simeón; cuando hubo de refugiarse en Egipto huyendo de la persecución de Herodes, hasta su regreso a Nazaret.
Vivamos a ejemplo suyo fieles en la práctica de los deberes cotidianos, y nunca nos faltará la divina gracia, con cuyo auxilio cumpliremos siempre cuanto Dios exija de nosotros, por arduo que en ciertas ocasiones ello nos parezca.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Doctrina Católica sobre el Limbo

Doctrina Católica sobre el Limbo




Por el R. P. Jerónimo Gervasi

Revista “Iesus Christus” Nº 108
Noviembre/Diciembre de 2006

Como es sabido, de un tiempo a esta parte se ha puesto sobre el tapete de las discusiones teológicas la existencia del limbo de los niños. Esto, si se lo considera bien, no consiste en otro ejercicio que sacar de los textos conciliares –que en esto, como ya se supo decir, son bombas de efecto retardado– las consecuencias lógicas y necesarias.


Lo que más nos llama la atención en alguna que otra referencia hecha sobre este tema por medio de la prensa, es oír decir por parte de ciertos especialistas frases tales como “esta teoría está hoy en crisis”, sugiriendo así que el Limbo, en realidad, nunca ha dejado de ser un postulado de teología ficción; o bien, “los teólogos ahora piensan que”, como si no hubiesen enseñanzas que forman parte del patrimonio teológico de la Iglesia, y que no pueden abandonarse sin, al mismo tiempo, negar otras verdades, muchas de ellas igual o aún más ciertas que el Limbo mismo, y con ello, ponerlo todo en tela de juicio.



Por eso es importante conocer claramente qué es lo que la Iglesia siempre, constantemente y en todas partes ha enseñado sobre esta materia, de modo que nadie sea ni sorprendido ni engañado prestando oídos a lo que ya San Pablo llamaba «profanas y vanas palabrerías, y argumentos de la falsamente llamada ciencia» (Timoteo 6, 20).


Presupuestos


No se puede hablar del Limbo sin antes ilustrar el tema con algunas nociones previas. La primera de todas ellas es, sin duda, la que se refiere a la naturaleza misma del orden sobrenatural.


Dios elevó gratuitamente al hombre a un estado sobrenatural. Como tal, alcanzar ese estado está absolutamente fuera de las exigencias, posibilidades o alcances de la naturaleza humana. Sin embargo, Dios dio al hombre el medio para pasar de un estado al otro: la gracia santificante.


Según el primer plan de Dios, el hombre debía transmitir a sus descendientes, en el mismo acto que comunica la vida, la vida natural y la vida sobrenatural: naturaleza humana y gracia santificante. Ahora bien, por el pecado original, no sólo la naturaleza del hombre quedó deformada –su inteligencia, sujeta a error; su voluntad, proclive al mal; sus pasiones, desordenadas–, sino que perdió también los llamados dones preternaturales, la gracia santificante y la posibilidad de transmitirla, aunque la recuperase, a su descendencia por y en el acto generador.


Así, pues, desde Abel en adelante, ningún hombre –excepto la Santísima Virgen María– es concebido en el seno materno con la gracia santificante.


Realidad del Limbo


Con la palabra “Limbo” se designa el lugar o estado de las almas de los que mueren con sólo el pecado original.


Tales almas:




  1. privadas de la gracia, no pueden entrar al cielo;
  2. carentes de pecados graves personales, porque nunca tuvieron uso de razón, no pueden ir al infierno de los condenados;
  3. tampoco al Purgatorio, porque allí se limpian las almas antes de entrar al cielo, lo cual supone la posesión de la gracia;
  4. tampoco pueden ir al “seno de Abraham” o “limbo de los padres”, que era donde estaban las almas de los salvados antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo, y que después quedó vacío;
  5. luego, tiene que haber un quinto lugar para ellas, y ese es, en efecto, el “limbo de los niños”.
La consecuencia, si se quiere, no puede ser más lógica.


Existencia del Purgatorio


Las Sagradas Escrituras, fuera de la idea del “seno de Abraham”, nada dicen al respecto. Los Santos Padres, acaso por el mismo silencio de la Escritura, no fueron más explícitos.


Las alusiones más tibias acerca de este tema van a aparecer recién en el siglo XI, más concretamente, en la profesión de fe de Miguel Paleólogo propuesta por el Papa Clemente IV y sometida después al Segundo Concilio de Lyon, y que habría de ser reproducida en el Concilio de Florencia, y en la carta “Nequaquam” de 1321 del Papa Juan XXII.


Cupo, en cambio, a los teólogos, desarrollar más propiamente la noción del Limbo un poco más adelante en el tiempo, arribando a la conclusión que afirma su existencia, pasando de allí en más a formar parte del complejo, y a la vez, armónico orden de la teología de la Iglesia.


Si así no fuera, un par de siglos más adelante –en 1794– Pío VI no hubiese condenado como falsa, temeraria e injuriosa la proposición de los herejes jansenistas que tenía por “fábula” la doctrina relativa al limbo.


En esta evolución doctrinal homogénea, se llegó a tal consenso teológico sobre el Limbo, que el Concilio Vaticano I (1869-1870) tenía previsto fijar un canon estableciendo que “los que mueren con sólo el pecado original se ven privados de la visión beatífica”, a diferencia de los que mueren en pecado mortal, que son atormentados con las penas del infierno.


En conclusión, pues, es cierto que el Limbo no es de fe católica porque nada ha sido definido; sin embargo, era tan cierta y común en teología, y constantemente afirmada, que en los liminares del Vaticano I era ya próxima a la fe. Y de hecho, si el Concilio no se hubiese interrumpido, el mencionado canon habría sido aprobado.


La población del Limbo


Por regla general se dice, y con razón, que el lugar en donde están las almas a las que nos estamos refiriendo se denomina “limbo” o “limbo de los niños” pues muy probablemente la mayoría de quienes estén en él sean, efectivamente, infantes.


Sin embargo, no están allí sólo los niños que murieron sin el bautismo, que es un sacramento de la nueva ley; además, se cuentan:



  • los niños muertos durante la antigua ley sin la circuncisión1;
  • los adultos perpetuamente dementes, insanos, que no pueden ser bautizados;
  • Los adultos que, por la causa que fuese, no hayan tenido el suficiente uso de razón para pecar mortalmente y no hayan sido bautizados.



Naturaleza del Limbo


Una de las cosas que a un católico más puede impresionar sobre el Limbo, es que las almas de los niños nunca podrán experimentar el gozo y la dicha de la visión beatífica. Más aún: sabiendo que el cielo existe y que no pueden acceder a él, ¿no sufrirán una inmensa tristeza por su suerte?


La teología nos enseña claramente que las almas de estos niños no sufren –ni pueden sufrir– el menor atisbo de tristeza.


Cierto que para nosotros, porque lo sabemos o podemos saberlo, existe una diferencia abismal entre lo que es una felicidad natural y lo que es una felicidad sobrenatural.


Giannangelo Braschi, nacido en Casena en 1717 y muerto en Valence en 1799, gobernó la Iglesia con el nombre de Pío VI. Condenó la proposición jansenista que tenía al limbo por fábula.


Sucede, empero, que estos niños ignoran la existencia del cielo: no saben que existe. Por un lado, su razón natural no puede ni siquiera sospechar la existencia de un orden sobrenatural; y por otro, es una verdad pacífica que aquello que se ignora por completo en modo alguno puede ser deseado. ¿Cómo podría, pues, sentirse tristeza de verse privado de algo cuya existencia se desconoce?


Muy distinta es la situación de los condenados: ellos saben perfectamente que el orden sobrenatural existe; ven claramente que se han condenado por su propia y voluntaria culpa, es decir, debido a sus pecados personales; conocen que están irremisiblemente privados de Dios; y, por tanto, experimentan un sufrimiento indecible.


Así, pues, quienes están en el Limbo, lejos de padecer cualquier sufrimiento corporal, moral o espiritual, experimentan lo que se llama felicidad natural, bienaventuranza natural, que no es menos real, y que hace que –como hombres– sean felices y dichosos en el estado en que están.


Ciertamente, ellos están separados de Dios por la privación de los bienes sobrenaturales; pero están unidos a Él por los bienes naturales que poseen y que han recibido de Él, y eso basta para gozar de Dios por el conocimiento y el amor natural, con lo cual sacian perfectamente su deseo de felicidad.


Finalmente, tal como lo ha escrito el Padre L. Garriguet en su obra “El buen Dios”, quienes se encuentran en el Limbo «son más felices que lo hubieran podido ser jamás acá en la tierra y bendicen a los que les han dado el ser. Reverencian el poder de Dios, que los llamó de la nada a la existencia, y se inclinan ante su providencia, que ordena todas las cosas con sabiduría y suavidad, y que acaso no haya permitido su muerte tan temprana, sino para impedir que se perdieran eternamente».


Notas

1 La circuncisión no es ningún sacramento, pero era “ocasión de que” Dios, al practicarla, infundiese la gracia como posteriormente se haría con el bautismo. Con las niñas, se piensa que ello tenía lugar en la ceremonia de presentación en el templo.




Fuente: Tradición Católica
Leído en: http://devocioncatolica.blogspot.com

viernes, 23 de septiembre de 2011

P. GARRIGOU-LAGRANGE: LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS – 5º PARTE

por Radio Cristiandad
LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS
R. P. Réginald Garrigou-Lagrange, O. P.


LA PROVIDENCIA SEGÚN LA REVELACIÓN
CAPÍTULO V
LA PROVIDENCIA Y LA ORACIÓN

A quien considere la infalibilidad de la presciencia divina y la inmutabilidad de los decretos providenciales, no será extraordinario se le presente una dificultad: Si la providencia es infalible y universal, si abarca todos los tiempos, si todo lo tiene previsto, ¿cuál puede ser la utilidad de la oración? ¿Cómo podrán nuestros ruegos ilustrar a Dios y hacerle cambiar de designio, a un Dios, que tiene dicho de sí mismo: “Ego sum Dominus, et non mutor — yo soy el Señor y no cambio”?
¿Habremos de decir que la oración para nada sirve, que es ya tarde, que, roguemos o no reguemos, sucederá lo que ha de suceder?
El Evangelio, por lo contrario, dice: “Pedid y recibiréis.”
La objeción, a menudo formulada por los incrédulos, en particular por los deístas de los siglos XVIII y XIX, proviene de un error acerca de la causa primera de la eficacia de la oración y acerca del fin al cual va enderezada. La solución de la misma nos pondrá de manifiesto ciertas relaciones íntimas de la oración con la Providencia: 1º, la oración tiene su fundamento en la Providencia; 2º, la reconoce de una manera práctica; y 3º, coopera con ella.
***
La Providencia, causa primera de la eficacia de la oración

Hablamos a veces de la oración como de una fuerza cuyo primer principio radicara en nosotros: una especie de persuasión mediante la cual trataríamos de inclinar la voluntad de Dios en favor nuestro. Pero entonces tropezamos en la dificultad apuntada: nadie puede ilustrar a Dios ni hacerle cambiar de designios.
En realidad, como demuestran San Agustín y Santo Tomás (IIa-IIIæ, q. 83, a. 2), la oración no es una fuerza cuyo primer principio radique en nosotros, ni un esfuerzo del alma humana para forzar a Dios y hacerle cambiar sus disposiciones providenciales. Así se dice a veces; pero sólo en metáfora y por acomodación al lenguaje de los hombres. La voluntad de Dios es tan absolutamente inmutable como misericordiosa; pero justamente en la inmutabilidad divina está la fuente de la eficacia infalible de la oración, como en las altas montañas está el origen de los caudalosos ríos.
La oración, en efecto, ha sido dispuesta por Dios mucho antes que hayamos pensado en ponernos a orar. De toda la eternidad ha Dios dispuesto la oración como una de las causas más fecundas de nuestra vida espiritual; la ha querido como medio por el cual obtengamos las gracias necesarias para llegar al término de nuestra carrera. Pensar que Dios no haya previsto y querido de toda la eternidad las oraciones que en el tiempo le dirigimos, es tan pueril como imaginarse un Dios que se inclinase ante nuestra voluntad y cambiara sus designios.
No hemos inventado los hombres la oración. El Señor mismo es quien la inspiró a los primeros hombres que, como Abel, dirigieron a Él sus ruegos. Dios es quien la hacía brotar del corazón de los Patriarcas y de los Profetas, y sigue inspirándola a todas las almas de oración. Dios es quien nos ha dicho por medio de su Hijo: “Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.”
La respuesta a la objeción arriba formulada es muy sencilla en el fondo, no obstante hallarse en ella encerrado el misterio de la gracia. Hela aquí: La oración hecha en las condiciones requeridas es infaliblemente eficaz, por cuanto así lo decretó el mismo Dios, que no puede desdecirse.
No sólo ha sido previsto y querido (o por lo menos permitido) por un decreto providencial todo cuanto sucede, sino hasta la manera como sucede, las causas que producen los acontecimientos y los medios que conducen a los fines.
De toda la eternidad tiene establecido la Providencia que no haya cosecha sin semilla, vida familiar sin ciertas virtudes, vida social sin autoridad y obediencia, ciencia sin trabajo intelectual, vida interior sin oración, redención sin Redentor y aplicación de sus méritos, salvación para los adultos sin deseo sincero de ella.
En cualquier orden que se considere, por ínfimo o elevado que sea, Dios ha preparado las causas que deben producir determinados efectos y los medios conducentes a determinados fines. Para las mieses materiales ha dispuesto semillas materiales; para las mieses espirituales, semillas espirituales, de las cuales una es la oración.
La oración es una causa ordenada por la Providencia ab æterno para producir un efecto de orden espiritual: la obtención de dones divinos necesarios para la salvación; como el calor y la electricidad son causas establecidas ab æterno para producir en el orden físico los efectos que cada día experimentamos.
De donde la inmutabilidad de los designios divinos dista mucho de oponerse a la eficacia de la oración, antes bien es el fundamento supremo de ella. Y hay todavía algo más; porque la oración es el acto por el cual constantemente reconocemos estar dependientes del gobierno de Dios.

***
La oración es culto tributado a la Providencia

Todas las criaturas viven de los dones de Dios; pero sólo el hombre y el ángel lo reconocen. La planta y el animal ignoran lo que reciben: El Padre celestial, dice el Evangelio, alimenta las aves del cielo, pero ellas lo ignoran. Si el hombre carnal lo olvida, es porque las pasiones le tienen cautiva la razón. Si el orgulloso no quiere confesarlo, es porque el orgullo le venda los ojos del espíritu para que juzgue de las cosas, no con miras elevadas, sino con fines mezquinos y rastreros.
Si nuestra razón no se desvía, debe convenir con San Pablo en que “nada tenemos, que no lo hayamos recibido”. Quid habes quod non accepisti? (I Cor. 4, 7). La existencia, la salud, la fuerza, la luz de la inteligencia, la energía moral constante, el buen éxito de las empresas que una bagatela puede malograr, todo ello es don de la Providencia. Y fuera del alcance de la razón, la fe nos dice que la gracia necesaria para la salvación, y más todavía el Espíritu Santo prometido por Jesucristo, constituyen el don divino por excelencia, aquel don de que hablaba Jesús a la Samaritana: “¡Si conocieses el don de Dios!”
La oración es culto tributado a la Providencia, cuando con espíritu de fe acudimos a Dios pidiendo la salud para el enfermo, la luz de la inteligencia para resolver las dificultades, la gracia para resistir a la tentación y perseverar en el bien.
El Señor nos invita a tributar a la Providencia este culto cotidiano, mañana y tarde, y a menudo durante el día. Recordemos cómo Jesucristo, después de exhortarnos a orar, diciendo: “Pedid y recibiréis”, nos pone de manifiesto la bondad de la Providencia con estas palabras: “¿Hay, por ventura, alguno entre vosotros que, pidiéndole pan un hijo suyo, le dé una piedra? ¿O que si pide un pez, le dé una sierpe? Pues si vosotros, siendo malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a quienes se las pidieren?”
La afirmación de nuestro Señor lleva consigo la prueba: si existe en el corazón del hombre la bondad, ¿no es ella por ventura un don del corazón de Dios o de su amor?
Diríase que a veces el Señor trueca los papeles, cuando mediante la gracia actual preveniente nos solicita para que oremos, para que tributemos a la Providencia ese culto que le es debido, y de ella recibamos lo que más hemos menester. Recordemos aquel ejemplo de nuestro Señor induciendo a la Samaritana a orar: “Si tú conocieras el don de Dios, quizá tú me habrías pedido de beber, y yo te hubiera dado agua viva…, que brota para vida eterna”. El Señor suplica que se acuda a Él; y es “paciente para esperar e impaciente para otorgar“.
El Señor es como un padre que tiene de antemano resuelto complacer a sus hijos, pero les induce a que se lo pidan. Jesús quería convertir a la Samaritana, y poco a poco hizo que la oración brotara del alma de aquella mujer; porque la gracia santificante no es como un licor que se vierte en un vaso inerte, antes bien una vida nueva que el adulto no recibe sino a condición de desearla.
Parece a veces que el Señor no quiere oírnos, sobre todo cuando la oración no es bastante pura, o el objeto de ella son los bienes materiales en sí mismos y no en orden a la salvación. Poco a poco la gracia nos invita a pedir mejor, recordándonos la palabra del Evangelio: “Buscad primero el reino de los cielos, y lo demás se os dará por añadidura”.
Otras veces parece que el Señor nos rechaza, como para probar nuestra perseverancia. Tal hizo con la Cananea, lanzándose esta dura frase, que parecía una negativa: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel; no es justo tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros.” La Cananea, inspirada de cierto por la gracia que le venía de Cristo, respondió: “Es verdad, Señor; pero los cachorros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.” “¡Oh mujer!, le dijo Jesús, grande es tu fe; hágase conforme lo pides.” (Matth. 15, 22). Y su hija, que era atormentada por el demonio, quedó curada.
El que ora, reconoce estar bajo el gobierno de Dios, infinitamente superior al de los hombres; y lo reconoce prácticamente, no sólo en teoría y en abstracto. Nuestra oración debe tributar incesantemente a la divina Providencia el culto que le es debido: culto de adoración, de súplica, de acción de gracias y de reparación.
Pero todavía queda por declarar la relación estrecha que la oración guarda con la Providencia.

***
La oración coopera con el gobierno divino

La oración no se opone a las disposiciones providenciales, como si tratara de torcerlas o de cambiarlas, antes bien colabora con el gobierno divino; porque el que ora, quiere en el tiempo lo que Dios quiere ab æterno.
Podría parecer que, cuando oramos, la voluntad divina se inclina hacia la nuestra; la verdad es que nuestra voluntad se eleva hasta la divina y trata de ponerse al unísono con ella. Porque en elevar la mente a Dios, como dicen los Santos Padres, consiste la oración, ora sea de petición, ora de adoración, bien sea de alabanza, bien de reparación o acción de gracias.
El que ora como conviene, es decir, con humildad, confianza y perseverancia, pidiendo los bienes necesarios para la salvación, colabora con el gobierno divino. Son dos, en lugar de uno, que quieren la misma cosa. Ese pecador, por quien largamente hemos orado, Dios es quien lo convierte. Esa alma atribulada, para quien hemos pedido con insistencia luz y fortaleza, Dios es quien la ilumina y fortalece; pero Dios tenía resuelto de toda la eternidad no producir el efecto saludable sino con el concurso nuestro, después de nuestra intercesión.
Las consecuencias de este principio son innumerables.
Síguese primero que cuanto más conforme sea la oración con las intenciones de Dios, tanto más colabora con el gobierno divino.
Para que más y más nuestra oración sea conforme con la voluntad divina, digamos todos los días reposadamente y desde lo íntimo del alma el Padre Nuestro, y meditémoslo acompañando nuestra fe con el amor. Esta meditación amante se tornará contemplativa; por ella obtendremos que el nombre de Dios sea santificado, glorificado en nosotros y en nuestro derredor, que su reino venga, que su voluntad se cumpla en la tierra como se cumple en el cielo; obtendremos también el perdón de nuestras faltas, la liberación del mal, la santificación y la vida eterna.
Síguese también que nuestra oración ganará en pureza y eficacia, si la hacemos en nombre de Cristo, el cual sabrá suplir la deficiencia de nuestro amor y de nuestra adoración.
El cristiano que cada día reza un poco mejor el Padre Nuestro, y lo dice desde el fondo de su alma por sí mismo y por el prójimo, coopera grandemente con el gobierno divino. Coopera mucho más que los sabios que descubrieron las leyes del curso de los astros, más que los grandes médicos que hallaron el remedio de espantosas enfermedades. La influencia de la oración de un San Francisco de Asís, de un Santo Domingo, de una Santa Teresita del Niño Jesús, no es ciertamente inferior a la de un Newton o de un Pasteur. Quien ora como oraron, los Santos, coopera a la salud de los cuerpos y de las almas; cada alma que abre las ventanas de sus facultades superiores hacia lo infinito, es como un universo que gravita hacia Dios.
Si atentamente consideramos estas íntimas relaciones de la oración con la Providencia, concluiremos que aquélla es más poderosa que el oro, más eficaz que la ciencia.
La ciencia llega a resultados maravillosos, pero se adquiere por medios humanos y produce efectos que no exceden los límites naturales. Pero la oración es una fuerza sobrenatural, cuya eficacia viene de Dios, de los méritos infinitos de Cristo, de la gracia actual que nos mueve a orar; es una fuerza espiritual más poderosa que todas las fuerzas naturales juntas. Ella consigue lo que sólo Dios puede otorgar: la gracia de la contrición, de la caridad perfecta y de la vida eterna, que es el fin del gobierno divino, la manifestación última de su bondad.
Consideremos con particular interés la necesidad y la excelencia de la oración; sobre todo de la oración unida a la de Nuestro Señor Jesucristo y de la Bienaventurada Virgen María, en estos críticos momentos en que tantos peligros se ciernen sobre Europa y el mundo entero (año 1932); en estos momentos en que el desarreglo general debe por contraste servirnos de estimulante para pensar todos los días que estamos no sólo bajo el gobierno de los hombres, a menudo desatinado e imprudente, sino bajo el gobierno infinitamente sabio de Dios, que no permite el mal sino con miras a un bien superior, y quiere que cooperemos a ese bien por medio de la oración cada día más sincera, más profunda, más humilde y confiada, más perseverante, por medio de la oración unida a la acción, a fin de que cada día se realice en nosotros y en nuestro derredor la petición del Padre Nuestro: Fiat voluntas tua, sicut in cælo et in terra.
En estos momentos, cuando el bolcheviquismo realiza tantos esfuerzos contra Dios, conviene repetirlo con redoblada sinceridad, no sólo de palabra, sino por medio de actos, a fin de que el reino de Dios sustituya cada día más al reino de la concupiscencia y del orgullo.
Así llegaremos a comprender de manera práctica y concreta que Dios no permite los males presentes sino con miras a bienes superiores, que alcanzaremos a ver, si no acá abajo, después de la muerte.

Es un artículo de la Fe Católica creer en la existencia del Limbo.

Es un artículo de la Fé católica creer en la existencia del Limbo

Existen cuatro infiernos: el Infierno de los Condenados, el Puegatorio, el Limbo de los párvulos, y el Limbo de los Justos

Breve reseña de algunos antiguos libros donde se comenta la existencia del Limbo de los niños, o Límbo de los párvulos, se lo explica y describe.


DIRECTORIO MORAL
DEL REVERENDO PADRE FRAY FRANCISCO
Echarri,. del Orden de nuestro Padre San Francisco de la Regular Observancia.
Tomo IIº
Con privilegio y licencia
Madrid, año 1779


Página 15.

# [...] creer que descendió a los Infiernos,y sacó las almas de los Santos Padres, que estaban esperando su santo advenimiento Para la inteligencia de este articulo se ha de suponer , que hay cuatro lugares subterráneos, que por eso se llaman Infiernos. El primero y mas profundo es el de los condenados,que son todos los que murieron en pecado mortal. El segundo, que está menos profundo, es llamado Purgatorio, a donde van las almas que murieron en Gracia, quando les queda que purificarse de sus culpas , que no acabaron de satisfacer en esta vida, y luego que están perfectamente purgadas, son trasladadas a la Gloria. El tercero, todavía menos profundo, que se llama Limbo, es a donde van los párvulos que murieron sin Bautismo, estando allí sin gloria ni pena de sentido. El cuarto, superior a todos, es el Seno de Abraham , donde estaban las Almas de los Santos Padres y demás Justos.

34 * A este Seno bajó el Alma de Cristo unida á la Divinidad , ilustrándolo con su real presencia y quedaron gloriosas aquellas dichosas almas, porque Christo las abrió a las puertas de la Gloria, que hasta entonces estaban cerradas por la culpa. Y se dice que Cristo bajó a los Infiernos en plural, porque a todos llegaron de algún modo los efectos de su bajada. Al de los condenados los efectos de Justicia, confirmando la sentencia de su condenación eterna, al Limbo de Ios párvulos, también los efectos de Justicia, confirmando la pena de no ver a Dios, al Purgatorio los efectos de la Misericordia; pues sacó a todas las almas suficientemente purgadas, y algunos dicen que todas: lo cual es muy piadoso; pues es creíble que el Sumo Pontífice Cristo concediese a todas Indulgencia plenaria en aquel dia de su triunfo.


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Libro: Nuevo Manogito de Flores
de P. Fray Buenaventura Tellado, Madrid, Año MDCCLXXXVII


P. ¿Qué es Limbo?
R. Es una concavidad, o caverna en las entrañas de la Tierra, para los que solo quedan sujetos a la pena de daño, ó privacion de la vision Beatífica. Divídese en Limbo de los niños, ó párvulos, que sin Bautismo, ni obras de propio albedrío, mueren con solo el pecado original; y en Limbo, ó Seno de Abraham, donde los Santos Padres y Justos, que antes de la Majestad de Cristo habian muerto en gracia esperaban.su Venida, para en su compañía subir a la Gloria.

P. ¿Qué es Purgatorio?
R. Es una concavidad, o caverna cerca del Infierno, en las entrañas de la tierra, donde las almas de los Justos , que salieron de esta vida, no cabalmente purificadas, con imponderables penas se aquilatan y purifican antes de subir a la Gloria.

P. ¿Qué es Gloria?
R. Es un estado perfectísimo, ajeno de todo mal, con sumo lleno de todo bien, que en el Empíreo poseen los Santos y Bienaventurados, vivendo, amando, gozando y alabando a Dios en compañia de los Ángeles por toda, una eternidad.

P. ¿Qué almas van a cada uno de estos cuatro lugares cuando salen de esta vida?
R. Al Infierno van las de todos los que mueren en pecado mortal; al Limbo de los niños, van las que mueren sin Bautismo con solo el pecado original; al Purgatorio van las de los que mueren en gracia de Dios, sin haberse purificado cabalmente de sus imperfecciones y culpas leves, ni satisfecho del todo la pena temporal a que quedaron sujetos por las graves; a la Gloria van las de los Justos y Santos, que muriendo en gracia, salen del todo purificados de esta vida.

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Libro: Diccionario Teológico, canónico, jurídico, litúrgico, biblico, etc
por el Ilustrísimo y Reverandísimo Sr. D. Justo Donoso, Obispo de la Serena, Miembro de la Facultad de Teología de la Universidad de Chile, y autor del Manual del Párroco Americano y de las Instituciones de Derecho Canónico.
Tomo III
Valparaíso, año 1857.


Pág. 330

LIMBO. El lugar o mansión subterránea donde eran recibidas las almas de los patriarcas, de los profetas, de todos los que antes de la venida de Jesucristo, salían de este mundo, sin tener mancha alguna que purgar, ninguna pena que satisfacer por sus pecados. Empero si esas almas, aunque justificadas por la gracia santificante, salían de este mundo por la muerte de sus cuerpos, manchadas con algun pecado venial no perdonado aún, o sin haber acabado de satisfacer toda la pena temporal debida por sus pecados mortales o veniales ya perdonados, no pasaban al limbo sino despues de haber expiado plenamente, en el Purgatorio, la pena que aún les restaba satisfacer por sus pecados. Los teólogos llaman comúnmente el lugar del que hablamos, el Limbo de los Santos Padres, y Jesucristo le llamó en el Evangelio, el seno de Abraham; asegurando que fue trasladada a él por los ángeles el alma del mendigo Lázaro: Factum est ut moreretur mendicus et portaretur ab angelis insimim Habáhce. (Luc. 16). En este lugar eran detenidas las almas santas, difiriéndoseles su eterna felicidad, hasta que Jesucristo viniese a abrirles, con su pasion y muerte las puertas del Cielo, que estaban cerradas, por el pecado del primer padre del linaje humano, nondum enim propalata eral sanctorum via, como dice el Apóstol (Hebr. 9). Era aquel un lugar de descanso y de consolacion para las almas justas, como lo indica no solo la palabra seno, sino tambien las palabras mismas de Abraham al rico: Nunc autem hic (Lazarus) consohlur tu í'ero cruciaris.

Dogma es de Fe, apoyado en claros testimonios de la Escritura y en el unánime sentir de los Padres, que muerto Jesucristo sobre la cruz, descendió su alma santísima, real y efectivamente al limbo de los santos padres, para libertar a todos los justos que habian fallecido antes de su muerte, y trasladarles al Cielo, haciéndoles gozar desde luego, de la vision beatífica; cumpliéndose, entonces, lo que prometiera sobre la cruz al ladron penitente: Hodie mecum eris in Paradiso. El Apóstol S. Pablo escribiendo a los Efesios (c. 4) testifica, expresamente, el desenso de Jesucristo al limbo de los santos padres: Quod autem ascendil, quid est, nisi quia et descendit primum in inferiores partes terrce. Qui descendit ¿pse est et qui ascendi l super omnes ccefos, ul impleret omnia.

La denominacion de limbo, la aplican tambien los teólogos para designar el lugar donde son detenidos los párvulos que mueren sin bautismo. Es un Dogma de nuestra Fe, definido como tal, por la Iglesia, especialmente en el Concilio Lugdunense y en el Florentino, que los párvulos que mueren manchados con el pecado original, por no haber recibido el bautismo, son excluidos para siempre de la eterna bienaventuranza, quedando privados de la posesión de Dios que hace la dicha de los escogidos en el Reino Celestial. Muy duras y decisivas son, a este respecto, las palabras de Jesucristo: Nisi quis renatus fueril ex aqua et Spirilu Sancto non potest introire in regnum Dei (Joan. 3, v. 5). ¿Sufren empero estos párvulos la pena del fuego llamada de sentido? Acerca de esta cuestión sobre la cual nada ha decidido la Iglesia, están divididos los teólogos, sosteniendo muchos la afirmativa que enseñaron S. Fuljencio, S. Gregorio Magno y otros Padres; pero es harto mas común la negativa, que tiene por patronos a S. Gregorio de Nazianzo, a S. Gregorio de Niza, a Santo Tomás, a S. Buenaventura, etc. El sabio Benedicto XIV dice, con relación a los párvulos de que hablamos: « A mas de la privacion de la bienaventuranza eterna, ¿están ellos exentos de la pena llamada de sentido? Esta es una cuestión controvertida aun entre los teólogos » (de Festis Dom. lib. 1, c. 8).

Aún respecto de la pena de daño, que consiste en la privación de la bienaventuranza sobrenatural, opinan graves teólogos, con Santo Tomás (q. 5, de Malo, art. 2), que los párvulos no bautizados no sienten dolor ni tristeza por esta privación, porque como dice el santo Doctor, entre otras cosas, no conocen ellos que la bienaventuranza para que fueron criados consiste en la visión clara de Dios, e ignoran tanto el pecado contraído por ajena voluntad, como la pena inflingida por él, que es la privación de la vision divina; y por consiguiente, no sienten dolor o tristeza por esta privacion. (Véase a Perrone, de Homine, cap. 6, art. 4).


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Colección de Cánones de la Iglesia de España y de América
de D. Juan Tejada y Ramiro
Tomo II, Madrid, año 1864




Concilio de Gerona
Siete obispos hicieron en esta ciudad once cánones en el año 817, fue presidido este sínodo por Juan, obispo de Tarragona, el cual babia rogado al Papa Hormidas, que escribiera a los obispos de España para obligarles á observar la disciplina; lo que hizo el Pontífice dirigiéndoles una Epístola, en que les recomienda guardar los cánones, y celebrar los Concilios cuando menos una vez al año.

Que el niño, aunque sea de solo un dia, si está en peligro de muerte sea bautizado.

Respecto a los párvulos que acaban de salir del útero materno se establece, que si nacieren enfermos, como suele suceder, y no toman el pecho materno, si fueren presentados, bautícense aún en el mismo dia en que nacieron.

V.
No quisieron los Padres que peligraran las almas de los niños por falta del bautismo, en contra de la doctrina, de los Pelagianos que sostenían que los niños que morían sin recibir el agua bautismal eran bienaventurados. Aunque entre los PP. hay discordancia acerca de la pena que los niños sin bautizar sufrirán en el limbo, convienen, sin embargo, en que estarán privados de la vista de Dios. Este cánon también combate la doctrina de los Anabaptistas y Valdenses, y en contra establece, que es lícito y válido, el bautismo conferido á los niños, bastándoles la fe e intención de los padrinos.


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Libro: Directorio Catequístico " El Cristiano ilustrado en la Fe"
Tomo II
por el Doctor Don José Ortiz Cantero, cura propio de Villa de Colmenar Viejo, examinador sinodal de éste Arzobispado.
Madrid, año 1727.


Pág. 32

... el Bautismo para entrar en la Bienaventuranza, [...] todos los párvulos, sean hijos de fieles o de infieles, y los que murieron con solo el pecado original sin Bautismo, aunque por sí no hayan cometido pecado mortal, serán privados eternamente de la Visión de Dios, padeciendo esta pena que se llama de daño, y serán llevados a un lugar que se llama Limbo, que es un seno subterraneo, en el cual estarán desterrados de la Gloria y del Cielo, en pena del pecado original que contrajeron, y no habiéndoseles de perdonar este pecado, jamás verán a Dios; empero como ellos no tuvieron pecados personales y actuales, no padeceran pena de sentido, ni de fuego, no aflicción alguna; sólo el destierro de no poder ver a Dios por toda la eternidad; ellos han de resucitar como todos los demás hombres en el Día del Juicio Universal, compareciendo personalmente en el Tribunal de Cristo, Juez Universal de todos, manifestándoles a todos su estado, y la rectísima justificación con que permitió el Señor que muriesen en pecado original sin Bautismo, y reconocerán todos el alto beneficio que a muchos de ellos hizo Dios, en que no llegasen a crecida edad, pues en ella hubieran cometido culpas mortales, que los hubiera arrastrado a las penas del Infierno; volviendo después del Juicio a su propio seno y lugar para siempre.


Fuente: Google Libros
Recopilado por: Iván Cruz Bonino de www.joveneslourdes.blogspot.com
Se agradece reproducir y difundir citando la fuentes.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El Catolicismo es la verdad absoluta (P. Garrigou-Lagrange)

Título: El Catolicismo es la verdad absoluta (P. Garrigou-Lagrange)
Autor: Fray Cándido de «Sí, sí, No, no»
Extraído de la edición española de «Sí, sí; No, no», año XXI, n. 224, marzo de 2011, pp. 1-3.
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Fray Réginald Marie Garrigou-Lagrange, O.P.

Mientras que los modernistas, incluso después de la condena de la encíclica Pascendi (1907) del gran Papa san Pío X, seguían intrigando en secreto para subvertir el credo católico, la ley de Dios, la liturgia y la disciplina eclesiástica, la Iglesia Católica, en cambio, tuvo todavía grandes teólogos en el siglo XX, que ilustraron y defendieron su santa tradición. Uno de éstos vio la luz el 21 de febrero de 1877, en Auch en Gascogne (Francia). Vástago de una ilustre familia, los suyos lo llamaron Gontran. Se reveló en seguida como inteligentísimo, con una sed de conocimiento que le salía por los ojos y le empujaba, siendo aún niño, a lecturas arduas, incluso de las obras nada fáciles de san Juan de la Cruz.
Una vez completados los estudios superiores se inscribió en la universidad para estudiar medicina. Se acercaba, con todo “la hora de Dios”.
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Iluminación
«Cuando en 1897, a la edad de veinte años -escribió-, cursaba yo estudios de medicina en Burdeos, leí un libro de Ernest Hello, L’uomo e il suo bisogno di Dio [“El hombre y su necesidad de Dios”]. Durante aquella lectura vi o entreví, en un instante, que la doctrina de la Iglesia católica es la verdad absoluta sobre Dios, su vida íntima, el hombre, su origen, su destino sobrenatural. Vi, en un abrir y cerrar de ojos, que no era sólo una verdad relativa al estado actual de nuestros conocimientos, sino la verdad absoluta que no pasará y que se manifestará cada vez más elevada en su esplendor hasta que veamos a Dios directamente, facie ad fsciam [cara a cara]. Un rayo de luz me aclaró la afirmación de nuestro Salvador: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt XXIV, 35)».
Gontran vivió así el acontecimiento central de su vida: si Jesucristo era la verdad absoluta, no una opinión, ni un maestro como hay tantos, sólo restaba seguirlo con una entrega total, o mejor dicho, consumirse por él. Imbuido de esta certeza, el joven dejó estudios y prometida y entró como novicio en la orden dominicana, en el convento de Amiens, donde, vestido con el hábito blanco, tomó el nombre de Fray Reginaldo, igual que el más instruido de los primeros discípulos de Sto. Domingo de Guzmán.
Fray Réginald Garrigou-Lagrange realizó, en Flavigny y en Gante, estudios serios y solidísimos sobre la Summa de Sto. Tomás y sus comentarios bajo la guía de padres doctos y austeros. El 30 de abril de 1900 hizo su profesión solemne. El 28 de septiembre de 1902 se ordenó de sacerdote a los veinticinco años de edad.
Lo enviaron en 1904 a la Sorbona de París a que se licenciara en filosofía y letras. Allí, aunque conoció a hombres famosos como Bergson y Maritain, le fastidiaba el tener que consagrar demasiado tiempo a investigar sobre temas literarios profanos: no ambicionaba ser un esteta; tan sólo deseaba ser un sacerdote y maestro de la verdad. Por eso enseñará historia de la filosofía ya en 1905, e impartirá clases de teología dogmática en 1906, en Le Saulchoir, en Bélgica. Pero se trataba nada más que de la preparación para la luminosa misión que le esperaba.
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En la cátedra
El 8 de septiembre de 1907, el papa san Pío X condenó el modernismo, “cloaca de todas las herejías”, con la encíclica Pascendi (y, algunas semanas antes, en el decreto Lamentabili). El padre Jacinto Cormier, maestro general de los dominicos (hoy beato), acababa de fundar en Roma el colegio internacional Angelicum para la enseñanza y defensa de la verdad del catolicismo.
En 1909 el padre Réginald Garrogou-Lagrange fue llamado a Roma para que ejerciera la docencia. Teólogo profundo y seguro pese a sus verdes treinta años, fue, por más de medio siglo, un profesor cada vez más prestigioso, que enseñaba metafísica, teología fundamental y varios tratados de teología dogmática. Fundó en 1917 la cátedra de ascética y mística, en la que él mismo enseñaría hasta 1959, a causa de la fascinación que sentía por un hermano suyo de hábito, el padre Juan Arintero (1860-1928), místico e investigador de la teología mística de Sto. Tomás de Aquino.
Estudiaba a fondo, rezaba y contemplaba a Dios, y de la sobreabundancia de su contemplación nacía, como óptimo dominico que era y seguidor de las huellas del santo fundador de su orden y del maestro Tomás de Aquino, lo que el padre Garriogou-Lagrange enseñaba, predicaba y escribía; realizaba de ese modo en sí mismo el lema de la orden a la que pertenecía: contemplare et comtemplata aliis tradere (“contemplar y transmitir a otros lo contemplado”). Por eso trabajaba con pasión y método, sin perder ni un instante de tiempo siquiera: todo por la verdad, todo por Jesús-verdad.
En el centro de su existencia figuraba cada día el santo sacrificio de la misa y el rezo del breviario, “anhelo ardiente y preocupación cotidiana de su corazón Sacerdotal”: vivía de Jesús y en Jesús, en una unión intensísima que lo hacía feliz, afable, laborioso y fuerte como una roca.
Era fiel al rezo coral en compañía de sus hermanos de hábito, aunque se hallaba dispensado del mismo por su labor de profesor. Cada mañana, sentado en su puesto en el coro, cumplía su hora de meditación contemplando a Dios con la mirada vuelta hacia el sagrario, donde se hallaba su púnico amor.
Metafísico y teólogo doctísimo, amaba a los pobres y a los pequeños con predilección singular; para ayudarles extendía la mano, como un mendigo ante reyes, presidentes y pontífices, con la sencillez de un niño. Era un director espiritual muy solicitado y amaba sobremanera a la Virgen, a la cual se había consagrado al estilo de la “perfecta esclavitud de amor” de San Luis María Grignon de Montfort; la honraba cada día con las tres partes del rosario, que era para él “escuela de contemplación” y “plegaria de adoración, alabanza, reparación e impetración: los mismos fines de la santa misa”.
Investigaba y proponía a los demás, escribiendo al respecto con altísima competencia, el ejemplo de niños muertos en olor de santidad, a los que consideraba «obras maestras de Jesús y la inocencia en persona, que interceden por nosotros ante Dios, a menudo hasta con la fuerza del martirio». Brillante por su doctrina y magisterio, era humilde en su vida y trato.
Considerando bien todo lo ya expuesto más arriba, fácilmente se comprenderá por qué la Iglesia exige que los futuros sacerdotes sean instruidos en las disciplinas filosóficas según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico; pues por la experiencia de muchos siglos sabemos y bien que el método del Aquinatense se distingue por una singular excelencia. Pío XII, Humani Generis

Mas ¿para quién y para qué vivía el padre Garrigou-Lagrange? Para servir a la verdad, por la cual lo sacrificaba todo. Su vida era un servicio continuo a la verdad divina, que es Jesucristo, como lo había comprendido en la radiante “intuición” de sus veinte años. A eso se enderezaban sus veintitrés grandes obras y los seiscientos competentísimos artículos, que publicó entre 1904 y 1960.
Llegado a la madurez en el momento en que el modernismo, al separar el catolicismo de la revelación divina para disolverlo en la cambiante y voluble experiencia individual, destruía con el relativismo escéptico toda certeza relativa a la razón y la fe, el padre Garrigou-Lagrange reivindicó con todas sus fuerzas, para la razón, la capacidad de conocer a Dios en cuanto creador, y para la fe, la de alcanzar a Dios en sí mismo por medio de la revelación. Así trazó para los hombres de hoy el itinerario espiritual e intelectual que podía conducirlos a Dios y a la salvación de sus almas: es la misión que Jesucristo confía a todo sacerdote suyo, y que él vivió como teólogo y como docente.
Pero hoy, ¿quién se acuerda de ello?, ¿quién se afana por hallar un confesor y, una vez encontrado, lo sigue en lugar de mofarse de él?, ¿quién se sigue planteando el problema de la salvación de las almas?
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Del ser a Dios
Su primera entrada en acción –véase la obra Il senso comune e la filosofía dell’essere (1909)- consistió en refutar el agnosticismo, al decir del cual no se puede conocer nada verdadero ni cierto, demostrando su carencia de fundamento; así corroboraba el valor objetivo y trascendente de los principios primeros de la razón, con los cuales el hombre conoce la verdad primera mediante lo real. Era la primera gran lección de Sto. Tomás, o mejor dicho, de la “filosofía del ser”: sin la certeza de que alcanzamos la realidad con nuestra razón, aunque sea de manera limitada, no podríamos nunca decir nada seguro sobre Dios, ni siquiera sobre el Dios que Jesucristo nos reveló. Los principios primeros con los que se estructura el conocimiento humano son las leyes, no sólo del pensamiento, sino, además, de la realidad ontológica de las cosas: es la condición inexcusable, incluso para la Iglesia, de todo verdadero razonamiento relativo a Dios.
La segunda entrada en acción de Garrigou-Lagrange estribó en resolver el problema del conocimiento natural de la existencia de Dios y de su naturaleza. En 1910, en el denso artículo sobre “Dios” que escribió para el Dictionnaire Apologétique, demolía de manera irrefutable la tesis kantiana según la cual era imposible conocer a Dios, y demostraba que sin Dios no podía fundamentarse ley moral alguna, por lo que el hombre caería presa de sí propio, de su egoísmo, de su prepotencia y de su desesperación. Dicha demostración la repitió y desarrolló en 1914, en la obra gigantesca Dios, su existencia y su naturaleza.
He aquí cómo Garrigou-Lagrange nos ayudaba a dar el tercer paso. Para los modernistas de su tiempo (y para los más peligrosos y más pérfidos de hoy), las “verdades reveladas” eran sólo la expresión humana de una experiencia de Dios vivida por la conciencia subjetiva, para la cual no existe ninguna verdad absoluta y eterna, ni dogma ni ley moral objetiva (“hago lo que me gusta y lo que me da la gana”). Esto no será ya el catolicismo, sino otra religión –la de los modernistas-, o mejor dicho, era la disolución de todo, como lo reconocería en 1950, con lágrimas en los ojos, el venerable santo padre Pío XII: “Así no queda ya nada de la verdad”.
En 1918, el padre Garrigou-Lagrange ratificó, con la obra De revelatione per Ecclesiam propósito, la existencia de una revelación objetiva por parte de Dios en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, cuyo vértice es Jesucristo, y también que dicha revelación propone no sólo verdades accesibles de suyo a la razón humana, sino, sobre todo, verdades de origen sobrenatural, no accesibles directamente a la razón, las cuales hemos de creer en fuerza de la autoridad de Dios revelador. Creer no es algo facultativo, ni tampoco se cree “por un salto en la oscuridad” por parte de la inteligencia, sino que se cree porque a Dios, creador y Señor que se revela, el hombre le debe obediencia de la fe, y porque Dios mismo le suministra a la razón pruebas para creer. De ahí que el creer sea obligatorio y racional.
La formulación dogmática de la Iglesia, explicaba Garrigou-Lagrange, presenta las mismas verdades reveladas por Dios, y no se halla sujeta a los cambios del progreso científico y filosófico porque expresa la verdad divina inmutable y eterna. Todo hombre, de cualquier lugar y tiempo que se considere, podrá aprehenderla con la gracia de Dios, que nunca falta a quien la busca, porque la inteligencia, que está esencialmente constituida para aprehender el ser, para conocer la verdad, no deja nunca de ser la misma. El dogma es estable porque está anclado en la verdad de Dios e interpela a la inteligencia humana directamente, más allá de las mudanzas de la ciencia y de la filosofía.
Por eso la teología no es presentación sistemática de la experiencia religiosa subjetiva, como decían los modernistas, entre otras razones porque, si fuera así, el “creyente” no amaría al Dios real y verdadero, sino que en el fondo se amaría sólo a sí mismo. Para vivir la caridad para con Dios y con el prójimo, caridad constitutiva de la misma vida cristiana, es menester que se arraigue en la verdad revelada por Dios y profesada por la fe. La sobrenaturalidad de la fe es necesaria e indispensable para la vida cristiana auténtica: no hay verdadera caridad sin fe.
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«La gracia, semilla de la gloria»
Una vez llegado a este punto, se le da al creyente, en virtud del don de sabiduría del Espíritu Santo y a la luz de su inspiración, el gustar y el experimentar las realidades divinas en el centro del alma. Este Dios, objeto de experiencia íntima, no es el Dios incognoscible o desconocido de los modernistas, sino que es el Dios de la fe, cuya sublime verdad guía esta experiencia. A través de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros por medio de la gracia, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven y manifiestan su presencia en nuestro propio centro: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada.» (Jn. XIV, 23).
Así se pasa de la sabiduría metafísica (capacidad de la inteligencia de conocer el ser y llegar a Dios) a la sabiduría teológica (que se funda en la fe divina y tiene por objeto la comprensión de las verdades reveladas por Dios y la profundización en las mismas) y, por último, a la sabiduría mística infusa, don del Espíritu Santo, por la cual los santos conocen a Dios de modo inefable en esta vida.
De todo este itinerario único –verdadero itinerarium mentis in Deum-, conducente al perfecto conocimiento de Dios, fue un maestro el padre Garrigou-Lagrange con las obras citadas más arriba y, finalmente, con la obra maestra Las tres edades de la vida interior, preludio de la del cielo. Tratado de teología ascética y mística (París, 1938), que escribió en la fidelidad plena a la verdad absoluta y eterna cual la enseña la Iglesia católica y a la zaga de las huellas de Sto. Tomás de Aquino, pues estaba convencido, con razón, de que seguir la doctrina de éste era la única manera de resolver los problemas suscitados por la cultura contemporánea.
…si aun en el campo filosófico, todos mirasen con la debida reverencia al Magisterio de la Iglesia, la cual por divina institución tiene la misión no sólo de custodiar e interpretar el depósito de la verdad revelada, sino también vigilar sobre las mismas disciplinas filosóficas paraqué los dogmas no puedan recibir daño alguno de las opiniones no rectas. Pío XII, Humani Generis.

La Iglesia reconoció y honró la rectitud y competencia del padre Garrigou-Lagrange: los pontífices Benedicto XV, Pío XI y Pío XII recurrieron a menudo a sus luces para pronunciarse sobre graves problemas doctrinales. Desempeñó un papel fundamental en la redacción de la encíclica Humani generis (12 de agosto de 1950) del venerable Pío XII, altísimo faro de luz en pleno centro del siglo XX, en la que el Papa condenaba los gravísimos errores de la “teología nueva” (que disolvía el catolicismo, como ya vimos) y refrendaba la verdad del credo católico. ¿Quién mejor que el padre Garrigou-Lagrange (y que otros teólogos de su mismo cuño) para colaborar con el Papa en aras de ese servicio indispensable den defensa de la verdad?
Filósofo, teólogo, místico, verdadero hombre de Dios, guía de millares de almas, se retiró al término de su actividad académica en 1960, al convento de Santa Sabina, que el propio Sto. Domingo había fundado en Roma, en el Aventino. Vino el dolor a visitarlo, mas el padre Réginald era un sol en el fulgor del ocaso. Configurado con Jesucristo crucificado, “el libro que contiene toda la verdad”, vivía ya en la luz, que se dilató “sin límites”, en derredor suyo, el 15 de febrero de 1964, en el encuentro definitivo con el Hacedor.
Respondió fielmente a la vocación singular que Dios le había hecho sentir cuando, a los veinte años de edad, era un estudiante enamorado de la verdad, el bien y la belleza. Como lo consignó en la misma página que empezamos a citar al comienzo:
«Comprendí entonces que esa verdad absoluta debía fructificar como el grano de trigo… Si bien la germinación natural es ya algo espléndido, ¿qué pensar de la germinación de la vida eterna cuando la gracia bautismal, que es su germen, produce el treinta, el sesenta y aun el ciento por uno en el alma de un Santo Domingo, de un San Vicente de Paúl, de un santo cura de Ars? Gratia est semen gloriae! La vida de la gracia en nuestra alma es la vida eterna incoada. Se echa de ver cada vez mejor la importancia de una vocación sacerdotal, sobre todo cuando se responde de veras a ella. La Iglesia, en efecto, cultiva la gracia en las almas a fin de prepararlas para la vida eterna. Por eso la Iglesia, la verdadera Iglesia de Cristo, necesita sacerdotes, teólogos, directores espirituales que sean almas de profunda oración. Así fue como yo vislumbré, a la edad de veinte años, la importancia de la vocación sacerdotal».
A tamaño hombre de Dios nadie debe reprocharle (como algunos, auténticos necios, hacen hoy) que no se adelantara a los tiempos y no dijera cosas nuevas, porque la verdadera sabiduría no estriba en hallar “novedades” que confundan y destruyan juntamente la verdad y las almas –como demasiada gente hace hoy-, sino en conocer y adherirse cada vez más intensamente a la verdad una y eterna como a Dios mismo, y en anunciarla en su esplendor. Por esto, mientras los novadores pasan como el humo que se disipa, quien busque la verdad puede aún enriquecerse de luz leyendo a Garrigou-Lagrange, uno de los mayores maestros de nuestro tiempo en la escuela eterna de Jesucristo, maestro único y sólo salvador.

Fray Cándido.

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